Y, ¿Cómo está el Kike?: (I) Vuelo a Bratislava

Kike McKenzie se ha ido a vivir a Viena, me he pedido un par de días libres por derecho y me he ido a verle, que está su madre preocupá.

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Por razones obvias, Ryanair. Europa Press.

El aeropuerto de Barajas, ahora llamado Adolfo Suárez-Madrid-Barajas-Vodafone Sol-de Todos los Santos y Grecia, es un sitio en el que se vive del por aquí te quiero ver y la majadería.

El pilotismo pasa; el azafatismo pasa; el comandante, que se le ve que es comandante, se cree más persona. Es el gorila entre chimpancés, que es más grande pero igual de mono.

Hace un frío como para aprender ruso de oídas. Voy a ver al ya conocido Kikele McKenzie a la imperial de ciudad de Viena, pero antes he de pasar por Bratislava, Eslovaquia.

Vuelo a Bratislava

El vuelo a Bratislava es un transporte seguro hacia un infierno de hielo. Tuvo cierta guasa un encuentro con una señora del mismo Moscú. Ella, viendo la perspectiva aérea de ciudades otrora rojales, hablaba en ruso con el que supuse era su marido, aunque, si bien la modernidad nos ha dado el hecho de que cualquiera puede ser cualquier cosa (no apostaría al matrimonio el mísero total de mis ganancias), sí podríamos decir que había mamoneo.

Ella tenía el pelo a lo garçon, los ojos azules, gélidos, comandaban una piel veterana pero firme que hacia carecer de toda importancia a su acompañante.

De mi ruso parco pude extraer dos palabras que, desde luego, me son conocidas: Lenin y Stalin. Cuando la señora pronunciaba aquellos nombres afirmaba con la cabeza decididamente, de lo cual deducí que me encontraba ante una fan de lo soviético o una satisfecha capitalista. En esas, yo, de natural aventurero, me atreví a decir en inglés: Perdone, señora, sólo quería comentarle que esto con los camaradas no pasaba. A lo que, con su inglés moscovita, contestó (permítanme traducirles): hombreeeeeeeeee, ¡Vas a compará!

Le tradujo lo dicho a su adormecido acompañante, que más que fan del comunismo era fan de la señora. Como no podía ser de otra manera, también estaba de acuerdo.

Siguieron su fría conversación en ruso, esta vez incluyéndome como si yo fuera de Leningrado. Ella se llevó el dedo índice al hueco entre la nariz y los labios formando un mostacho, de lo que pude traducir: “Aquí lo que hace falta es un tío con bigote”. Ante lo cual no pude más que hacerle ver que tenía más razón que un libro de Tolstoi y añadí, también mediante gestos, que “no sólo hace falta ya un tío con bigote, señora mía, con bigote ¡y tirantes!” La señora volvió a darme la razón con un gesto de aprobación total y absoluta, como el que dice, en un perfecto andaluz, “aro, aro”.

Continuamos la conversación por señas, en el mundo ruso da coraje hablar inglés, justo antes de aterrizar, la señora quiso terminar la conversación con un gesto mediante el cual hacía como si tuviese en su mano un tubo que se llevaba a la boca semi-abierta, lo cual traduje sin miedo a equivocarme por: “y al que no le guste, pa Siberia”.

Rotunda, severa, zarina, así era la señora. Su marido, por el contrario, parecía agradecerme que el viaje me lo estuviese dando a mi, encontrando en un sueño profundo la santa paz que nunca logró Trotsky.

Aterrizamos sin mayores problemas. La señora rusa no me dijo adiós. Al contrario que yo, que les saludo hasta el jueves que viene, cuando les seguiré contando de mis aventuras.