El himno del Museo del Prado es una sintonía muda

¡Ay, si el himno de España pudiera ser un cuadro!

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Museo del Prado. Europa Press

El himno del Museo del Prado es una sintonía muda. Si todo va bien, no se escucha sino a los músculos de las caras moverse para mostrar asombro. No obstante, la ligera mosca de un grupo de colegiales se escucha en la sala de al lado. Me encuentro en la planta baja del Museo, los vecinos de Goya me inundan la vista.

El himno del Museo del Prado

Una mujer pinta Perro Semihundido, uno de los cuadros más enigmáticos de Goya. Debe resultar difícil pintar ese marrón. A su lado, Duelo a garrotazos. Desde que Machado compuso aquello de “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, la popular ha decidido que este cuadro nos representa. Siempre hay algún héroe que plantea poner las cosas en su sitio diciendo que España no puede ser eso, como si trajese la buenaventura. Ese cuadro no nos representa porque los dos (uno a la izquierda, otro a la derecha) tienen las mismas armas. El himno del Museo del Prado, entonces, es una señora mandando callar, con poco éxito.

Salgo de Goya, lógicamente, es una de las salas más visitadas. Transito por Sorolla, allí siempre es verano. Los niños sobre la playa tienen los músculos de las piernas demasiado fuertes. Si bien el cuadro es imponente, fresco, hermoso, no entiendo esos glúteos pétreos. Giro, de nuevo, a la derecha y entro en una sala de luz oscura. Al frente un hombre solitario tiene un volumen delante. No lo lee. Mira a un vacío que no comprende, incluso habiendo dedicado su vida a los libros que tiene detrás. Su compañía no es más que un perro, que duerme. Es el Príncipe don Carlos de Viana, de Moreno Carbonero. Los libros no dan la felicidad, ni sustituyen a los seres queridos.

El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga

El resto de la sala es cuanto menos inspirador. Detrás de mí, los Reyes Católicos echan a los judíos. El cuadro de Sala es rabioso. Un Torquemada exacerbado propone toda clase de felonías y un embajador judío, derrotado, da un paso atrás. Los Reyes Católicos parecen tener miedo del dominico, que lanza un crucifijo. ¡Los Reyes de España! Esa caterva de insensatos que, de vez en cuando, tenía algún acierto. Torquemada es uno de los pocos personajes a los que nadie es capaz de salvar. Podemos discutir, cómo no, el contexto de América, el contexto del catolicismo y ¿”perdonar”? casi todo. Torquemada, en cambio, es un personaje sanguinario y cruel se mire por donde se mire.

Cuando me giro veo lo que vine a buscar, el Fusilamiento de Torrijos. ¿Dónde hubiera estado yo en 1812? Quién podría saberlo. Aquella Constitución fue un grandísimo avance y sus defensores unos héroes. Empeños monárquicos aparte, nuestra Pepa tenía poco que envidiar a lo hecho en Francia o Estados Unidos. Fernando VII, uno de los Reyes más vergonzantes que hemos tenido, la usó como papel higiénico. Hubo, no obstante, valientes que se organizaron para reestablecer la Constitución. Torrijos fue uno de ellos. España, encarnada en Fernando VII, le preparó una emboscada y lo fusiló sin juicio. El Real Decreto de 21 de enero de 1886, emitido por el Gobierno de Sagasta encargaba al maestro Gisbert un cuadro al respecto.

Esas caras…

Torrijos y sus compañeros recopilan todas las reacciones que pueden tenerse ante la muerte. La impaciencia; el desdén; el miedo; la entereza; la valentía; la resignación; la esperanza y, sobre todo, la dignidad. La dignidad en todas ellas. Detrás, los soldados de Su Majestad, todos ellos bigotudos (¿será casualidad?) forman firmes. Todo está a punto de acabar. España se acordaría de ellos 55 años más tarde. ¿Cual será el himno de España en el que estén Torrijos y sus compañeros? ¿En cuántos otros Dios y un concepto de patria vacío forman firmes y amaestrados?

…Y por encima de ellos, Velázquez

Durante el renacimiento se produjo algo maravilloso. Los dioses volvieron a la Tierra a emborracharnos y seducirnos, cuando no a avisarnos de algo. Velázquez lo vio mejor que nadie. Su Cristo Crucifiado es profundamente hermoso. Está muerto como un humano, pero se mantiene erguido como una deidad. El Cristo es lo primero que se ve cuando acabas de subir las escaleras. Dos salas más allá a la izquierda, una panda de borrachos se dan al alcohol, Baco mediante. El Dios del vino está colocándole una corona de laurel a uno de ellos. Los Dioses somos nosotros. Una muchedumbre digna que vive feliz desde hace no se sabe cuánto a pesar de sus vicios y sus gobernantes. ¡Ay, si el himno de España pudiera ser un cuadro!