Europeísmo o barbarie

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Foto Europa Press

Estaba en clase cuando de pronto un compañero se giró y enseñándome el teléfono me dijo “¡que te quedas sin partido!”. No pretendo hablar de los últimos acontecimientos, entre otras cosas porque todo el mundo lo está haciendo, y no quiero añadir más ruido a la situación, entre otras cosas porque Dios sabe en qué acabará todo. Sin embargo, aunque es evidente que el PSOE atraviesa una de las mayores crisis de su historia reciente, que una guerra encarnizada ha descendido desde una Ferraz cerrada a cal y canto a cada Casa del Pueblo del país abriendo una brecha que ha roto al partido en dos y ha hecho que la militancia no reconozca como compañero/a a quien tiene en frente. Es una pena ver así al partido más relevante del panorama político español, pero es importante que los árboles no nos impidan ver el bosque, porque el auténtico debate de fondo quizás sea la crisis de identidad que aqueja la inmensa mayoría de la socialdemocracia europea, y este problema no se resuelve con una gestora.

El Partido de los Socialistas Europeos es hoy en día el partido europeo con más presidencias en los Estados miembros de la Unión, liderando 8 de los 28 miembros, pero su evolución ha ido en descenso desde los años dorados de González, Mitterand y Willy Brandt en el que la socialdemocracia europea lideraba el devenir del continente europeo porque habían entendido que la sociedad buscaba no perder sus libertades pero recortar notablemente las cuotas de injusticia y desigualdad que habían derivado de la industralización y la pobreza generalizada propia de la posguerra. En la política y la economía posmoderna la sociedad ha tomado como algo prácticamente natural el Estado del Bienestar, algo por lo que es prácticamente innecesario pelear, porque pese a que se atente continuamente contra ello, los derechos adquiridos nunca pueden perderse. Craso error, pero la desmovilización social da para otro artículo. Esta situación ha hecho que la izquierda socialdemócrata haya entrado en una crisis de identidad que los ha situado en una posición impropia como meros administradores de la miseria del capitalismo, no como lo que originariamente eran: transformadores de la realidad.

El socialismo democrático de Europa navega a la deriva, sin saber qué camino elegir, sin entender cuál es su papel en el S. XXI, sin significar sus opciones en la globalización, y ese sentimiento de falta de utilidad es lo que les ha llevado a acomodarse en el sistema con la consiguiente crisis de valores que hoy representa mejor que nadie el gobierno francés de Valls, luchando contra la ultraderecha con políticas neoliberales, sin saber muy bien a qué juegan. La situación general de desorientación hace que Matteo Renzi no pueda ser un referente: quizá es que no haya socialdemocracia europea que liderar ahora mismo, sino una suma de proyectos nacionales en esta re-descentralización de las identidades y vuelta a los Estados nación que vivimos.

Es muy posible que hoy la única salvación para la socialdemocracia en Europa sea dejar completamente adjuntado su proyecto político al federalismo europeo. Quizás el camino que no se atreven a elegir sea el que termine por completo con una concepción decimonónica de la democracia y la soberanía, y que apostar por el proyecto europeo que pueda hacer frente a los retos del S. XXI sea además la cura más eficaz contra las identidades nacionales, recuperar la identidad de clase en un modelo de colaboración de clases.

Los destinos de la Unión Europea y de la socialdemocracia europea son uno y el mismo y van de la mano del futuro de las clases medias y trabajadoras. Por resumir: europeísmo o barbarie.