La democracia es una ‘Trump’a

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“La historia reciente de Europa nos indica que la democracia es capaz de elegir a dictadores. Que como sistema de elección y de gobierno no es el mejor, sino el menos malo.”

Donald Trump ha ganado las elecciones y se va a proclamar como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. América, cuna de la libertad y la esperanza, se ha acostado hoy con tristeza y ha despertado con miedo al resto del mundo.

Las declaraciones del magnate durante la larga campaña presidencial son difíciles de asimilar. Xenofobia, racismo y machismo mezclados en un cóctel explosivo en uno de los adalides del capitalismo. Pero lo ha elegido el pueblo americano. De hecho, lo ha elegido una gran parte del pueblo que él ha infravalorado y despreciado. Es este un hecho preocupante a la vez que desconcertante. ¿Cómo puede alguien elegir como líder a alguien que te humilla en cada una de sus declaraciones?

Expertos de todo el mundo intentan dar explicación a este hecho. Se busca por todos los medios encontrar la lógica a lo ilógico, fallando irremediablemente. Mujeres que votan a un hombre que públicamente ha expresado que las mujeres deben estar calladas. Latinos votando a un hombre que pretende construir un muro entre México y EEUU para separarse de un país lleno de, según sus propias palabras, delincuentes y ladrones. La situación carece, se mire por donde se mire, de sentido. Pero ha salido legalmente electo y la Ley debe cumplirse. El pueblo es soberano y su decisión es irrevocable. Yo me pregunto: ¿Es que la mayoría nunca se equivoca?

La historia reciente de Europa nos indica que la democracia es capaz de elegir a dictadores. Que como sistema de elección y de gobierno no es el mejor, sino el menos malo. Y eso no debería permitirse. Defiendo a ultranza la democracia y el sufragio universal pero le pongo condiciones. La Democracia tal y como la conocemos tenía sentido en la antigua Grecia, donde sólo votaba una pequeña parte de la población, que participaba activamente en la vida política de su polis. La democracia actual difiere mucho de la antigua y, sin embargo, no le hemos exigido renovarse. El ciudadano debería ser parte activa de la vida política, interesándose, exigiendo derechos y cumpliendo sus deberes; y no limitarse a rellenar una papeleta cada cierto tiempo.

Hace mucho tiempo que un buen amigo mío me expresó su opinión acerca de que cualquiera pueda tener derecho al voto. Me decía que tal y como se exige un carnet de conducir, ya que conlleva un peligro para el resto conducir sin saber hacerlo, también debería tenerse un carnet de votante. Que al igual que nadie contrataría a un abogado para construir su casa o a un arquitecto para defenderle en un juicio, nadie debería votar sin saber. Tengo que reconocer que me reí cuando me lo dijo y le dejé caer que los tiranos y los absolutistas tampoco dejaban votar a todos, por no decir, que no dejaban votar a nadie. Hoy al despertar, después de madurar la idea durante años, he vuelto a recordar sus palabras. El problema es que, como cada vez que he hecho frente a esta cuestión, no he sabido encontrar la forma idónea de permitir que alguien consiga o no este hipotético carnet. ¿Debería hacerse un examen de conocimientos políticos, éticos y técnicos? ¿Qué organismo se encargaría de elaborar dicha prueba? ¿Podría dicho tribunal ser imparcial?

Creo que jamás encontraré la solución a estas preguntas. Sé, al menos, donde está el problema. Y es un gran paso, puesto que todos los procesos de curación empiezan por encontrar o reconocer la enfermedad. Ojalá alguien pueda sanar a la Democracia y no vayamos dándole cuidados paliativos hasta ver como se nos muere en los brazos.