Fidel Castro: Conmigo y contra mi

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Fidel Castro, foto de Europa Press

Vi las imágenes de Fidel Castro en el emblemático Teatro Karl Marx de La Habana, celebrando sus noventa años junto a su hermano y el Presidente Venezolano, que abría la frontera con Colombia y cuyo país, justicia (o no) mediante, “re-condenaba” a Leopoldo López. Cuba fue el paraíso de un marxismo-leninismo que ya era romántico a finales de los cincuenta, cuando empezó la revolución. Pero también fue el dolor de cabeza de los nacionales que emigraron y jamás pudieron volver a casa. El otro día, en un sueño despierto, me preguntaba qué haría si algún día conociese a Sabina. Deseché la opción, pues idolatraba al Che hasta que conocí a una cubana. No quisiera desilusionarme.

Fidel va conmigo, pues me pregunto: ¿Qué era Cuba antes de la Revolución contra Batista, sino el local de fiestas más grande, exótico y lujoso que había en Miami? ¿Acaso no era Batista un dictador contra el que el Che, Fidel y Raúl Castro se rebelaron? Estados Unidos es laxo o durísimo e inapelable con las dictaduras según le convenga al bolsillo. Batista era un bendito para Estados Unidos, como Trujillo en la República Dominicana; Fidel un demonio que parió la URSS.

Pero lo pienso mejor y me reflexiono: Fidel va contra mi, pues me digo: ¿Qué legitimidad hay para que un emigrante no pueda volver a su casa a ver a su familia? ¿Qué clase de liberación social es esa que no deja que la libertad individual se desarrolle? La libertad individual es conditio sine qua non para la libertad colectiva: Una persona no puede exponer su pensamiento (y esa es otra) ante un colectivo si éste pensamiento no se ha desarrollado en una libertad individual como tal; cuando el colectivo ha basado su expresión o su acción en una libertad individual cohibida, entonces, no podría estar hablando de la libertad colectiva que tanto resplandece en el ideario cubano.

Y, sin embargo, parece estar a mi lado: Y es verdad, mal que pese, que cogemos la palabra dictadura tan prontamente como miramos hacia otro lado. Si bien prefiero (obviamente) la democracia a veces defectuosa en la que vivimos, no dejamos de ser una civilización que ve la paja en el ojo ajeno y recorta en oftalmología en el propio (como ya he dicho más de una vez). Se acepta la pretensión de que Cuba es dictatorial con base en que no pueden cambiar de sistema económico, pero ¿Podría España hacerlo? Aquí el poder no está en Moncloa o en el Congreso, sino en sus brazos invisibles. En elecciones, podrás votar a un partido marxista-leninista, pero antes de eso, todo un sistema te aconsejará que no lo hagas, por lo que nadie te va a decir lo que has de hacer, pero te lo van a sugerir a través de millones y millones de focos distintos. Y luego está, como diría Rajoy, “la Europea”, claro.

Ergo, bien podemos decir que en Cuba gobierna a sus anchas el Partido; pero no es menos cierto que en el mal llamado occidente gobierna la economía. Y la realidad que ambos comparten es que en ninguno de los casos anteriores se contempla cambiar de sistema económico, mientras que en Cuba como en el mal llamado occidente se habla de democracia. Podemos elegir la política, pero la economía no.

Pero va contra mi, pues todo se torció en Cuba cuando ya nada de lo que se hacía era necesario. ¿A qué sigue la revolución en pleno dos mil dieciséis? ¿En qué se piensa cuando se prohíbe beber, comprar o vender coca-cola? El consumismo, el capitalismo cruel, tiene como principal enemigo a las leyes de educación, Cuba puede empezar de nuevo y hacerse fuerte si sigue educando como hasta ahora (si algo es irreprochable es la educación y la sanidad cubanas).

Y, en cambio, está conmigo: Fidel Castro fue una especie de faro para una Cuba que tuvo que hacer encaje de bolillos para que Estados Unidos no se metiera donde no le llamaban. El idolatrado Kennedy trató de invadirles, anteriormente, la Presidencia estadounidense había sido más que buena amiga de Batista, como ya hemos dicho, y este dio a Estados Unidos hectáreas y hectáreas de terreno para que el norteamericano medio disfrutara del Caribe. Más tarde, ya en el marxismo, llegó un bloqueo que ha sido condenado repetidas veces por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Pero está claro que va contra mi; reconozco que antes de Fidel, Cuba no era, ni mucho menos, de los cubanos. Ahora, con Fidel, Cuba es de un Partido que dice que Cuba es del pueblo cubano. Lo que pasa es que lo dice muy bien, pero no lo ejerce. Observa Galeano en “El libro de los abrazos” que la religión rasca muy bien, pero rasca donde no pica. Con el marxismo-leninismo pasa muy parecido.

No obstante, el problema es que no he dejado de decir “sin embargo”; Dice César Vallejo: “Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente/ ¿Hablar, después, de la cuarta dimensión?” El marxismo-leninismo español sigue hablando de Cuba como si se pudiera allí montar un bar o una tiendecita (perdónenme el reduccionismo) en la que uno pueda ganarse la vida de forma honrada sin molestar a nadie. El neoliberalismo sigue hablando de Cuba como si aquí todo el que quisiera pudiese ir a la Universidad.

Fidel Castro está conmigo y la vez está contra mí y, en esa perpetua lucha que se trae, le deseo al pueblo cubano (de una forma muy vulgar y con disculpas a quien me lea) que pueda montar una tiendecita o lo que se quiera sin que Estados Unidos meta sus trágicas narices.