Jubilados de oro

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Hasta ahora había una imagen de la tercera edad: la del jubilado ocioso o en el mejor de los casos, dedicado a viajar a precios de saldo para recuperar el tiempo que el trabajo extenuante y opresor no le había dejado vivir. El jubilado, además de ser pensionista, también ocupaba su ocio, al menos hasta ahora, en ayudar a los hijos con los nietos, a la convivencia con los demás con el ritual del café, del dominó y las charlas al sol, y en dar largos paseos a ritmo suave para bajar el colesterol, el azúcar o ambas cosas. Había por otra parte un grupo de élite que, a pesar de haber sobrepasado con creces la edad de jubilación y de cobrar una pensión más o menos justa, dedicaba sus esfuerzos y su inteligencia a la investigación o a la docencia “emérita”.

Pero los cambios sociales han roto los esquemas: aparece en lontananza una nueva generación de pensionistas dispuestos a corregir los errores de los dirigentes políticos de nuestro país. Tal vez están tan insatisfechos o descontentos del trabajo realizado por ellos que ahora, cuando el tiempo se les escapa entre los dedos, quieren culminar su trabajo y corregir sus pifias. De otra forma no se entiende que estos jubilados con pensiones de oro y blindadas, estén dispuestos a volver a la actividad, eso sí parlamentaria y mejor remunerada y, por lo que parece, que requiere poco esfuerzo. Porque estar en la oposición es una “actividad” muy cómoda y nada estresante; más bien lo contrario, ya que, según parece, el partido fichador de generales no aspira a otra cosa.

Tal vez pese en el ánimo de estos jubilados de oro algún atisbo de remordimiento: acostumbrados a dar órdenes, ser obedecidos sin rechistar, ser servidos y disfrutar de los lujos y las prebendas inherentes al desempeño de su alto rango militar, les ha podido causar desazón y están dispuestos a compensar el tiempo perdido y, de alguna manera, justificar la inversión que la sociedad española hizo en su momento para que ellos, estos generales inquietos, pudieran llegar a la élite de los encargados por velar y garantizar nuestro sistema democrático.

Surgen algunas cuestiones, a pesar de sus posibles bien intencionadas ideas, que se plantean los ciudadanos: ¿No estarán estos militares jubilados un poco pasados de años para servir a la sociedad civil? ¿Serán capaces de asumir el cambio de papeles? No debe ser sencillo pasar de dar órdenes y ser obedecidos a ser servidores de la ciudadanía, de imponer criterios a seguir las pautas, de ser servidos a ser servidores. ¿Podrán estos generales jubilados cambiar sus roles? ¿Serán sus intenciones altruistas o bien pretenderán cambiar su gran pensión de jubilados por una nómina de parlamentario mucho más abultada?

Porque si las sospechas de que la vuelta a la actividad de estos jubilados de oro, se debe a que están llenos de “añoranzas” por los tiempos en los que eran recibidos en el Pardo, su aportación a la democracia pudiera ser más bien sea una rémora que un salto hacia un futuro mejor para todos los españoles. Si se van a defender postulados involucionistas, retrógrados y desfasados, poco pueden aportar estos generales jubilados, fichados a bombo y platillo con resonancia mediática. Si sus miras están puestas en volver a los años comprendidos entre los 40 a los 70 del siglo XX, harían un gran favor a la sociedad española dedicando sus últimos días a disfrutar del sol y bañarse en las piscinas de sus “chaleres”.

Y a todo esto, los partidos conservadores del arco parlamentario, tal vez pensando en futuras alianzas para sentarse en los sillares del poder, silencian la cuestión y se dedican a atacar lo poco progresista que todavía nos queda.

Si la España del futuro depende de esos generales de la tercera edad dispuestos a iniciar  una carrera política que hasta hace poco despreciaban, poco futuro tenemos los ciudadanos de a pié de este país.