Humo en los ojos

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Europa Press

Hace tiempo que comenté que soy un proyecto de politólogo renegado y que lo único que aprendí en esos años es que con la política pierdes amigos y detrás de cada mentira hay dos más. Y detrás una sonrisa socarrona acompañada de algún “tío, es que así es la política” o algún intento de mierda por el estilo de justificar que eres un hijo de tu madre. Así que aviso (e intentaré que así sea, que a veces aún me cuesta) que lo siguiente que voy a soltar es de color gris.

Intoxicación mediática. Alarmante y burda, rancia y absurda. Ya no puedo ver la televisión, pero eso no es nada nuevo entre la gente de mi quinta. Vivimos delante de la pantalla del ordenador y la mayoría sabemos de sobra la cantidad de tios con corbata y sin escrúpulos que hay detrás de los principales canales. Yo personalmente, me sacas de Discovery y me pierdo. Pero lo que me duele, y de pura impotencia, son mis abuelos maternos.

Ya no puedo hablar con ellos de política, sea del palo que sea. Toda la vida trabajando duro y viviendo en Alcosa, toda la vida votando a los socialistas. Mi abuela es la típica matriarca de familia a la que tampoco le preocupa el asunto mucho. Eso sí, lo único que suelta es un “a mi el que me gustaba era Felipe González”. Que alegría le ha dado volver a verlo últimamente, casi veinte años después y tan salao como en su época. En la España de 2016. Pero lo de mi abuelo, eso sí que es para meterles fuego…

Siempre tuvo un coco para mi fascinante. De esos que saben leer entre líneas. De esos que le encuentran la gracia a todo mientras sabe de sobra que el mundo está lleno de mamones. Me pegaba horas rajando con él y siempre para salir mejor que cuando entre. Con un sabor agridulce en la boca y un calor en el pecho, el que te genera la gente que despide experiencia y sabiduría en cada palabra que dice, cada una de ellas meditada. Un auténtico socialdemócrata sin pelos en la lengua, con el corazón en una mano y la nostalgia romántica en otra. Que en las últimas décadas ha votado cuando estaba de acuerdo y cuando no, votó a la minoría apolítica por no regalar.

Tiene 76 años y su única preocupación ya solo son sus nietos y ver la televisión a duras penas: hace no mucho perdió gran parte de la vista. Y estos cerdos han provocado que ya no pueda tener conversaciones decentes con él de política. Todo gira en torno al desconocimiento de la juventud. Todo gira entorno a que le han dicho tantas veces que las nuevas formaciones políticas se masturban pensando en la URSS que hasta reacciona agresivamente cuando le dices que Inda está denunciado por todos lados y es un perro de presa pagado. Le han dicho que le van a quitar su bonobús y su pequeño apartamento en Chipiona. Y tiene miedo, mezclado con el orgullo de un hombre que ha vivido tantos años y que considera que no puede estar equivocado. Suena la tertulia de Gran Hermano XXXVII de fondo en la tele de plasma mientras le explico qué es Twitter.

Me dió su coche y aparcado bajo mi casa lo tengo, como nuevo. Un Hyundai Accent al que le saco poco más de un par de años y que sé que conservó con miras a que lo llevara uno de sus cuatro nietos. Es un privilegio que de otra forma su nieto no hubiera podido permitirse hoy en día. Cada vez que me monto en él se me remueve el estómago al pensar cómo le han lavado la cabeza. Cómo no dispone de medios de información limpios, y cómo no puede ni quiere a estas alturas darse cuenta. Y acto seguido me asalta la realidad de que España tiene a tres personas como él por cada uno como yo.

No hay cosa más sucia que reventar la línea entre ancianos y jóvenes, que es lo que esta panda de criminales está haciendo, en un electorado en el que el votante medio es casi cincuentón . Desconectado, temeroso y reaccionario. Y ellos lo saben y lo manejan. Y más inmovilismo político al canto.

Y como dijo una personajilla no hace mucho, con todo derecho en este caso, esto si que no lo perdonaré jamás España. JAMÁS.