La Cruz Doble

867

Relato corto de José Campanario,
escritor y columnista de @AndaluciaalDia

 

Los montes que rodeaban el convento permanecían ocultos, como temiendo que no se hubiera ido la tormenta nocturna. La bruma húmeda que había dejado el agua caída, ayudada por el humo que desprendían los restos calcinados del convento y de los otros fuegos que los rayos habían provocado en el bosque colindante, más de cinco focos pudieron contar los monjes durante la noche, ocasionaron un panorama de escalofrío.

— Es un castigo divino— murmuraba como sonámbulo el prior.

Rafael, el hermano lego responsable de la portería no lo tenía claro: no quería contradecir la opinión de su superior, pero para él que habían sido los moradores del infierno los que habían hecho una visita al valle donde se ubicaba el monasterio.

Fuera cual fuese la causa, lo cierto es que el recinto que albergaba a los más de cincuenta monjes había quedado reducido a cenizas, las piedras calcinadas, los restos de las vigas que sujetaban las techumbres, antes artesanía labrada a buril, ahora no eran más que un reguero de trozos de palos convertidos en carbón que mostraban la poca solidez de la edificación.

Durante la tarde, el cielo se fue encapotando de tal manera que los más antiguos del convento pronosticaban una tormenta “como las de antaño”. Hacía muchos años que no se había conocido un diluvio de tales dimensiones: a los granizos del tamaño de huevos de palomas, se unió un aire que soplaba con tanta violencia que las campanas estuvieron sonando toda la noche como si una mano mal intencionada no quisiera dejar descansar a los moradores del lugar. Poco antes de la hora de los rezos de completas el firmamento pareció rajarse y desprenderse de las fuerzas que ocultaba en su vientre. Los rayos comenzaron a asolar todo lo que encontraban a su paso.

— ¡Hay fuego en la capilla— gritaba fuera de sí el monje responsable de los cultos—, ha caído un rayo y se ha incendiado el altar mayor!

Luego, un segundo rayo alcanzó las celdas, otro más el refectorio, también fue alcanzada el ala que albergaba las dependencias del prior.

— ¡Las cuadras están ardiendo!— gritaba un despavorido novicio.

El desconcierto se apoderó del recinto monacal y todos, monjes, novicios y legos, corrían, sin saber a dónde acudir, con los cubos llenos de agua. Tal era la magnitud del incendio que antes de amanecer, las ascuas eran el testimonio de lo que había quedado del majestuoso lugar orgullo de la orden de San Bruno.

Ya bien entrado el día, casi a la hora del ángelus, el prior pudo hacer el recuento, un triste recuento: todo el monasterio había quedado reducido a cenizas, desolado. Tan sólo la cruz de Lorena que presidía el patio claustral estaba intacta sobre su pedestal con tres escalones de mármol blanco, costeada por el Duque de la Rivera, y a cuyo pié se colocó una lápida grabada atestiguando el acontecimiento.

— ¡Que se coloque sobre los tres escalones que representan a los tres arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael, para que protejan este santo lugar dedicado a la oración y a la contemplación!— había proclamado solemnemente el Duque en la consagración del monasterio por el Obispo.

El hijo menor del Duque, un mozo ya pasado de hora para casorios cercano a la treintena, fue dotado generosamente por su padre para ingresar en la orden cartuja.

— A ver si así se olvida de los ardores perversos que le acompañan de continuo— pensó el señor Duque.

Y es que el mozo viejo, último vástago del noble, tenía por costumbre rastrear amoríos en cada rincón del castillo ducal.

— … y si aún buscara los muslos y los pechos de las mozas, podría hacer la vista gorda, pero…— comentó a su mujer el noble en varias ocasiones.

Por eso, cuando tuvo la ocasión de apartarlo de las tentaciones de los mozalbetes a los que se les empezaba a cerrar la barba y se les endurecía el colgante con facilidad, no lo dudó: puso una buena dote para que lo admitieran en el nuevo convento.

