¿Por qué están de moda los cómics?

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El éxito de Big Bang Theory es seguramente una consecuencia (sana) del posmodernismo en el que estamos situados. La socióloga Patricia Charneco achaca esto a que en estos momentos de bajeza económica estamos buscando la pureza de las cosas para, posteriormente, modificarlas, de forma que se adapten a nuestro tiempo. De ahí que ahora haya gente deseando comprar una máquina de escribir, que ya hay que ser carajote.

No obstante, estamos volviendo a creer en los súper héroes (será la crisis). Big Bang Theory y la apuesta Hollywoodiense por Marvel o DC está haciendo que en las reuniones de café las nuevas preguntas no versen sobre las intenciones de Borges en su literatura, sino sobre si Hulk podría levantar el martillo de Thor (la respuesta es no, por supuesto que no). Los cómics están de moda. Es molón ser un nerd.

Como siempre, están quiénes defienden los cómics y los infanticidas que piensan que leer cómics es algo infantil. Mi apuesta está con los primeros, pero, todavía, no he caído en el universo Marvel, ni en el DC: Sí he caído en títulos como V de Vendetta, Maus y From Hell. Había caído antes en cualquier cosa de Corto Maltés. Estamos hablando no ya de cómics (cuidao), sino de novela gráfica.

El prestigio de V de Vendetta (Allan Moore y David Lloyd) está más que contrastado. Basta con hablar de revolución para acabar pensando en volar el Parlamento. Conseguir colar un concepto de libertad anarquista en tanta gente es lo que hubieran soñado Proudhon o Bakunin, y eso tiene un grandísimo mérito se mire por donde se mire. Cualquier politólogo les dirá lo mismo. Los  politólogos, que estamos hartos de explicar cosas, soñamos con que tanta gente nos entienda (que se lo digan a la cúpula de Podemos, que sigue con 71 diputados y dicen que es porque no les entienden). La profundidad del cómic nos da, como les digo, una profundidad ideológica muchísimo más grave de lo que muestra la película, tanto es así que Allan Moor dijo que aquello era una basura.

El mismo Allan Moore escribió From Hell, pero esta vez el dibujo corresponde a Eddie Campbell. Esta novela corresponde a la visión de Moore de la historia de Jack el Destripador. También hay película de este, la protagoniza un Johnny Depp que hace lo que hace Johnny Depp cuando no tiene ganas de actuar: Ser Johnny Depp y actuar lo menos posible. Moore en esta novela nos muestra de Londres siniestro con base en el barrio de Whitechapel. Poco más se puede decir sin hacerles un tremendo spoiler. Cabe escribir, por llamarles la atención, que un personaje de la novela es un nieto de la Reina Victoria muy dado a los placeres; al que acompañan, muy fugazmente, leyendas como Buffalo Bill u Oscar Wilde. Del destacable dibujo de From Hell me quedo con una escena en el bar donde el inspector está hablando con una posible víctima. La escena se ve desde la barra, con una pinta de por medio. Tan desolador, tan sucio… Tan extraordinario…

Siguiendo con el blanco y negro, a Maus no le hace falta ningún color. Art Spiegelman despliega aquí todo su ingenio para relatarnos la historia de su padre, que si bien es un judío avaro, tiene sus razones: Conseguir pan en Auschwitz tuvo que ser complicado, como para no pensar en guardar de vez en cuando. La sensibilidad con la que trata semejante tema, la humanización de unos personajes maquillados con forma de animales (los judíos son ratones, mientras que los alemanes son gatos) y algún que otro toque humorístico son razones de sobra para que Maus obtuviera el Pulitzer en 1992. Mandan los detalles, el padre de Art Spiegelman tiene, además de una obsesión por ahorrar, fallos a la hora de hablar inglés, sigue pensando en polaco. Conjugar ternura y dureza tampoco es cosa baladí: Todos hemos visto ya las escenas de La vida es bella y el inolvidable “buongiorno, principessa”. Bien, el protagonista no hacía esas cosas tan románticas, pero sí intentaba por todos los medios que su mujer, presa como él, comiera bien todos los días. No queda tan bonito en una película, pero, oigan, tampoco está mal.

Finalmente, por acabar de forma dulce, está Corto Maltés, de Hugo Pratt. ¿Se imaginan a un James Bond mediterráneo? Corto Maltés es, básicamente, eso: Un marino que se busca la vida y que se encuentra con aventuras sin querer. Un nómada. Soy cantor, soy embusero/ me gusta el juego y el vino/ tengo alma de marinero, diría Serrat. No trabaja para el MI6, ni falta que le hace para enredarse en historias que hacen que se juegue el pellejo. James Bond es un pijo. Y Corto liga más. Y mejor, vamos a decirlo todo, que las mujeres que aparecen en Corto Maltés suelen ser personas de lo más empoderado.

Por todo ello, tengo visto ya uno que se llama Preacher, con una pinta bárbara. Luego está Watchmen (también tiene película), que se inspira en un concepto filósofo-político de Juvenal: “Quis custodiet ipsos custodes?” (“¿quién vigila a los vigilantes?”) Y como me ponga tonto el mes que viene hago un artículo igual que este pero hablando sólo de estos dos, y si no, lo mismo hablo de que el último número de Astérix rescata el caso de Julian Assange de una forma muy simpática.

Y eso es lo que hay.

Los cómics están de moda porque son alucinantes. No hay más respuesta.