Juego de Tronos, los ochenta minutos más épicos de la historia de la televisión mundial

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Existe la creencia general de que los libros de caballerías no existen desde que Cervantes los ridiculizara con El Quijote. Se aduce que habían pasado de moda y que estaban obsoletos por tratarse de una fórmula tan manida que aburrída. Pero ahí tenemos El señor de los anillos, que tan de moda estuvo hace unos años, y Juego de tronos, obra de George R. R. Martin popularizada por la archiconocida serie de HBO. Ambas obras pertenecen al siglo XX y cumplen las convenciones de los libros de caballerías:

  • El honor está por encima de todo. Si no que se lo pregunten a Ned Stark, que prefirió perder la cabeza antes que perder su honor. Este influye en la escasa evolución psicológica que tienen los personajes. Pensemos en Daeneris Targaryen o en Jon Snow.
  • La acción se desarrolla en un espacio imaginario y en un tiempo impreciso. La presentación de Juego de tronos es en realidad un mapa para que nos situemos en ese mundo de fantasía. De ahí que Cervantes comenzara su novela con el popular: En un lugar de la Mancha… (desde la primera frase ya deja clara su intención de burla). Tanto esta saga como El señor de los anillos se localizan en una Edad Media inconcreta: hay castillos, reyes y príncipes, ejércitos y catapultas, pero no corresponde con la auténtica Edad Media de la humanidad.
  • Existen seres mágicos, como magas y hechiceros, y animales mitológicos como dragones.
  • Algunas espadas tienen nombre, por ejemplo la de Arya Stark, y las decisiones importantes se dirimen en juntas de caballeros y nobles.
  • Estructura episódica. R. R. Martin salta de escena en escena gracias, en gran medida, al carácter coral de su saga.
  • Violencia glorificada, o dicho de otro modo: épica. Y para muestra un botón, el capítulo III de la octava temporada son ochenta minutos de batalla cruenta y despiadada.
  • Nacimiento extraordinario del héroe. Recientemente hemos descubierto los orígenes nobles de Jon Snow.
  • Solo se podía ser caballero si otro te nombraba (como nuestros toreros actuales). De ahí la escena del capítulo II, cuando Jamie nombra caballero a su amiga.

Como vemos, todas estas características se dan en Juego de tronos. Pero si por algo me ha parecido sorprendente esta saga es porque toma todas estas propiedades y las pasa por el filtro del siglo XX, con lo que logra una obra sorprendente. Pongamos los siguientes casos:

  • El héroe puede morir. En las clásicas novelas de caballerías esto era impensable. Sin embargo, Juego de tronos está lleno de ejemplos: cuando creíamos que Ned Stark era el protagonista, lo decapitan; cuando pensábamos que su hijo mayor tomaba el relevo, tenemos la boda roja… Y así hasta la saciedad. Sin embargo, R. R. Martin ha sido tramposo aquí, porque él tenía guardado su verdadero héroe bajo la manga: Jon Snow. Y él y otros cuantos están protegidos por este principio medieval. ¿O alguien piensa que pueda morir o perder él, Khaleesi, el enano, Arya o cualquiera de los héroes que han llegado hasta aquí?
  • A pesar de lo que hemos dicho anteriormente, los personajes de esta saga sí pueden evolucionar (no tanto los héroes), es el caso de las hermanas Stark (de niñas inocentes a señora de Invernalia una; heroína la otra) y de Bran o los hermanos Lannister (convertido uno en mano de la reina y el otro pasando de defenestrar a Bran a arriesgar su vida por Invernalia), entre muchos otros.
  • Las mujeres no son meros objetos bellos y desvalidos que necesiten de la ayuda de un hombre para defenderse. En las novelas de R. R. Martin las mujeres son resistentes, fuertes, poderosas y valientes. Sorprendente es el final del capítulo III de esta última temporada: nos engañan haciéndonos pensar que Jon Snow resolverá el entuerto, pero Arya ya nos ha avisado antes cuando le preguntan qué se le dice al señor de la muerte: “Hoy no”.

Es cierto que la serie ha adelantado a los libros. Han consultado con el autor, pero los creadores de la serie son los que han decidido cómo concluir la historia. Quizá esto explique el giro hacia ciertos convencionalismos moralistas que venimos apreciando, por ejemplo, y dado que como ya hemos mencionado, los personajes deben ser honorables, aquellos que no lo han sido en algún momento tienen que expurgar su pecado y restaurar su honor a través de la muerte. A este principio se debe que en este último capítulo solo fallezcan algunos personajes conocidos, por ejemplo Greyjoy o Melisandre, quien aparece de pronto como el paquidermo que va a un cementerio de elefantes a aceptar la muerte.

Juego de tronos, ya el fenómeno televisivo, tiene sin duda una calidad cinematográfica apabullante, una estética cuidada hasta el más mínimo detalle, unos diálogos sin desperdicio, unas interpretaciones sobrecogedoras, y han reservado para el capítulo III de la última temporada los ochenta minutos más épicos de la historia de la televisión mundial. Ahí es nada.