Felípica

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Foto Europa Press

Es volver a la vieja costumbre: matar al mensajero.

Y es que hay personas, animales políticos en el puro estilo de la acepción, que tienen la enorme habilidad de culpar de sus groseros errores y de sus traiciones a los demás; tienen le destreza de encontrar siempre una cabeza de turco que pueda rodar en lugar de la propia.

Don Felipe González Márquez, a toda plana en los periódicos de ámbito nacional, internacional, tabloides, mejunjes con aspiraciones de informativos televisivos y radiofónicos de las empresas del ramo, afines al Ibex 35, se ha recreado en la expresión de “me siento traicionado por Sánchez”. Lo ha dicho por activa y por pasiva; en los desayunos radiofónicos, en las sobremesas televisivas y en la reflexión nocturna previa a desfilar con el pijama.

Algunos miembros del PSOE, los que todavía crean en la democracia interna del partido (cada vez menos), se preguntarán quien es Felipe González para “sentirse traicionado” y en qué ha traicionado el Sr. Sánchez al anciano ex dirigente. Si los que marcan la línea política de los partidos son los congresos propios y entre los congresos, en el caso del PSOE, es el Comité Federal, que se sepa el Sr. Sánchez ha aplicado los acuerdos adoptados por los órganos de su partido. Y no debe recibir directrices de ningún dirigente ya jubilado, por muy prestigioso que haya sido y por mucho que haya hecho por su partido y hasta, si me lo permiten, por España (que a estas alturas surgen fundadas dudas).

Don Felipe González está haciendo mucho daño, pensamos que irreparable, a su partido y también a este país llamado España. Don Felipe González fue en su momento, depositario de las esperanzas de muchos confiados ciudadanos que veían en él al dirigente capaz de sembrar el futuro de nuestro país, capaz de ampliar los horizontes de España para que la juventud que venía detrás tuviera esperanzas, algo que a estas alturas del siglo XXI no sólo se sigue esperando, sino que nuestros dirigentes han abandonado para entregarla, no sólo de forma gratuita sino pagando además los gastos, a otros países.

Definitivamente el PSOE ha dejado de ser de izquierdas. Es más, ya no es ni siquiera de centro izquierda, lo que se ha venido llamando eufemísticamente “progresista”. No hay otra conclusión posible: cuando alguien propone, machaconamente y utilizando todos los trucos, que se deje gobernar a la derecha y los demás lo obedecen, es que se ha dejado de ser de izquierdas. Cuando se propone que a la derecha que ha asolado el panorama laboral, social y económico de España se le conceda carta blanca para que siga con su “rafia”, es que se ha dejado de ser progresista. Y es que la tierra quemada en que están convirtiendo España no es una partida que deba cargarse tan sólo en el debe del PP, a partir de ahora también le corresponde una parte importante al PSOE, con sus barones, baronesas y elefantes blancos a la cabeza, por su complicidad en la política de devastación a que nos está sometiendo este gobierno a los ciudadanos.

Don Felipe González sigue insistiendo en que “se debe facilitar el gobierno a la derecha”. No va a ser necesario. En las próximas elecciones, la vergonzosa tercera convocatoria que está al caer, el PP conseguirá mayoría absoluta y además por goleada. ¿Quién o quiénes serán los responsables? Se buscará la cabeza de turco propicia para hacerla rodar y que un salvador o salvadora, cual mesías milagroso, aparezca rodeado de la corte celestial de honorables para mantenerse todos ellos en la poltrona y en la quimera del sueño de la alternancia en el poder.

Me viene a la memoria la respuesta que me dio, durante un debate celebrado en un curso internacional para jóvenes sindicalistas, hace 40 años, en Düsseldorf, un dirigente del sindicato alemán DGB ante mi recriminación por el colaboracionismo de la central sindical alemana con la patronal: “Rosa Luxemburgo hace ya muchos años que murió”. Hoy, 40 años más tarde, sigo pensando que una parte de la humanidad continúa siendo explotada por la minoría y que no se respeta ni la dignidad del ser humano, ni el derecho a decidir libremente, ni la libertad de pensamiento. Para algunos, en efecto, no sólo está muerta Rosa Luxemburgo, también sus ideas.

Al roto, el destrozo que ha ocasionado don Felipe González, con su alineamiento, defendiendo intereses propios de la derecha financiera, no hay quién pueda ponerle remiendo. La izquierda tardará años en ser alternativa en este país.