El sueño americano

695
Un cerco separa la densamente poblada Tijuana (México), a la derecha, de los Estados Unidos en el Sector San Diego de la Patrulla Fronteriza.

Hace tan sólo unos días, o poco más de un mes, EE.UU. seguía alardeando -no entramos en discernir la autenticidad del pensamiento-, de ser el bastión y garante de las libertades en el planeta, el defensor e instaurador de la  democracia en el mundo avanzado y el látigo que fustiga todo intento de masacrar los derechos humanos.

Hoy, casi a la vuelta de la esquina de aquella avenida toda llena de luz, flores y banderas que representaba el sueño americano, un sujeto con tupe de mozalbete mal educado y con un rubio de bote en su cabellera (y parece que también en las cejas) para tratar de disimular los muchos años que tiene (posiblemente ahí esté la razón de sus tropelías, en que quizás esté entrando en una irreparable demencia senil), y aparentar una jovialidad que hace ya muchos años se le fue por una alcantarilla de la 5ª Avenida mientras faltaba el respeto a una mujer defensora de los derechos de las mujeres en EE.UU, ha invadido la Casa Blanca, hasta ahora templo sacrosanto de la democracia americana.

Quizás sea consecuencia de un sarpullido juvenil de la joven nación americana, la gran nación situada entre México (la patria de nuestros hermanos mexicanos) y Canadá (ejemplo de libertades y respeto al ser humano en todos sus colores, razas, etnias y lenguas).

El chico maduro (por la edad) Donald Trump ha atravesado el umbral de la prudencia, de la dignidad y de la vergüenza. Una de sus últimas “hazañas”: ordenar la construcción de un muro (también nosotros los españoles tenemos nuestro particular muro de la vergüenza) y poner la desvergonzada guinda de cargar el precio de tan deshumana construcción al país que tiene al sur y al que robó casi la tercera parte de su territorio para anexionárselo. Hay un razonamiento claro: si EE.UU. tiene un problema con la emigración y no quiere que entren emigrantes en su territorio, los costos deben correr por su cuenta, ¡faltaría más! Por cierto, ¿pondrá el mismo ardor el Sr. Trump en combatir la principal causa que llena de un maldito polvo blanco la sangre de muchos de sus compatriotas?

El mameluco, mal educado y hortera que ahora se sienta, y deshonra, en el sillón donde tantos y tan grandes hombres invirtieron muchos esfuerzos en beneficio de la humanidad superando la miope y estrecha mirada de este aprendiz de elefante torpe, está desplegando todo un catalogo de mala educación, perores modales, soberbia y egocentrismo. Seguro que, el tiempo no perdona, las consecuencias de esta repugnante política será pagada por los de siempre, por los menos culpables: los ciudadanos

De momento está empezando a crearse una corriente de antipatía por todo lo que suena a EE.UU. Ya hay voces que piden no comprar productos de ese país ni de ninguna de sus empresas. Ya hay muchos que piden que las relaciones comerciales, y culturales, de Europa, y por supuesto de España, busquen vías alternativas. Nosotros lo tenemos fácil, muy fácil: intensificar nuestros lazos con nuestros hermanos latinoamericanos. No estaría mal cortar de raíz la exportación de nuestros productos a EE.UU. Ahora, cuando todavía los beneficios económicos no son muy altos, estamos a tiempo de contribuir mejorar el nivel de vida de los ciudadanos de otros países y dejar que los gustos y paladares de la alta sociedad americana sigan siendo tan paletos y constreñidos como hasta ahora.

Viene al hilo una reflexión: ¿Por qué nos escandalizamos los españoles de que los americanos hayan elegido presidente a Trump? ¿Alguien ha pensado a quién hemos elegido nosotros?