El enemigo de mi enemigo sólo es otro hermano

Este es de esos casos en los que me importa una mierda, porque tengo que hablar de homófobos

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Bandera de la diversidad. EUROPA PRESS

Hay cosas que me ponen de muy mal humor. Pero mal humor del fuerte, del de perder los papeles y eso. De esos malos humores que bailan entre el asco y la furia totalmente justificada y que encima al final siempre se vuelven en tu contra. Pero este es de esos casos en los que me importa una mierda, porque tengo que hablar de homófobos.

Que las agresiones a homosexuales se estén incrementando solo puede ser un indicador de que vamos como los cangrejos. Madrid está flipando y aquí abajo no somos menos. Sigue siendo un tabú y eso apesta. Y la gente decente no está contenta para nada, así que me toca apretar el gatillo.

Soy rockero. Se supone que persigo uno de los estereotipos más masculinos de la historia reciente y tal y cual. Totalmente heterosexual y lo tengo muy claro y eso (por suerte o por desgracia). Sevillano relativamente estándar. Y no me importa con quien se acueste nadie mientras sea buena persona. Aquellos que tengan problemas con la otra acera quizás debieran probarla, no sé. A veces creo que simplemente es el ansia de meterse con alguien que se percibe (erróneamente, claro) como más débil. Es para reírse.

Tengo alguna anécdota por aquí, aunque en realidad no lo es. Veréis, resulta que estuve por la universidad estudiando política y eso. Muy interesante, poco productivo y demasiada pose. No era para soñadores en general (lo que te hace pensar en el auténtico motivo por el que más de uno se mete en esa carrera). El caso es que me llevé en el bolsillo a un gran compañero, un tío abiertamente homosexual. Era (y es) un hacha con lo de la política, los debates y tal. Yo nunca hubiera tenido tanta sangre fría en más de un debate, fijo que hubiera saltado sobre la yugular de más de uno. Nunca llevé bien eso de tener gente que discrimina que sonriendo te argumentan su basura. El caso es que este chaval (a diferencia de mi) terminó la carrera y siguió en ese rollo, aguantó las tonterías y eso es, en sí mismo, un arma. O al menos a mí me gusta verlo así. En plan “me gustan los tíos, tengo más estudios que vosotros y ni sé porqué os estoy dirigiendo la palabra, mamones.” Él sabía que yo era un bala perdida, tanto que un año me tragó la tierra y al siguiente aparecí como si hubiera salido de la sombra de uno de los árboles de los jardines de la Olavide. Nunca olvidaré que fuera la única persona que me dijo “tío, todo el mundo tiene derecho a perderse de vez en cuando”. Todo lo demás fueron caras de sorpresa y chasco por no ver a un toro bien rematao. Y no bromeo, más de uno tenía su abono de la Maestranza. Por ahí andaba el que sería mi perro cuando lo atropellaron, por lo visto, pero eso me da para otro artículo bastante largo que ya tocaba.

El caso, que la única enfermedad que se puede mencionar respecto al asunto es la asquerosa intolerancia que ya apesta demasiado a cenicero desbordao. Tanta tontería no es sana y es que te saca de quicio. Y cuando me empieza a hervir la sangre siempre me acuerdo de un chiquillo. Un chiquillo que conocí una noche en la que estaba trabajando en un bar. Era el encargado y vino la típica familia con los tres o cuatro críos de cinco años. Al final, el camarero se convierte siempre en niñero pero a mí no me importaba mucho, la verdad; los niños son los mejores. Uno de ellos en especial estaba embobado conmigo y, de repente, me doy cuenta de que me está tirando de la manga y, cuando me agacho a su altura, con todo el corte me pregunta que porque tengo el pelo largo y pendientes como las niñas (encima soy rubio y los pendientes eran argollas considerables plateadas, no es que brille por mi discreción). Me reí y le dije que eso no tenía sentido, que los niños y las niñas podían ir como quisieran. Que yo era un niño con el pelo largo como una niña podía serlo teniéndolo corto como él. El chiquillo me ayudó hasta a recoger las mesas, después de eso la verdad es que se ganó (mínimo) la mitad de mi sueldo de esa noche.

Y me falta artículo para contar rollos y hablar sobre gente que merece la pena. Recuerdo otra frase de mi antiguo compañero de universidad: “Mira, yo soy una reina. Y a mí nadie me toca las narices”. Evidentemente la última parte fue más fuerte pero prefiero recordarla así. Con palabras de caballero, de hombre, de lo que es y será siempre. Hoy termino con los Tam Tam, que ya llevan casi tres décadas dando lecciones sobre todo esto desde Badajoz.