Finalizado el recuento, el prior recitó el inventario de lo que había quedado a salvo: la cruz de hierro de doble brazo, una yunta de caballos de tiro, dos vacas y un cerdo. No había señales de gallinas ni de palomas, ni tampoco de los faisanes y conejos que estaban enjaulados.

— De las jaulas no se distinguen ni las cenizas— le notificó con lágrimas el hermano lego al prior.

El solar había quedado como un páramo, “aún peor— se decía el monje— ya que por no haber, no hay ni esparto”. A los dos días recogen lo poco que podría tener alguna utilidad, la cruz y los animales, y salen camino de Andalucía. El Rey había donado a la Iglesia, hacía ya casi tres años, un cortijo cercano a la rivera del Guadalquivir, en los primeros meandros que se divisan desde Sevilla, cerca de la villa de la Rinconada.

La salida de la comitiva de frailes, el prior, el responsable de las cuadras, el portero y el hermano que se encargaba del huerto, es acompañada por una cortina de bruma húmeda que añadía aún más tristeza al desenlace. Por delante quedaban varias jornadas en las que los polvos del camino harían mella en las flácidas carnes del hermano portero.

No estuvieron exentos de peligros los religiosos. Al atravesar las angostas gargantas de la sierra que separa la meseta castellana con el valle del Guadalquivir, fueron asaltados por un grupo de ladrones, de los que se dedican, machete en mano, a apoderarse de los pocos enseres que llevaran los viajantes.

— Somos tan sólo monjes que vamos camino de una villa cercana a Sevilla donde nos instalaremos en unas tierras cedidas por el rey— les comunicó el prior al cabecilla de los rateros— Nos esperan para dentro de dos días.

Esto último puso sobre aviso al jefe de la cuadrilla de mangantes: “Si no aparecen por Sevilla, saldrán los alguaciles en su busca y eso no es bueno para mi negocio”, pensó.

— Iros en paz que delante vuestra irá uno de mis hombres para que tengáis expedito el sendero.

No hubo más incidentes en el camino. Una vez asentados en las tierras donadas para la construcción del convento, comenzaron las tareas para desbrozar de matorral, arboleda y maleza el solar.

Un acontecimiento inesperado aguardaba a los cuatro frailes: dos jornadas después de llegar, tuvieron que buscar acomodo en una fosa al hermano portero ya que, al amanecer del segundo día, fue encontrado muerto entre las dos encinas donde dormía en tanto construían provisionalmente las celdas conventuales.

Una vez cumplido el deber de dar sepultura en tierra bendita al hermano difunto, comenzaron las tareas para adecuar el recinto que albergaría a la comunidad de frailes. Fueron talados algunos pinos que bordeaban el camino que discurría por delante de la parcela asignada a los religiosos y arrancados dos pedruscos que tenía el terreno. De los pinos cortados se consiguieron varias toscas vigas destinadas al caballete maestro del tejado de la capilla.

— Padre— anunció al prior el monje joven al que brillaba la tonsura en la coronilla—, por el camino se acerca un carro.

En efecto, se distinguía a lo lejos el polvo que levantaba un carromato según parecía tirado por dos mulos.

— Buenos días nos dé Dios— fue el saludo del carretero.

— Que Él te haga compañía— respondió el prior—. Somos una comunidad de monjes recién llegados y no conocemos a nadie por los alrededores.

— Y por lo que veo están construyendo en las tierras asignadas por el rey a la iglesia

— Así es, en efecto— confirmó el prior.

— Soy sirviente del marqués de la Dehesa y, si me lo permitís, daré la novedad a mi señor.

— Aquí estaremos para lo que se sirva mandar el señor marqués— acertó a responder el superior de la orden religiosa reducida a tres individuos.

Poco después del mediodía, una vez concluidos los rezos de la hora nona, la comunidad de frailes se disponía a retirarse a las celdas, ya que tenían por costumbre aislarse durante unas horas hasta la llegada de la cena poco antes de las completas.

