Iglesias volvió a equivocarse

Iglesias se ha equivocado al usar un lenguaje impropio de la Cámara en la que se encuentra.

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Pablo Iglesias, líder de Podemos, en el congreso de Vistalegre. Europa Press

No me molesta que Pablo Iglesias diga lo que quiera decir en un mitin, en una reunión de amigos, en acto público cualquiera o en una entrevista televisiva. No me molestan las estrategias, los dires, los diretes, las insinuaciones… En definitiva, no le pongo una coma a la libertad de expresión, pero la intervención de ayer de Iglesias deja un escozor que no aproxima a nadie a nada bueno.

Las faltas de respeto tienen que servir para algo. La intervención de Iglesias responde, sencillamente, a otra estrategia de comunicación en la que necesita ser zafio para llamar la atención de telediarios y periódicos. No es una muestra de ingenio, ni es una herramienta estética en su discurso. Y es molesto, es tremendamente molesto que Iglesias anteponga el marketing al respeto debido al escaño desde el que habla. En el Congreso de los Diputados no hay que usar una retórica de santurrón para ser considerado por la Cámara, no es preciso ponerlo fácil, no ser un pillo, lo que sí es necesario es hacer que cada intervención cuente y lo que nos ha quedado de la intervención de Iglesias es al Diputado de Podemos siendo faltoso. No ha servido para nada.

El republicanismo inherente a la República que desea tanto Iglesias como aquí el que escribe implica el cuidar de aquello que es público; entre otras cosas, el Congreso. Faltar al respeto al Congreso sin más propósito que llamar la atención es una falta de respeto no al resto de la Cámara (que también) sino a toda la ciudadanía.

Desde luego daré la razón a quien diga que es peor prometer y no cumplir o tantas otras osadías que desgraciadamente hoy podemos atribuir a un político, eso forma parte de un fondo irrenunciable de honestidad. No obstante, la forma también toma parte en la construcción de la sociedad que se quiere. Cuando un líder como Iglesias (por otra parte, respetabilísimo) falta al respeto a la Cámara, da un ejemplo nocivo a la ciudadanía, que de seguirle, se irá separando más y más de un Congreso que, en realidad, sólo pertenece a la Nación, naciones españolas, o como quieran llamar al conjunto de personas que vivimos aquí.

La consecuencia inevitable es, precisamente, aquello que Iglesias tanto rechazaba: Si esto se convierte en costumbre, por la separación que produciría, la ciudadanía dejaría de exigir a la política no ya la forma, sino el fondo: Aquello que cambia las vidas y que convierte (o no) a la gente en ciudadanía libre y democrática de un Estado Social y de Derecho.