El tren del día a día

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Andalucía al Día, José Campanario

¡Una aventura diaria!. Coger el tren de cercanías es toda una aventura a la que te lanzas cada día. Las personas que vivimos en los pueblos, al menos los de Sevilla, que tenemos que usar el tren por motivos laborales, familiares, de salud o simplemente por ocio, nos encontramos con todo un variopinto abanico de situaciones algunas veces kafkianas.

El ancho espectro de personajes que utilizan el tren es tal que cada día hay alguna anécdota, alguna situación nueva, casi siempre inesperada. Hay viajeros de todo tipo: los educados, discretos, todavía dormitando por el madrugón mañanero, otros que parece que van de vuelta… Los hay también mal educados, desconsiderados, escandalosos y desafiantes incluso.

Hasta se hacen amistades de coincidir a diario. Un buen día la señora que ocupa el asiento a tu lado, una vez ha finalizado la llamada diaria a su hija para que se levante y desayune antes de ir al colegio, -“que te laves los dientes Loli”- le dice a la niña que medio adormilada le contestará “que sí mamá”, te comenta: “es que todos los días se lo tengo que recordar”. Empiezas a hablar y resulta que trabaja muy cerca de tu trabajo, que hasta vive en el mismo pueblo “dos calles antes de llegar a la tuya”. Y es que el tren es un lugar de encuentro en movimiento donde se descubren personas.

Andalucía al Día, trenCasi a diario, de lunes a viernes, coincido con un grupo de amigas, jóvenes “cuarenteñas”, que van a trabajar. La realidad es que, tras casi diez años siendo compañeros de viaje, hemos entablado una buena y sincera amistad. Lo que siempre les comento es que no entiendo para qué tienen que hacer tanta dieta si están muy delgaditas. “Cuando te pongas el traje de gitana para la feria, te va a bailar” le digo a una de ellas; pues nada, ni caso, ¡dieta diaria! (de lunes a viernes, eso sí). Los lunes hacen propósito de enmienda porque el fin de semana “estuvimos de barbacoa y las chuletitas, los choricitos y la cervecita tan fresquita te hacen caer en la tentación”, y algún que otro helado. ¡Pecadillos veniales!.

Hay algo que siempre me llama la atención en la Renfe que sufrimos todos los viajeros: la desconsideración que tienen hacia los viajeros. Empezando por los revisores, ahora les llaman interventores, que parece que una condición “sine quá non” es la de que sean maleducados y groseros para adquirir el rango que los eleva a los altares de mando y plaza en el tren. Evidentemente hay excepciones entre los revisores, los hay muy educados, amables y atentos.

Tampoco entenderé nunca por qué no se informa de los retrasos y de las incidencias que se producen en los viajes, a los que estamos deseando de llegar a nuestro destino. Ni por qué han puesto, a modo de control carcelario, esos tornos por donde, cual borreguitos, deben pasar billete en mano los usuarios. Ni comparto la injusticia de la subida de precios año tras año tan sólo en los servicios de cercanías que usamos sobre todo los que vamos a trabajar, mientras que hay ofertas y descuentos, día sí y día también, en el AVE.

Y es que creo que ése es el problema: que los responsables de Renfe piensan que no somos usuarios de un servicio público, sino timadores en potencia que tratamos de no pagar el servicio. De otra forma no se entiende la actitud cuasi policial de los empleados, los desplantes, la mala atención a las reclamaciones, el desprecio a las sugerencias (de hecho no hay buzón de sugerencias en ninguna de las estaciones). En definitiva el mal trato que se le da al ciudadano que utiliza en tren para desplazarse.

No es así, ni mucho menos en los países de nuestro entorno. A ver si en lugar de nombrar a tanto consejero delegado cuya misión es ir a las reuniones para cobrar, además del sueldo mensual, las dietas correspondientes por la asistencia, se crea empleo para personas que faciliten las cosas a los viajeros y que hagan del uso del ferrocarril algo agradable, atractivo y más humano.