Del insulto en castellano y sus límites

Poco se sabe.

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Jesús Gil, probablemente, ejerciendo el insulto en la modalidad de piscina. Youtube.

En esta apabullante enciclopedia del insulto proverbial, estilístico, propio de las más altas oratorias que ha dado el país en cualquier de sus épocas, pretendemos hoy dar pie al debate sobre cuáles son, dónde se sitúan y cómo actúan los límites del insulto.

Como bien aduce Ángel Palomino, el insulto debe de tener dos salidas, la primera, la tranquilidad psíquica o física del ofensor y la segunda, promover un malestar en el que se pretende ofender. No obstante, de un tiempo a esta parte se tiene por hegemonía el insulto ahí a lo primero que salga, como si la mera mención a la madre fuera ya un instrumento de ofensa, lo cual es absolutamente falso, pues la vulgaridad de los tiempos ha permitido una flexibilidad nunca vista a este respecto, permitiéndose recortes en sanidad, educación y vergüenza, pero no chistes contra el fascismo.

En cualquier caso, desde aquí pretendemos animar a insultar propiamente, por lo que, si me permiten, por ser yo alguien que trata de ofender continuamente a gran parte de la población (ya sea por sevillista, sillaenvuelta, abrecajas, áticoenbuardilla o, sencillamente, por haber nacido), quisiera reproducir una conversación dada el otro día.

En primer lugar, un señor con un seat colorado se salta un paso de cebra cuando iba a pasar un servidor de ustedes. Una vez saltado el paso de cebra, póngome yo en el propio paso de cebra a señalarle lo cegato de su acción, la imprudencia que supone y lo hijo de puta que hay que ser. A lo que el señor, con limpieza, eso sí, saca el dedo corazón señalando, a su vez, que pretendía metérmelo por sálvese la parte. A lo cual respondo yo con acción semejante, pero a dos manos, y no contento con ello, moviéndolas agitadamente con la intención de dejar claro que, en mi caso, no sólo pretendía metérselos por donde ustedes se imaginan, sino que, además, pretendía remover como si aquello fuese una hormigonera.

En ese momento en el que el insulto fácil podría haber sido la solución tranquila, el señor en cuestión aparca el coche, del que sale, cruza la calle sin recabar en su seguridad (por segunda vez en apenas dos minutos, el muy mentecato) y se dirige hacia mi persona para tener conmigo un intercambio de impresiones más directo.

Viéndole venir como venía, cabezayunque como era, vestido con un chándal fosforito, eso sí, reluciente, y diciéndome él que qué carajo quería, díjele yo que lo único que pretendía es que, por favor, respetase las señales viales porque si no, no me quedaría más remedio que mentarle el hecho de que tenía la cara perfecta para salir por la radio, añadiendo, gentil y curioso, que si el mechero del coche se lo enchufaba en la nariz de Minas de Moria hacia fuera que lucía. Lo cual no le daba derecho alguno a soltarme semejante hostia panadera, he ahí, queridos y queridas amigas del improperio, donde están los límites del insulto.