— Padre— llamó al prior el lego que hacía las veces de portero—, por el camino se acercan dos carros con varios hombres

— Salgamos a ver qué necesitan— fue la respuesta del monje

Una vez llegaron los lugareños a la altura donde esperaban los religiosos el que parecía dirigir la cuadrilla dijo al prior.

— Nos manda el marqués para que transportemos los troncos al aserradero, que le den la forma adecuada y, una vez finalizado el trabajo del aserrador, los traigamos para utilizarlos en la construcción del monasterio.

El prior no salía de su asombro, no esperaba tal ayuda ya que no conocía al noble.

— Mañana, al amanecer, vendrá una cuadrilla de canteros para comenzar a levantar muros, es deseo del señor marqués que ustedes continúen con sus tareas religiosas— continuó informando el sirviente del noble— Los gastos de la construcción del convento correrán por cuenta del Marqués de la Dehesa.

Cuando cargaron los troncos en los carromatos, los monjes se retiraron a descansar en el solar que se convertiría en recinto monacal.

Las primeras claridades del nuevo día vinieron acompañadas por una legión de albañiles y de canteros.

— Soy Galindo el maestro de obras del Sr. Marqués— el que así hablaba dirigiéndose al prior era un hombre como de unos cuarenta años, desdentado y con la cabeza cubierta por un gorro que le resguardaba de las inclemencias del tiempo— Al mediodía, antes del toque de ángelus, deben estar aquí los dos arrieros que su Señoría ha enviado a la sierra a por una carga de piedras para que los canteros las preparen.

— Pero nosotros no tenemos dinero para pagar materiales tan caros— la cara del prior expresaba el desasosiego que sentía-, pensábamos hacer las paredes con adobe de barro y paja.

— El Sr. Marqués me ha dicho que los doblones saldrán de sus arcas, que no deben apurarse por pagar los materiales ni la mano de obra.

Pasado algún tiempo el monje comprendería las razones que empujaron al noble para correr con los gastos de la construcción del monasterio: el arzobispo de Sevilla se lo había impuesto como penitencia por sus constantes quebrantos del sexto mandamiento.

Mucho antes del rezo del ángelus aparecieron por el horizonte delimitado por el sendero, una larga hilera de mulos.

— ¡Ya vienen los arrieros! — gritó uno de los peones

La procesión de animales ceñidos con angarillas sobre las que se distinguían moles de piedra de granito, se acercaba al lugar donde los esperaban desde hacía varias horas, el grupo de canteros.

— Llevamos desde el alba esperando las piedras— protestó el maestro cantero— ¡A ver quién paga la soldada!

El maestro de los picapedreros se quejaba porque los artesanos cobraban el jornal por día de trabajo y cada hora que habían estado de brazos cruzados era dinero que salía de su bolsa sin que tuviera rendimiento, sino por el contrario, merma.

Antes de la caída de la tarde, llegaron dos carros cargados de tablones bien aserrados y pulidos:

— Con esos tableros tendremos suficiente para el esqueleto de los techos— comentó aliviado el maestro de obras.

El marqués había mandado a su carpintero que labrara varios troncos que tenía en sus almacenes ya curados y en condiciones de ser trabajados. Los troncos que habían llevado el día anterior quedaron en el lugar de los que fueron al aserradero en tanto se secaban y tomaban las adecuadas cualidades para la carpintería.

La mañana del siguiente día comenzó con una actividad frenética: los canteros se afanaban en que las aristas de las piedras llegadas la víspera tuvieran sus líneas rectas para ser engarzadas por los albañiles, los peones de los albañiles comenzaron a abrir las zanjas de los cimientos con todo el ardor del que eran capaces, el arquitecto del marqués llegó con los dibujos que había realizado a toda prisa para que sirvieran de guía al maestro de la cuadrilla de constructores y todas las faenas preparatorias necesarias estaban casi listas cuando el sol dejó el sitio en el firmamento a la luna.

— La luna del sur es maravillosa, limpia y transparente— pensaba el padre prior mientras contemplaba la noche recostado en el camastro que le servía de lecho-, parece que está mucho más cerca que en otros sitios.

