Estudiar “segundo de jazmines” en Moncloa

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Foto Facebook @PalaciodelaMoncloa

Estos días pienso mucho en dos poetas: Manuel Alcántara y Jaime Gil de Biedma. En el primero pienso por haber estado en Málaga y comprender, por consecuencia, mejor su elegantísima poesía. He estado en los Baños del Carmen, donde se celebraba una “gran carrera/concurso entre sirenas y delfines”. Versos de “Niño del 40”, soneto que acaba lleno de intimidad: “Yo estudiaba segundo de jazmines”, aludiendo a la inocencia de un niño que no sabía qué era la guerra hasta que la tuvo que ver. En Jaime Gil de Biedma pienso porque se cumplen treinta años y varios días de su muerte. Treinta años y varios días… Parece una condena, ¿verdad?

Últimamente me sumo a la poesía de ambos mirando cuadros en los Museos o bebiendo con los amigos. La poesía es un elemento presente en prácticamente cualquier cosa, siempre y cuando se tenga en cuenta el objetivo poético. Siempre habrá, como no puede ser de otra manera, quien haga un cuadro abstracto y lo llame Ambición; como siempre habrá quien enrede tres palabras y llame al conjunto “poema”. En mi caso, la estoy descubriendo a sorbos en la mirada de Jovellanos en el retrato hecho por Goya. Es la mirada de un hombre que repasa las facturas.

En cuanto a los amigos, les cuento lo que hice ayer por la tarde, me sonríen, nos invitamos los unos a los otros y entre medias nos descubrimos las canas. Hay dos clases de hombres acercándose a los treinta: los que piensan en cuando le salieron canas a su padre y los que envidian esa pregunta porque su padre, a esa edad, ya estaba quedándose calvo. De vez en cuando estas frivolidades nos salvan de pensar en otras cosas. En el país de las Otras Cosas se encuentra uno con la cara b del sarcasmo y las frases inteligentes, que no es otra que la realidad que se menciona, ya sin tanto humor.

Pienso en qué tendremos en común con aquella generación de los cincuenta. Seguramente que somos Demócritos o Heráclitos según convenga. Nada tiene sentido, así que de puertas para fuera reímos como condenados, hacemos chistes sobre el Gobierno y el neofascismo, etc. De puertas para dentro no entendemos nada, esto podría haber pasado antes y el neofascismo nos da miedo, así que no queda sino llorar.

También tenemos en común que vamos a ver a comunistas en el Gobierno. El comunista español es una especie que no sabemos bien si está o no en peligro de extinción. Lo estuvo, de eso no cabe duda, pero parece que se ha recuperado bien de los golpes. A su enemiga más íntima y tradicional (la realidad) no le hace falta renovarse, así que Iglesias decía el otro día: “hemos hecho un programa de Gobierno muy moderado pensando en Europa”.

Podemos va a empezar “segundo de jazmines” en un anexo de la Moncloa, llevan cinco años siendo los nuevos en la escuela, recibiendo collejas de toda clase –unas merecidas y otras no-. El Gobierno tiene muchas misiones, una de ellas es que esta generación que se pregunta por las canas o la calvicie de sus padres encuentre por fin su sitio y las calles dejen de oler a posguerra. Para ello, que Podemos abandonase la pose de enfant terrible era tan necesario como que el PSOE dejara de quererse tanto a sí mismo. “Que la política va en serio uno lo empieza a comprender más tarde”, supongo.

Me parece bien que armen el Gobierno, me da repelús que para los presupuestos tengan que contar con ERC (si Podemos estudiaba segundo de jazmines, ERC estaba en preescolar) y espero que un día el PP asuma aquello tan británico de ser “la leal oposición de su Majestad”. Quizás comparto con Podemos eso de que la mayor enemiga es la realidad. En cualquier caso, me fastidia lo de siempre, que se hable de Economía, presupuestos, Europa, la pesca en el Mediterráneo, el cambio climático y el largo etcétera de materias importantes y se olviden de eso que se recordaría si perdiésemos nuestra memoria: la cultura. Ni una palabra al respecto, en ninguna parte, en ningún sitio. Ni siquiera para lo obvio: Hubiera estado bien que después de tantas idas y venidas, Pedro le hubiera dicho a su compañero: “presenciadas por dos cambian las torres” y Pablo hubiese respondido: “y al dormir te apretarás contra mí/ como una perra enferma”. Pero nada, no se cuenta con la cultura ni para el amor de los acuerdos programáticos. Qué cosa más triste.