España no se rompe ni se destruye, solo se transforma

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Andalucía al Día, Carlos Campanario
Foto Europa Press

Las elecciones generales del 20-D prometían ser las más impredecibles de toda nuestra historia democrática, y así han sido. El partido popular gana, y además consigue mayoría absoluta en el Senado; Podemos le pisa los talones al Partido Socialista; y Ciudadanos se pega la gran castaña, quedando relegado a ser la cuarta fuerza en el Congreso, no habiendo conseguido, además, ni un solo senador, cuando muchos sondeos preelectorales lo situaban como segunda fuerza parlamentaria.

Por lo demás, las expectativas de cambio quedan parcialmente frustradas: la participación no aumenta tanto como se esperaba y, dos días después de saber los resultados, podemos afirmar que ni el bipartidismo está tan muerto como se esperaba (al menos no a corto plazo), ni las alternativas están tan consolidadas.

A estas alturas, media España hace cuentas matemáticas para predecir las posibilidades de tener un gobierno a finales de Enero, o si el PP viese frustradas sus expectativas y el Rey tuviera que proponer un nuevo candidato (en caso de que Rajoy obtuviese más votos en contra que a favor en el segundo intento), o si tendrán que convocarse nuevas elecciones para Mayo. Los análisis cuantitativos de los resultados electorales inundan la red, la radio y la televisión, y, como a estas alturas no vamos a decir nada nuevo, propongo que cambiemos el chip y nos enfrasquemos en una reflexión más de tipo cualitativo: ¿qué es lo que esperamos y queremos que ocurra al término de este complejo proceso electoral?, ¿cuál creemos que es el resultado más deseable?

De entre todos los escenarios posibles, las pocas posibilidades de coalición que alcancen mayoría absoluta son cuanto menos descabelladas. Con la abstención de Ciudadanos y el voto en contra del resto de fuerzas, el Partido Popular no podría formar gobierno. Una vez ocurra, Pedro Sánchez estará en posesión de la patata caliente y todas las miradas se fijarán en él. Una coalición entre PSOE y Podemos contaría con 159 escaños, y podría ser una opción si Ciudadanos se abstuviese (aunque previsiblemente votaría en contra), y si no fuese porque los socialistas se cierran en banda a lo que ellos llaman “negociar con la unidad de España”, o lo que es lo mismo, plantear un referéndum consultivo en Cataluña, medida que Podemos incorporará a cualquier pacto en que tomen partido.

El partido de “coleta morada” ha conseguido los apoyos suficientes para situarse en una posición privilegiada. A muy pocos votos del PSOE, los del círculo pueden permitirse negociar con exigencias, ya que saben que unas nuevas elecciones presumiblemente les beneficiarían, dado que muchos votantes socialistas y de otros partidos de izquierda cambiarían su voto a Podemos, al verle tras estas elecciones como una opción sólida de gobierno. Queda demostrado que el discurso catastrofista acuñado por políticos y tertulianos relacionando a Pablo Iglesias y los suyos con Venezuela, la Unión Soviética y la matanza de bebés foca no solo no ha frenado a Podemos, sino que para muchos votantes ha supuesto un incentivo, lo cual denota un electorado más maduro y autónomo, cansado de que le digan quién es malo, quién bueno, y quién se merece o no su voto.

Luego tenemos a Ciudadanos, exactamente ¿qué papel puede jugar en el futuro cercano? Aunque 40 diputados es un resultado más que óptimo, recordemos que el sondeo preelectoral del CIS le predecía entre 63 y 66, y que no han sacado ni un solo senador. Los analistas destacan varias claves que explican su castañazo: un fin de campaña salpicado de polémicas, y la propia naturaleza inmovilista del electorado conservador, en torno al cual se puede decir que los esfuerzos de Pedro Sánchez de situar a Rivera a su derecha para frenar todo lo posible el éxodo de sus votantes al partido naranja ha dado resultado. Ciudadanos es percibido por la mayoría como un partido de centro derecha, y ha terminado pagando cara su ambigüedad ideológica. Unas nuevas elecciones en primavera no harían más que ahondar en su herida, dado que la mayoría de su electorado, fugado del PP, volvería a casa al ver que Ciudadanos no ha alcanzado la dimensión política que esperaban y que el Partido Popular se encuentra acorralado por PSOE y Podemos.

Una de las grandes dudas es: si finalmente se da este escenario y Ciudadanos pierde apoyos tras unas nuevas elecciones, ¿dimitirá Albert Rivera, que tan partidario se ha mostrado de la asunción de responsabilidades? Aunque hay personalidades importantes tras el yernísimo (como Inés Arrimadas, o Begoña Villacís), Ciudadanos se sostiene demasiado en la imagen y solvencia de su líder en los medios de comunicación como para adoptar un cambio de rumbo, por muy malos que sean sus resultados. Aunque de momento pueden adjudicarse un logro, que es abrir un espacio político amplio para el votante de centro, cosa que no existía desde la disolución de UCD. Puede que triunfen allí donde fracasó UPyD, o puede que Albert Rivera termine como Rosa Díez y Saturno: devorando a sus hijos.

En definitiva, en el país del voto de castigo, gobernará no quien tenga más votos a favor, sino menos en contra. Tampoco podemos descartar ninguna posibilidad, como que el PSOE se abstenga y gobierne Mariano Rajoy con mayoría simple, aunque supondría la muerte política de Pedro Sánchez. En todo caso, puede que al partido que ha antepuesto a Irene Lozano a Eduardo Madina en las listas no se le deba presumir inteligencia estratégica suficiente como para evitar perder su electorado de izquierdas. Pero claro, en la nueva España post 20-D, la huida hacia delante de los partidos tradicionales se ha demostrado ineficaz, y ahora sí van a tener que entender lo que significa “renovarse o morir”.