El alba sorprendió al fraile sin tiempo, fuerzas, ni ganas para los rezos nocturnos. Tampoco los otros hermanos de la comunidad conventual daban muestras de haber pasado la noche en vela.

No había transcurrido ni un año cuando las obras se dieron por finalizadas. Las paredes fueron enlucidas con mortero de cal y blanqueadas ya que según dijo el maestro de obras al padre prior “esto no es Burgos, Monseñor y cuando aprieta el calor se agradece que las paredes estén cubiertas de cal”. Los monjes habían previsto la bendición del convento por el obispo y para la ceremonia invitaron al Marqués de la Dehesa, benefactor de la comunidad desde su aparición por las tierras rinconeras. El asombro del prior creció cuando a la mañana siguiente, poco después de amanecer, de la finalización de la obra llamó a las puertas un carretero

— Traigo esta yunta de bueyes, un verraco y dos cochinas de vientre, presentes que el Sr. Marqués hace a esta comunidad.

Lo que no sospechaba el prior que los obsequios y atenciones del Marqués tenían un precio: la absolución de sus múltiples culpas a cambio de estas penitencias. Como confesaría más tarde, arrodillado en el confesionario ante el padre prior, era padre de más de veinte hijos bastardos, fruto de sus desahogos con varias de las mujeres que tenía en sus tierras y cuyos maridos soportaban con resignación los adornos en las testas, a cambio de la protección y la seguridad de comida que le ofrecía el noble teniéndolos empleados, como si fueran esclavos, en sus dominios. Tampoco se recató de pedir misas y oraciones por el alma de su viuda al monje aprovechando la bendición del convento por el obispo.

Una vez finalizado el monasterio, se colocó un pedestal de tres escalones sobre el enterramiento, que quedó situado a una cuerda de la entrada, del fraile fallecido y fue coronado con la cruz doble traída desde tierras castellanas, del antiguo monasterio. El lugar, destinado posteriormente a cementerio de los monjes que fallecían en el convento, fue también santificado por las bendiciones obispales.

Para el monje responsable de la portería no estaba claro que la bruma que rodeaba el convento cada noche cuando el sol desaparecía del horizonte, fuera un fenómeno natural. Nunca había visto tanta niebla en Burgos, ni de forma tan continua coincidiendo con las noches de luna nueva. Tenía sospechas el religioso de que tras la niebla había algo, tal vez un ángel exterminador buscando al culpable del incendio del monasterio de Burgos para castigar el crimen como merecía el delincuente.

El tiempo, el progreso y la falta de vocaciones hicieron que el convento fuera abandonado por la comunidad y vendido por el obispado sobre el año mil ochocientos a un agricultor que lo destinó a cortijo, almacén de aperos y hogar del casero de la finca. Más tarde, ya entrado el siglo XX, fue reconvertido en factoría donde se manipulaba y empaquetaba fruta destinada a la exportación.

Siempre corrieron rumores entre los lugareños de sombras, apariciones nocturnas y voces que resonaban en los sótanos del cortijo conocido como La Cartuja.

Juan, propietario de dos hectáreas de melocotones frente al antiguo convento, una noche, mientras vigilaba para que no le robaran la fruta, pudo contemplar atónito cómo la cruz de doble brazo, la que estaba colocada sobre los tres escalones del pedestal que presidía el antiguo cementerio conventual, era arrancada, como si se tratase de una simple ramita seca de un árbol, por la mano de una figura oscura, vestida con hábito negro. El hombre llegó a contar más de cincuenta siluetas iguales que, con el que había arrancado la cruz al frente, iniciaron una procesión acompañando con cantos fúnebres sus lentos pasos.

Cuando los espectros se perdieron en el horizonte Juan se acercó, con temor y muchas cautelas, y pudo contemplar el pedestal despojado de la cruz de doble brazo.

Desde entonces, sin que nadie sepa su paradero, la cruz de hierro falta del lugar.