La investidura enquistada: una mirada al País Vasco

En el sistema vasco, llegado cierto punto de bloqueo, nadie puede decir que no a la investidura: o hay abstención o se vota a otra candidatura. ¿Es mejor?

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Pedro Sánchez en la ronda de contactos con el Rey. Europa Press

Nos levantamos con la ya embarazosa nota de prensa (llegado cierto punto llamarlo noticia es darle el bombo de la novedad) de que Sánchez e Iglesias siguen a palos. Dados los desencuentros, conviene comparar la investidura del Congreso con la de la Junta de Asturias o el Parlamento Vasco.

La investidura y el artículo 99

El artículo 99 de la Constitución es el que observa la investidura de la Presidencia del Gobierno. Es la guinda del pastel del sistema parlamentario, pues obliga a dialogar para que la soberanía nacional representada elija a lo que en otros países sería el Primer Ministro. Hasta en eso (poner el nombre de la Institución) somos especiales en este país.

Por otra parte, en el Parlamento Vasco, uno no puede decir que no, como presumiblemente hará la derecha. Esto obliga a abstenerse o a nombrar otro candidato. En caso de que haya más de una candidatura, la que tenga más votos favorables, gobernará. De esta forma, el debate parlamentario no es tan importante y se enfoca en la estabilidad de la legislatura.

¿Sería mejor así?

Desde luego, sería más eficiente, pero también una renuncia. El sistema parlamentario tiene un propósito que es el que su propio nombre indica: parlamentar. Llegar a acuerdos para asegurar que, si llega un chimpancé con traje al parlamento, sus propuestas no tengan demasiadas opciones de pasar de allí.

Tiene, además, otra ventaja: el Primer Ministro en España tiene un poder presidencial. Aunque parezca una tautología, no lo es. La Constitución dispone que el Primer Ministro (al que llama presidente) pueda legislar mediante Decreto-Ley, que fueron diseñados para casos de urgente necesidad, pero son tan sencillos y tan “aprobables” que nadie puede resistirse. Dado esto, que haya consenso en la elección del premier resulta apetecible para la calidad democrática del país.

Así que el cambio hacia el sistema euskera es apetecible. No obstante, sería la constatación por escrito de que la política renuncia a parte de la política y, si bien peco de idealista, no es menos cierto que la Constitución, en este caso, va por delante no sólo de las instituciones a las que gobierna, quizás también por delante de la sociedad.

¿Y darle 50 escaños al partido ganador, como propone Casado?

Pablo Casado se reunió ayer con Sánchez para volver a negarle su abstención. El líder popular ha cambiado de estrategia desde la truculenta campaña electoral, parece más prudente en sus intervenciones, cuando las hace. Ayer, además, sorprendía a propios y ajenos con una propuesta: el ganador de las elecciones tendría 50 una “prima” de 50 escaños.

En primer lugar, cabe felicitarse de que el líder de la oposición empiece a construir, aunque, en este caso, también esté en contra de la medida propuesta. La Constitución, observa Casado, permite aumentar el número de diputados de 350 a 400. Se elegirían 350 de la misma forma que se eligen ahora, pero el ganador obtendrá de facto 50 escaños más.

Este sistema es criticable porque carece de veracidad. Las urnas han otorgado estos resultados y, si el Partido Socialista tuviera 50 escaños más, la representación parlamentaria no sería realista y otorgaría, una vez más, demasiado poder. A esto habría que sumarle la crítica anteriormente citada: Daría alas a la renuncia de la política, al cese de la mecánica consistente en diálogo y pacto.