Itálica Famosa

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Casa de los Pájaros. Itálica. Santiponce. Sevilla. Foto Roberto Chamoso G.

Estos Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue por tierra derribado,
yace el temido honor de la espantosa.
Muralla y lastimosa
reliquia es solamente
de su invencible gente

Rodrigo Caro

 

No me imagino al insigne don Rodrigo Caro, teja en mano y capa enrollada al brazo por no pisarla, paseando por el erial en que se había convertido Itálica. Tal vez sus zapatos negros con hebilla de plata, se mancharan de polvo al andar entre la escombrera que contemplaba de la otrora “Itálica famosa”, pero su sotana de un negro impoluto, se debió mantener libre de manchas polvorientas.

La desolación debió causar en don Rodrigo una enorme tristeza. Leyendo sus versos, seguramente escritos siendo ya titular de la Iglesia de Santa María de Utrera, la ciudad que lo vio nacer, contemplar la desolación en que se había convertido la grandeza de Roma, debió pesar, y mucho, en el alma del humanista.

Recorrer Itálica hoy, a pesar de su ruina, con un poco de imaginación, nos transporta a los tiempos de su máximo esplendor, cuando acogía héroes de las milicias romanas, patricios y adinerados comerciantes de la Urbe que se permitían el lujo de pasar temporadas en su residencia de descanso, que es lo que era fundamentalmente Itálica. Sus enormes termas, sus bien delineadas calles, las casas señoriales, los hornos de la panadería, los comercios situados en el centro de la ciudad, el anfiteatro… todo nos hace retroceder a la Roma Imperial.

No es posible imaginar a Trajano, el primer emperador nacido en la Baética, correteando con sus amigos por los soportales de Itálica; o Adriano, el segundo emperador que nuestra tierra aportó para ser coronado en el olimpo de la gloria, con una honda tratando de cazar algún conejo en los alrededores de la ciudad, para que la cocinera esclava se lo hiciera al ajillo a su padre, al que quizás encantara el mamífero roedor, guisado al estilo hispano, acompañado de los vinos de la tierra y un buen trozo de pan del trigo de los campos aledaños. Podemos revivir, y hasta escuchar el sonido de sus armas al chocar, la lucha de los gladiadores en la arena del anfiteatro, con sus gradas recubiertas de mármoles rosas, rojos y verdes y los palcos privados ocupados por las familias patricias, mientras se jugaban la vida, y tal vez su libertad, los que se enfrentaban en la arena. Tal vez de los fosos del anfiteatro salieran para divertir a la plebe algunos cristianos al servir de almuerzo a las fieras (“panem et circenses” para adormecer y atontar las mentes).

Luego vinieron tiempos de abandono, el Guadalquivir, al pié mismo de la ciudad, dejó de ser navegado por las naves caudicaries: corvita, ponto, hippago, myoparo, celsa, prosumia… que llevaban el vino, el grano y el aceite a la metrópolis (Y también garum para los delicados y selectos paladares patricios). Produce añoranza, dolor y una inmensa tristeza ver las piedras amontonadas, los muros en ruinas y los mosaicos descoloridos. Más cuando se tiene constancia de que allí, en Itálica, nacieron los que llevaron a sus cotas más altas el Imperio Romano. A veces, la historia, y sobre todos los hombres, somos así de desagradecidos.