“La biografía que descubrimos en La otra mano de Cervantes no se queda en una mera aportación de datos”

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Andalucía al Día, laotramanodecervantes

Cervantes es sin duda uno de los más grandes escritores de toda la historia de España y de la Literatura en español. Por eso nos atrae y por eso sabemos tan poco de él: ¿cuántos de nosotros ha leído sus novelas ejemplares? ¿Cuántos El Quijote? Pero más allá de su obra, su propia figura también es fascinante, pues se desenvolvió en una sociedad que se parece preocupantemente a la actual.

Gracias a La otra mano de Cervantes podemos conocer mejor su biografía: su trabajo como recaudador de impuestos (en la obra nos explican que los impuestos de los españoles sirven para financiar los palacios y castillos y las guerras), su participación en batallas, su cautiverio en Argel, su matrimonio, su escaso éxito comercial hasta la publicación de Don Quijote de la Mancha, su cautiverio en Sevilla por un asunto con la recaudación de impuestos que no quedó del todo claro (el personaje llega a admitir que lo engañaron y que él se dejó engañar, y que se benefició de la usura de un banquero hasta que este le traicionó, ¿no nos recuerda esto a casos de la banca moderna española e internacional?). Pero la biografía que descubrimos en La otra mano de Cervantes no se queda en una mera aportación de datos (aunque a veces peca en exceso de ello), pues encontramos precisamente una crítica a la sociedad del tiempo de nuestro escritor más ilustre, extrapolable a la nuestra, y unas reflexiones interesantes, a veces incluso hermosas, sobre la libertad o el ser humano.

Lo primero que llama la atención cuando se llega a la sala es la puesta en escena, que resulta llamativa y adecuada: un conjunto de cuerdas, oscuridad y negrura, cajones que sirven de escalones, escaleras de piedra… Sin embargo, a veces se aprovecha poco las posibilidades de este escenario: solo se interactúa con las cuerdas una vez, los cajones no sirven para extraer objetos o guardarlos (salvo en alguna contada ocasión), las trampillas solo se usan esporádicamente. Lo que sí funciona y resulta bella es la iluminación, especialmente las proyecciones, que consiguen introducirnos en un mundo de recuerdo y ensoñación.

Los actores trabajan con total solvencia y la dirección los maneja con corrección en las tablas. Pero existe una dificultad: el texto no resulta todo lo teatral que debería, no existe un claro conflicto que haya que resolver, y a veces nos da la impresión de estar observando escenas interesantes de la vida de Cervantes o reflexiones dignas de ser recordadas, pero que no nos llevan a una clara finalidad teatral: ¿se trata de hablarnos de los hechos más trascendentes de nuestro escritor más ilustre? ¿O de asistir al choque entre él y las estructuras de poder? ¿O de conocer su frustración como escritor? Ni siquiera llegamos a ver la relación entre su cautiverio en Sevilla y la supuesta inspiración que le llevó a escribir su obra más célebre. De hecho a veces no entendemos muy bien los toques de comedia que salpican la obra, surgidos sobre todo del personaje de Diego, que no podemos identificar en ningún momento con Sancho Panza. Y es precisamente este guion desorientado, a pesar de las muchas virtudes que ya hemos comentado, lo que impide que luzca más el trabajo de los actores, especialmente el de Sebastián Haro, y el del director, Pedro Álvarez-Ossorio.

Sea como sea, debemos aplaudir la valentía de hacer una obra en nuestro país que hable de personajes de los que debemos sentirnos orgullosos. No es el punto fuerte de los españoles sentirse orgullosos de sus mitos.