La Gran Coalición

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Angela Merkel durante la CDU Wahlkampf Heidelberg en la Universitätsplatz Heidelberg, Heidelberg, Baden-Württemberg, Alemania el 2017-09-05, Foto: Sven Mandel

“En ocasiones veo cosas” que decía la niña poseída de la película de terror. Eso nos ocurre a muchos: que en ocasiones escuchamos cosas… (añadiremos: que nos dejan fuera de juego). Nos referimos al posible acuerdo de coalición entre la UDC (el partido de la Sra. Mérkel) y el SPD (el del Sr. Schulz). Posiblemente los grandes y sesudos maestros de la analítica política, aplaudirán la componenda; bueno ellos la definirán como gran medida de líderes visionarios de estado. Lo lamentamos, pero seguimos pensando que es un conchabeo y un amaño de trileros de la política que lo único que pretenden es seguir sentados en las poltronas a costa de los ciudadanos, y lo que es peor: engañando a la ciudadanía. Recuerda mucho esto de la Gran Colación al título de una película genial de Charles Chaplin: El Gran Dictador, quizás por el origen germano que comparten ambas.

¿Alguien se ha parado a pensar en cuáles son los fundamentos, las razones de la existencia de los dos grandes partidos alemanes? Bueno, pues eso: que no sólo son distintos, sino que son adversarios; es decir, que pretenden y proponen dos tipos totalmente opuestos de sociedad, de cultura y por tanto, de objetivos sociales y económicos. ¿Cómo se puede digerir que se puedan sentar a la misma mesa para tomar decisiones, planificar la economía, adoptar medidas, etc. que afectan a todo el país? Porque las resoluciones que adopte ese hipotético gobierno de “coalición” deben ir en una dirección y si las direcciones que entiende cada uno son distintas no cabe más que la cesión, la renuncia o la dejación de principios por una de las dos formaciones políticas “coaligadas”. ¡No cabe otra! Una coalición de ese tipo sólo se puede entender en caso de extrema gravedad para un país, en casos de grandes crisis, pero nunca para evitar nuevas elecciones. No se entiende que dos formaciones políticas que tienen ideas radicalmente opuestas (o debieran tenerlas) se junten, se “arrebujen” o se amanceben para gestionar un país. Deben ser los ciudadanos los que se pronuncien, para bien o para mal, pero los políticos, por muy próceres que ellos se consideren, no tienen derecho a dar una patada a lo que han votado los soberanos de la democracia: la ciudadanía.

Cuando los ciudadanos decimos, un tanto hartos de las componendas y del muestrario de trucos, que “son todos iguales”, los líderes políticos, y los menos líderes, montan en cólera y nos acusan de tener miras estrechas, de no pensar en el bien del país… los argumentos (no es lo mismo que argucias aunque coinciden en la raíz del mal) de la clase política son variados, heterogéneos y acordes con los intereses superiores (que no son precisamente los intereses de los ciudadanos). Pero los ciudadanos, cabezonamente, siguen llegando a una conclusión unánime: ¡SON TODOS IGUALES! ¿Se entiende el cada vez mayor grado de abstención en las elecciones?

Para algunos quizás la solución pase por encomendarse a todos los santos habidos, por haber, reales o inventados y ponerle un par de velas. Para otros pasará por votar en blanco, abstenerse o ciscarse en los ancestros de los “grandes hombres”. De cualquier forma, esperemos que esto no suceda en nuestro país, aunque ya se ven cosas tales como apoyar Presupuestos Generales del Estado que consolidan, como si hiciera falta, los privilegios de los que de verdad mandan pisoteando los anhelados derechos del pueblo, esos que nunca llegan y que llenan los vacíos discursos de la “casta”. Lo peor del caso es que esa “casta” sigue teniendo mucha clac que aplaude con entusiasmo.

No sería un tema novedoso que se proponga una GRAN COALICIÓN en nuestro país: fue ya planteado por uno de los “santones”, un personaje de gran influencia mediática (y de la otra) y sobre lo que en su momento nos pronunciamos. A muchos se nos puso la piel de gallina. Y se nos sigue poniendo.