El espía, el político y el timo

“El hombre de las mil caras” ofrece quincalla envuelto en pan de oro

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Alberto Rodríguez vuelve a la gran pantalla con su nueva superproducción “El hombre de las mil caras”. Una historia ficticia basada en los hechos reales de la persecución y captura del corrupto ex director de la Guardia Civil Luis Roldán – El algarrobo – en el que supuestamente estuvo implicado el espía español Francisco Paesa. Una película notable, de impecable factura, que se venden como thriller de espionaje y manos falsas, pero se queda a medio camino.

Yendo de mayor a menor, no cumple con el género. Un thriller debe crear algún tipo de tensión por el “qué será lo siguiente en pasar”, por el “no se qué ocurre pero quiero saber más”. Por desgracia, la forma en que está contada no crea nada parecido a esto. La película comienza por el final, y todo su desarrollo es un flashback de cómo llegaron a ese punto. Ya con esa escena inicial entre José Coronado y Eduard Fernandez – Jesús, el piloto de aerolíneas, y Paesa – algunas de las intrigas que aparecerán no lo serán tanto, porque imaginas cuáles son las conclusiones que llevarán a ese momento que viste cuando te sentaste en la butaca. Incluso las propias narraciones de Coronado durante la trama te estropean algunos momentos de la historia. La historia que se cuenta es interesante, incluso entretenida, aunque no se acerca al género de thriller por un largo tramo. Algo que sorprende después de su gran trabajo en “La Isla mínima”.

Que hablando de géneros, si es cierto que se respira el cine más clásico de espías con los momentos de seguimiento por las calles de París, las gabardinas, esas conversaciones entre humo, la paranoia en crescendo de Luis Roldán, el duelo de espías Paesa y un excompañero del CNI – interpretado por Emilio Gutiérrez, un personaje muy interesante que en sus pocas escenas transmite ser alguien peligroso y de enorme poder. Pero dado que el supuesto lío de traiciones, viajes y mentiras se convierte en algo más tedioso que enigmático, todo el trasfondo estético se queda en eso. Vestuario, fotografía y buenas actuaciones.

En esto desconozco si ha sido más un fallo de guión o de montaje, aunque resalte que la trama tenga casi nada de puzzle, porque hay un constante conflicto de ritmo. Hay momentos lentos que están justificados, casi siempre en diálogos tensos donde se nota que el espía, Paesa, trama algo siempre. Pero hay otros que no los deberían ser tanto, y en suma, acaban haciendo lenta la llegada de la conclusión tras dos horas de metraje. En concreto, hay cuatro escenas en los picos de cada capítulo donde la tensión, la música y el ritmo son magníficos. No solo te absorbe la imagen, sino que son tomas muy inteligentes. Pero una vez terminan, se vuelve a lo común y nada atractivo.

Como se puede comprobar, la película posee sus virtudes en la ambientación y el trabajo de los actores, aunque está llena de una constante sensación de “pero…”. Posiblemente, después de sus últimas creaciones, estamos ante la más carente de alma de Alberto Rodríguez. A pesar del intento de querer ofrecer un “The Americans” a la española, tiene demasiados vacíos, falta de adrenalina que genere atención y un tufillo a miedo de ofender a alguien. Merece la pena verla, ya que sí posee algo de refrescante en el género del cine español, pero…