El Rey Felipe VI: un señor que aburre a un Santo

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Felipe VI. Europa Press.

Su Formalidad el Rey Felipe VI, a diferencia de su padre, Juan Carlos I, es un monarca sin chicha. La historia de la realeza española está llena de poraquítequieroveres y asuntos tórridos, sin embargo, Felipe VI lleva una vida de lo más formal y eso es algo que el Rey no se puede permitir.

El Rey: un señor que aburre a un Santo

Hay una tradición que se remonta -que sepamos- a los tiempos de Felipe I, el Hermoso. Una tradición que ha llegado hasta nuestros días y que Su Campechanidad el Rey Juan Carlos I se esforzó en mantener, convirtiéndose en su último adalid. Una tradición hecha grande por nombres hoy bordados con oro en nuestra historia. Por supuesto, estamos hablando de la Real tradición de tener muchísimos amantes. 

Algunos Reales ejemplos

Doña Isabel II era Reina de esto, pero también de lo otro. Buena cuenta dio el General Serrano (el cual, sin ser protagonista, en tanto que querido de la Reina, fue un colaborador necesario). Celebrémosle: Pues era buen general, pero mejor soldado -según parece-). Debemos nombrar también a Francisco Frontela, profesor de Música de Su Majestad. Tan buenos favores hizo a la Corona que se ganó la Cruz de la Orden de Carlos III, cuyo lema es “a la virtud y el mérito”. Lo bien hecho ha de ser recompensado, qué duda cabe.

El padre de Isabel II, Fernando VII, fue el peor gobernante de nuestra historia -nótese el mérito, pues no son pocas las candidaturas-. Pero, eso sí, cetros tuvo dos. En la Corte se hablaba de un dragón sin ordeñar; de un cíclope calvo; del bastón de Moisés; de un cirio del tamaño de tres penitentes. Su padre, Carlos IV, destacó en el lado pasivo de la tradición, pues bien podría haber ido a la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá a ser toreado por Pepe Hillo. Su mujer la Reina doña María Luisa de Parma, entre tanto, le entregaba todos los poderes a (entre otros) Manuel Godoy. El abuelo de Carlos IV, Felipe V, era apodado el animoso. Poco queda que decir.

Felipe IV, un tipo entrañable

En la dinastía Austria, destacar a Felipe IV se antoja imprescindible. La Reina doña Isabel llevaba sus cuernos como podía, pero se tenía que agachar cuando pasaba por una puerta, dado el tamaño de los pitones. Crónicas del Rey Pasmado, más que recomendable novela de Torrente Ballester, empieza con el Rey despertando, plácidamente, en el lupanar.

Me gusta Felipe IV por su paz interior. Ser Rey en el S. XVII era una cosa complicadísima: Su agenda habitual consistía en ir a los toros, luego, iba al teatro y, para finalizar este extenuante día, se iba a disfrutar de la vida nocturna. Esto le hubiera provocado estrés a cualquiera, así que Felipe IV mandó construir el Palacio del Buen Retiro. El Rey, muy de vez en cuando, necesitaba descansar, y tengan en cuenta que por entonces no existía Baqueira Beret.

En cambio, este Felipe VI…

En cambio, este Felipe VI difiere de tan profunda tradición familiar. Su agenda está repleta de actos, discursos, palabras, gestos. Ni un sólo escándaloComo bien dice la Constitución, el Rey es el símbolo de la unidad de España, y así ha sido hasta ahora: La unidad de España se basaba en el cachondeo común o en el chismorreo conjunto. Casualidades de la vida: ahora que el Rey ni tiene amantes, ni tiene nada, Cataluña busca independizarse.

La Monarquía, dado lo que tiene que hacer un Rey, sólo tiene una utilidad: Divertirnos y darnos conversación para los ascensores. Con Felipe VI, ni eso. Este hombre aburre a un Santo.