El lugar del hombre en el feminismo

Por muy buenas intenciones que tengamos, parece lógico no ponerse al frente de las manifestaciones contra la violencia de género.

1380
Imagen de Clara Campoamor en un avión de la aerolínea Norwegian. Europa Press

El feminismo es quizás la teoría política que más me ha hecho quebrarme la cabeza en los últimos cuatro años. He pasado de no apoyar el lenguaje inclusivo a intentar hacer literatura con él; de considerar las cremalleras una injusticia a apoyarlas y así un largo etcétera de situaciones que, a base de leer, comprender, callar y escuchar, hoy considero más que necesarias. Sobre lo último que he reflexionado es sobre el papel que debemos tomar los hombres a este respecto.

El papel del hombre en el feminismo no puede ser otro que el de aliado. De hecho, somos en la mayoría de los casos el problema. Para pasar de ser el problema a ser un aliado ha de desaparecer la consideración de objeto de la mujer, que es lo que lleva al pensamiento de que algún grado de posesión es posible, de ahí a la violencia de género el paso es de hormiga.

Dicho de una forma más sencilla: Es necesario que el hombre deje de considerar que la mujer puede ser (en algún grado) parte de su paupérrimo patrimonio.

En tanto que debemos dejar de objetivizar, el curso del río nos lleva a no impedir que la mujer tome su lugar en la sociedad, que no es otra que la de ciudadana libre, es decir, un sujeto de derecho en toda su expresión y sin condiciones creadas que el hombre no tiene.

Dicho de una forma bastante más sencilla, por muy buenas intenciones que tengamos, parece lógico no ponerse al frente de las manifestaciones contra la violencia de género (y similares), como parece normal pasar desapercibidos o intentarlo delante de una televisión que va a buscar (inocentemente creo que de forma inconsciente) nuestra opinión como si importase.

Es aquí donde fallaron las buenas intenciones de Ciudadanos y su lema: “las mujeres piden paso”. El problema fue el pedir. Si se pide permiso significa que, para realizar una acción, alguien tiene que dar su aprobación y no es así. Sin pedir permiso y sin que nadie lo impida, el asunto está en convertir espacios machistas en espacios feministas donde la igualdad exista: No se puede dar, ceder u otogar un espacio a quien por naturaleza ya lo tiene.

Por otra parte considero que feminismos hay muchos y que, en la mayoría de las ocasiones, desde muchos focos se busca la tergiversación del pensamiento de grupos feministas por el mero hecho de serlo. También en este campo considero lógico que las que debatan intentando llegar a un pensamiento común que una han de ser ellas, siendo nosotros aprendices.

A esta conclusión he llegado después de una anécdota en la que (por facebook) un amigo de amiga escribía un comentario lleno de carencias. Enrarecido, pregunté a mi amiga que si aquel amigo suyo estaba de broma o verdaderamente escribía así. “No todo el mundo tiene tu suerte”, contestó ella.

Dicho de otra forma, por más que estudiemos (lo cual nos honra), nos va a faltar la experiencia. No hemos sido nosotros los asaltados. De igual forma, hubiera sido absurdo que la lucha por los derechos civiles de la población negra estadounidense hubiera tenido como líder a una persona blanca; éste puede ser un buen ejemplo de lo que pretendo decir.

La diferencia radica, como no puede ser de otra manera, en que el feminismo es más incómodo, pues, al fin y al cabo, restaría privilegios sociales no escritos al cincuenta por ciento de la población y empoderaría al cincuenta por ciento que los sufre.

De hecho, mientras escribo, me he dado cuenta de que, metafóricamente, “empoderaría” ha sido señalado por wordpress como una falta de ortografía, como si fuera un error.