El prisionero de Zenda

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Foto Europa Press

Ya se lo dije hace un tiempo, Sr. Puigdemont: me da pena el embrollo en el que lo han metido esos “amigos” suyos. El tiempo me está dando la razón: la cosa, cada hora que pasa (no le diré cada minuto para no provocarle más angustia), se pone más oscura, mas enrevesada y con menos soluciones, sobre todo para usted. Porque veo una sola salida de seguir el sendero que usted ha cogido, y de verdad, con toda sinceridad, que no se la deseo; eso de ir, como el Antonio Vargas Heredia de Lorca, hombro con hombro… ¡No!, de verdad, ¡me apena! Me da pena de que usted, el que menos culpa tiene, o uno de los que menos, pague los platos rotos de esa canalla que le ha metido, sin usted tener conciencia, en el cenagal donde le había dejado.

Y es que usted, ha sido armado caballero por un reyezuelo malvado rodeado de una corte de nobles corruptos y malintencionados. Y fue usted nombrado caballero con nocturnidad, alevosía y prevaricación, además del añadido de imposibilidad de arrepentimiento. A usted lo colocaron en el terraplén deslumbrante, con un patinete sin freno para que no pudiera bajarse antes de sufrir el cantado descalabro. Y ellos, los que le pusieron en el brete, eran conscientes de que usted, Sr. Puigdemont, se iba a dar el coscorrón de su vida, pero no les importó.

Usted, Sr. Puigdemont es prisionero, no del bosque de Zenda, sino de sus promesas, de sus compromisos con amigos poco leales a los que tiene la obligación de salvar el pellejo y por tanto, condenado a contemplar cómo se desmoronan las murallas de la fortaleza catalana, sin que tenga remedio, sin que a usted le quede otra posibilidad más que aceptar los hechos y tener paciencia, la paciencia del santo Job, hasta que vea como, engrilletado y en compañía no deseada, es llevado a los dominios del brujo galaico para ser arrojado a las mazmorras.

Está usted condenado al triste papel de vigilante de la atalaya, acompañado, eso sí, de su “infiel” escudero, de torva mirada, corto vocabulario y escasa visión para atisbar el horizonte. Su escudero es de piñón fijo: hay que llegar al centro del bosque de Zenda, aunque no haya sendero de regreso ni de salida. Ese compañero de viaje es el que le han dejado sus “amigos”. Le han cercado el claro del bosque con los postes de la podredumbre, de la corrupción, de las mentiras y de las manipulaciones. Y lo peor del caso es que usted ha entrado de lleno, pensando que pisa tierra limpia, y está adoptando sus hábitos, los de sus “amigos”, su escudero y el de la tropa de a pié, que en un cacofón¡co ¡cup, cup!, lo ensordecen todo.

En esa tesitura está usted Sr. Puigdemont: acobardado ante el futuro, prisionero de sus propios miedos y triste en la más amarga de las soledades. No hay escapatoria para usted, y, se lo repito, lo siento porque creo que nunca ha sido usted consciente del cenagal en que lo metieron. Prefiero pensar eso en lugar de tener que llamarle directamente cobarde.

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Escritor y Columnista en @AndaluciaalDia