El otoño presidencial de Jair Bolsonaro

"Merece la pena pararse a reflexionar qué hemos hecho mal los demócratas"

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Jair Bolsonaro, Presidente electo de Brasil.

Ha llovido. El otoño ha hecho del suelo un estuche de acuarela incómoda. Los charcos, que al fin y al cabo son pequeñas pozas, no nos dan ni siquiera un reflejo romántico. Los charcos son abortos de pantano. Su agua se mete entre los dedos de los pies, impregnando los calcetines de agua sucia. Ya hemos cubierto nuestros cuerpos y alterado los horarios para paliar el frío, que es más frío cuando llueve.

El otoño presidencial de Jair Bolsonaro

También ha llegado Bolsonaro. Este será el otoño presidencial de Bolsonaro, el otoño político. La estación y la elección brasileña han compartido melancolía, ojeras y maquillaje. El otoño chapotea rabioso en los charcos y busca empapar con ello a los viandantes, ya sean locales o extranjeros. Entre los dedos de los pies, el frío; la mandíbula empieza a tiritar tan tímidamente que parece que está marcando un compás sin gracia.

La imagen personificada del otoño siempre fue la de un vagamundo con los dientes amarillos, andrajoso y viejo. Cuando piensan que el hombre que ha dicho que una Diputada no merece ser violada, ¿Qué cara le ponen a sus políticas públicas? ¿Y cuando afirma que preferiría que un hijo se le muriera antes de que fuera homosexual? ¿Y cuando observa que sus hijos no se juntan con negros, por ser estos gentuza?

¿En qué pensarán Ronaldinho y Rivaldo cuando le hacen promoción? También llega el otoño para el mediapunta, y el césped está enfangado. No encuentra su sitio, la pelota no corre, la afición parece estar constipada. Metáforas aparte, merece la pena pararse a reflexionar qué hemos hecho mal quienes nos afanamos en proteger la democracia. Algo habrá tenido que pasar para no tener al demos de nuestro lado.

El otoño. Sabemos que va a llegar, todos los años se aparece por la misma fecha y siempre nos coge con la ropa de abrigo en el armario. Esa es la ropa de invierno y se la pone uno más tarde, cuando ya ha llovido todo lo que tenía que llover, el cuerpo se ha acostumbrado y la factura del gas (por la calefacción) lleva meses disparada.