La gran mentira de Andalucía

Es una leyenda porque no hace falta vivir aquí muchos años para darte cuenta de que todo aquello que te han contado sobre los andaluces es completamente falso

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Diego Cañamero y el SAT. Europa Press.

Cuenta la leyenda que la historia de esta tierra está bañada con la sangre de un pueblo revolucionario, el jornalero que nunca jamás se calla, que es pueblo bravo y como tal es díscolo y orgulloso.

Cuenta la leyenda que esta patria está llena de cicatrices, que es tierra de poetas y luces, y que el orgullo de sus obreros no reside en sus riquezas, sino en su vocación de ayudar al prójimo, de mojarse por los problemas del compañero, haciendo propios los sinsabores ajenos sabiendo poner una sonrisa a cada escollo que aparece. Esta es la leyenda sobre Andalucía, y digo leyenda no por darle un tono romántico, sino por ser literal.

Es una leyenda porque no hace falta vivir aquí muchos años para darte cuenta de que todo aquello que te han contado sobre los andaluces es completamente falso. Salvando las excepcionales excepciones -valga la redundancia-, en Andalucía hemos visto desfilar la Historia por delante de nuestras narices sin prácticamente mover un dedo. Es más, los pocos sabores victoriosos que quedan en nuestro diario, tienen que ver más con momentos oportunos que con una verdadera voluntad o capacidad de aglutinarse de este pueblo.

Eso sí, a golpes de pecho no nos gana nadie. Echamos a los cuatro franceses que Napoleón no perdió en Rusia, y llevamos viviendo y reviviendo ese cuento, tergiversando y torturando los datos, más de dos siglos. Y qué decir de nuestra historia reciente, siempre bañada por un fervor religioso que empapaba de conformismo y resignación a un pueblo con hambre crónica.

Cuando llegan las tropas de Franco a Sevilla, se encuentran sin prácticamente resistencia. Queipo de Llano sólo tuvo que sentarse frente a la radio para convencer a la población de que la ciudad estaba tomada por las tropas. Nadie lo cuestionó ni mucho menos lo enfrentó. Y así acabó sus días, tratado como un héroe y enterrado nada menos que en la Basílica de la Macarena, amparado en ese doble juego entre lo público y lo privado con el que la Iglesia se siente tan cómoda.

Pero no todo es malo. Hay muchos ejemplos maravillosos de gente luchadora en esta tierra. Pocos pondrían en duda lo que significa el SAT como estandarte de la lucha obrera y jornalera, pero que a nadie se le olvide que son una ínfima gota de agua nadando en un océano de temores y supersticiones. Para muestra un botón: sólo hay que analizar los resultados de cada una de las votaciones para darte cuenta de que, en una época en la que los partidos tradicionales sufren una crisis de credibilidad bien reflejado en el resto de España, aquí en Andalucía el bipartidismo se mantiene firme, incólume.

El hecho de votar al mismo partido durante cuarenta años se ve agravado cuando te das cuenta de que, además, el PSOE de Andalucía representa lo peor de ese partido, su versión más caciquista, mafiosa y reaccionaria. No fui el único que sintió vergüenza al ver a la representante del PSOE-A en el programa de Jordi Évole, rodeada de otros militantes socialistas del resto de España, indignados y preocupados por el futuro de su partido.

Eso es Andalucía: disciplina de partido, chantajismo, miedo y clientelismo. Porque aquí no hacen falta campañas profundas, aquí se premia el sentimiento por encima de las ideas, y ese discurso vacío de ideas se rellena con miedo.

Somos nuestra historia y poco más, la cultura a la que nos agarramos no significa nada si está desnuda de dignidad.

Y esa es la pena del pobre. Cantamos, rezamos y reímos. Miramos siempre hacia arriba soñando con tener la oportunidad de mandar, de tener un mínimo de poder para ejercerlo con mano dura. Jamás miramos abajo ni hacia atrás, incluso me atrevería a decir que somos incapaces de mirar lo que tenemos a nuestro alrededor.

Ese es el verdadero estigma de este pueblo, su negación personal: su falta de humildad.
Siento defraudarle, señor Infante. Los andaluces no nos levantamos, ni pedimos tierra ni mucho menos libertad. Tenemos hombres y mujeres de luz, pero el miedo empaña sus almas, y ni España ni la Humanidad tienen ya previsto vernos libres algún día.