En Sevilla hay que morí

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Cersei (Lena Headey) y Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) en Juego de Tronos.

Me conformo con poco. Hay otra gente que no. La cuestión es que es poco frecuente que el final de una serie deje contentos a todos los telespectadores, ni tan siquiera a la mayoría de ellos. Aunque de momento no peino canas, recuerdo que no fue hace tanto cuando el vacío y posterior trauma causados por el final de algunas series de renombre hizo que los fans perdiesen su fe en ellas y en su arco narrativo, para terminar aceptando que, en realidad, las series son lo que son, productos de consumo mainstream que buscan conseguir la mayor cantidad de adeptos en el menor tiempo posible.

En eso me recuerdan las series, y perdónenme la comparación, a los terroristas suicidas, de los que se comenta que no prestan mucha atención a las clases de aterrizaje en la escuela de vuelo. Total, no tienen intención de aterrizar… o al menos de aterrizar como todo hijo de vecino. Y me da la sensación de que algo así ocurre con las series: no están preparadas para aterrizar. Total, da lo mismo, porque es el camino lo que cuenta, la expectación creada y, en este caso, los millones de nuevos abonados a las plataformas de televisión y contenido de pago, muchos de los cuales no darán de baja su suscripción a pesar de que su serie favorita haya concluido.

Sin detenerme a pensar demasiado, me vienen a la cabeza dos casos paradigmáticos. El primero de ellos, el de una de las series más comentadas de nuestra época, Perdidos, que dio lugar al conocido como “síndrome Lost”, que se valía de la rumorología y los comentarios en internet para aumentar el deseo del público de conocer más, creando una espiral de retroalimentación imposible que sólo hacía crecer con los años. Y ya se lo pueden imaginar, el final de la serie, irresoluble por la enorme cantidad de complejas tramas entrecruzadas de las que se valió para conseguir su propósito, dejó desconcertados a millones de espectadores tras el último capítulo de la season finale.

El segundo de los casos es de sobra conocido por todos, el de la nacional Los Serrano, serie en la que los guionistas optaron por el truco argumental más barato que se conoce en este gremio al verse en un callejón sin salida, el de convertir varios años de nudos, líos y personajes en un sueño de Antonio Resines. ¿No es acaso genial? Ojalá todo en esta vida acabase así.

La verdad es que yo perdí la fe en los finales de las series hace mucho tiempo, y descubrí que lo que importa, como en la vida, es siempre el camino que recorren los personajes y sus matices, el maravilloso trabajo de producción y audiovisual que se nos pone por delante a un precio bastante asequible, las conversaciones de bar y bromas entre amigos, los memes que recorren internet sacándonos una sonrisa, y las ganas de saciar la curiosidad que nos queda semana tras semana. ¡Ay, si no fuera por esos ratillos! Pero sentirse huérfano, traicionado o tan siquiera defraudado con el rumbo que tomaron las cosas resulta verdaderamente pueril e ingenuo. Y, además, hay otras cosas por las que sentirse defraudado en esta vida, como por ejemplo cuando te toca la Bonoloto y resulta ser un sueño de Resines.

En el caso que nos atañe, el de Juego de Tronos, yo particularmente me conformo con que la reunión en la que se decidió el futuro de Poniente fuese en realidad en Itálica, cuna de los emperadores Teodosio, Adriano y Trajano, y joya a veces olvidada del legado de la antigua Roma en nuestro país, o con que la hija de la gran puta de Cersei muriese aplastada en los sótanos de Desembarco del Rey, localizados en las Reales Atarazanas de Sevilla, el astillero medieval que fue testigo de la más gloriosa historia hispalense, desde la participación española en la Guerra de los Cien Años hasta ver el busto de Lopera presidiendo el Benito Villamarín. Capítulos ineludibles de nuestra historia a los que ahora se une la innegable aportación de Sevilla a una de las series más vistas de todos los tiempos.

Sevilla tuvo que ser / con su lunita plateada / testigo de nuestro amor / bajo la noche callada, le susurraba un malherido Jamie Lannister a su hermana Cersei, fundidos en un romántico a la par que fraternal abrazo antes de ver todo derrumbarse sobre sus cabezas. Y proseguía el Matarreyes: Y nos quisimos tú y yo / con un amor sin pecado / pero el destino ha querido / que vivamos separados.

Verán, igual yo es que me conformo con poco. Que no haya sido todo un sueño de Antonio Resines ya es un detalle a tener en cuenta. Y que Sevilla haya sido escenario de una de las creaciones audiovisuales más influyentes de todos los tiempos, eso es algo ya que quita er sentío. Al fin y al cabo, señores, al llegar la primavera, y al pasar la Macarena, no le busquen más razones, que en Sevilla hay que morí.

Lucas Melcón