Una cuestión de dignidad II: La falsa construcción del enemigo

El desesperado intento por desmantelar el fruto de la inercia histórica no solo se opone al natural progreso de las sociedades, sino a nuestra propia naturaleza como individuos

721

Viene de: Una cuestión de dignidad I: El ideal imperialista.

Con el curso de la historia, parece que un nuevo sistema de gobierno, originado a raíz de nefastas experiencias previas, se va imponiendo en occidente. Hablamos del intento de fundar una civilización apartando la rémora que suponía la moral judeocristiana y su consiguiente conducción al colapso social. Nos referimos aquí al proceso revolucionario surgido en Francia en el siglo XIX, que promovió, ahora sí, una concepción social que casa en mayor medida con nuestra propia naturaleza: un modelo organizativo en el que a través de normas originadas por el acuerdo común y del respeto al imperio de la ley no se establezcan cortapisas a la libertad individual y en el que se establezca un marco óptimo para la consecución de un libre y genuino proyecto de autorrealización.

Si bien es cierto que la Revolución Francesa estuvo comandada en primer término por los jacobinos -en dura pugna con los girondinos (más templados y de interpretación más laxa de los preceptos revolucionarios)- que impusieron su ley a golpe de guillotina, no es menos cierto que por fin, el nuevo modelo organizativo de la sociedad ancla sus raíces filosóficas en una concepción racionalista de la realidad natural, que conduce al respeto y no injerencia en la propiedad privada y, sobre todo, al desmembramiento de la idea del poder divino instalado por la gracia de Dios.

Por ende, el proceso evolutivo de los sistemas sociales parece instalar un nuevo germen que acaba cristalizando años más tarde en el sistema imperante en la actualidad: el modelo de Democracia Liberal. El desesperado intento por desmantelar el fruto de la inercia histórica no solo se opone al natural progreso de las sociedades, sino a nuestra propia naturaleza como individuos.

La falsa construcción del “enemigo”

El hecho de que se imponga un nuevo modelo de sociedad no implica que ciertas ideas fuertemente instaladas en el inconsciente colectivo no supongan un lastre para que este modelo no se acabe aplicando en puridad. La historia nos demuestra que los grandes cambios y avances en la estructura social tardan siglos en asentarse. La conciencia que promueven las ideas liberales, estas son básicamente la libertad individual, la responsabilidad de los actos y decisiones vitales y la privatización de pérdidas y ganancias, no ha sufrido el arraigo previsto. Es más, parece que existe una distorsión efectiva entre el modelo imperante y el pensamiento de ese inconsciente colectivo del que hablaba Jung, que se manifiesta en la defensa de que lo público debe intervenir para corregir las asimetrías producidas por la libre interacción de individuos y, sobre todo, visible en el arquetipo de individuo estatalizado, maniatado en su libertad y sujeto a que sea un ingeniero social el que decida sobre sus decisiones, que exima de su responsabilidad cuando el efecto de ésta es negativo o que grave su fecunda riqueza cuando sus decisiones vitales lo han conducido al éxito.

Este modelo de reparto social está sujeto a las necesidades que un ingeniero social estime convenientes, es decir, es un individuo investido de legitimidad popular el que decide cómo y cuándo deben ser asignados los recursos. La gestión de ese individuo, el político, suele ser ineficiente y precaria, pues además de no tener los conocimientos suficientes para justipreciar qué necesita y qué debe ser gravado en cada individuo, su propia -y nuestra propia- naturaleza le conduce a la corrupción y a la mala praxis.

De esta injerencia en la esfera personal del individuo y de su mala gestión de lo público se deduce la construcción del falso “enemigo”. Los propulsores del igualitarismo parecen encontrar al culpable de nuestro precario estado al modelo liberal, que más allá de no aplicarse, se ve truncado por los designios de una élite extractiva y burocrática, generadora de redes clientelares, que coarta y reprime las verdaderas necesidades del individuo: vivir en libertad.

La mala gestión del burócrata es normalmente confundida con una falsa atribución de vileza al modelo mismo, y esta asociación espuria produce la troquelación de ese falso “enemigo” que conspira para apropiarse de los bienes ajenos y postergar una insalvable situación de desigualdad.