La casa de la curva

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Este relato está basado en un hecho real. No es obligatorio que el lector crea o no que ocurren hechos, en muchas ocasiones inexplicables, que se encuentran en otra dimensión a la cotidiana, a la realidad de cada día.

 

No iba de muy buen humor. La avería en la planta baja del hospital le había retenido hasta más de las tres de la mañana cuando su hora de salida, la hora normal de salida, debió haber sido, como todos los días, a las diez de la noche. Salió del hospital, abrió el coche situado en el aparcamiento reservado para el personal que en esos momentos estaba en semipenumbra y salió sin perder el tiempo, camino de su casa; le esperaban cerca de cuarenta kilómetros de carretera secundaria

–A esta hora y con esta mierda de tormenta, seguro que la carretera está solitaria. Como tenga una avería me quedo tirado hasta por la mañana—parecía que Juan tenía un premonición.

De todas formas dejó atrás la ciudad y enfiló la carretera, con los ojos bien abiertos, el limpiaparabrisas a tope y no perdiendo de vista en ningún momento la línea central, ya que “toda precaución es poca con esta lluvia tan fuerte y la ventolera que hace” pensó.
Tal como había previsto, a las tres de la mañana, la carretera parecía un fantasmagórico escenario negro tan sólo alterado por la monotonía de los trazos intermitentes de las líneas centrales.

Ya había pasado el peor tramo, al menos el más complicado por la circulación, y Juan, a la mitad del trayecto “en un cuarto de hora estoy en casa”, se animaba para no quedarse dormido.

—¡Lo que me faltaba!—gritó desesperado cuando de pronto el coche se quedó parado—. A la salida de la curva, con este tormentón y ¡encima se han ido hasta las luces!

Echó mano al móvil “¡sin cobertura!”, la desesperación empezaba a aparecer en el ánimo de Juan, “a ver qué hago en medio de la nada, a las tres de la mañana, con la que está cayendo”. Por el lateral de la carretera pudo ver que la luz de una linterna se acercaba, una bocanada de esperanza le hizo recuperar el ánimo “al menos hay alguien que, espero, me pueda echar una mano”, se dijo.

Abrió la puerta y, con el paraguas plegable que guardaba para las emergencias en la guantera, se dirigió a la luz.

—¡Buenas noches!—escuchó que le decía una voz de hombre.
Juan se acercó y pudo distinguir un anciano que, con ropas de agua, le sonreía

—He visto que se le ha parado el coche, y con la noche que tenemos, si quiere saco el tractor y lo remolcamos hasta mi casa. Es esa que está ahí—dijo el hombre señalando una casa pocos metros, a la entrada de un naranjal.

La casa era antigua pero estaba, al menos por fuera, en inmejorables condiciones.

—Pues se lo agradezco, porque este cacharro parece que no tiene ganas de seguir—contestó aliviado Juan.

Al poco rato Juan se encontraba dentro de una casa templada por estar la chimenea encendida, en la que le saludó con una sonrisa la anciana, esposa del hombre. Por desgracia pudo comprobar que la casa no tenía teléfono fijo y su móvil seguía sin cobertura.

—Si quiere puede pasar aquí la noche y por la mañana ya la tormenta habrá pasado y podremos acercarnos con el tractor al pueblo para que recojan su coche—le propuso el anciano.

—Lo que siento es causarles molestias—trató de disculparse

—No hay problemas, no es ninguna molestia—respondió la señora a la vez que le ofrecía una toalla para que se secara.

Juan se resignó a pasar la noche junto a la pareja y se acomodó, lo mejor que pudo, en un viejo pero inmaculado sofá que había en el salón. Allí, junto a la chimenea y con una manta, pasó la noche.

Un concierto de trinos y una deslumbrante luz lo despertó. Al abrir los ojos, miró hacia arriba y dio un salto: el techo había desaparecido. Giró su vista en derredor y las paredes, perfectas hacía tan sólo unas horas, daban muestras de una ruina manifiesta. También la chimenea había desaparecido dejando nada más que algunos ladrillos sueltos y un enorme agujero que ascendía hasta el inexistente techo. No había puerta y los cristales de las ventanas, de las dos ventanas que quedaban, estaban rotos. A toda prisa, presa del pánico, salió al exterior y, divisó el coche en el mismo lugar donde lo había dejado la noche anterior, remolcado por el tractor que conducía el anciano.

Sin pensarlo dos veces, se subió al vehículo, puso la llave de contacto la giró y suspiró aliviado al arrancar a la primera. Giró y se dirigió a la carretera. Entraba en ese momento otro vehículo y, dominando su ataque de pánico, se bajó relatando al dueño lo que le había ocurrido.

—No es posible—le respondió el recién llegado—. En esta casa hace más de cincuenta años que no vive nadie. Es más, los últimos que vivieron y murieron en ella, era un matrimonio de ancianos que no tenía familia.

 

Lo creas o no, amigo lector, el hecho fue real. Ocurrió en algún lugar indeterminado y a una persona que no me ha querido revelar su nombre.