La lluvia, molesta compañera

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El color oscuro, casi negro, de las nubes no presagiaba precisamente una noche tranquila, que es lo que él necesitaba. Es más, estaba seguro que tras los visillos del balcón, amparados en la oscuridad de la noche, unos ojos miraban con ansiedad esperando su llegada. Por eso, lo que menos necesitaba era la molesta compañía de la lluvia.

Como cada vez que salía de noche, siempre de forma clandestina, hizo su habitual peregrinación por las habitaciones: todos dormían ajenos a su proyecto de excursión que ocupaba su mente desde poco después del almuerzo. Para estar más seguro se acercó a Marga que, a juzgar por el sonido, transitaba en brazos de Morfeo por el jardín de los sueños dorados. De puntillas recorrió el breve trecho entre la salida de la habitación de matrimonio y el pasillo, y se encaminó, sin dudarlo pero con la máxima cautela, hacia la salida. Estaba a sólo dos pasos de poder gozar la libertad durante unas horas al menos, cuando alguien estornudó. Rápidamente se escondió tras el sillón de la salita

—¡Si me pillan ahora, me hundo!—pensó mientras aguantaba la respiración

Pasaron unos minutos y, al no escuchar ningún sonido que alterara la quietud de la casa, se acercó de nuevo a la habitación: por suerte Marga volvía a roncar, suavemente pero de forma acompasada. Se dirigió a la salida y abrió lentamente, sin hacer ruido. Luego se deslizó con sigilo, gatunamente, hasta notar en su rostro el relente de la noche. Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle con diligencia y se encaminó, con toda la celeridad que pudo pero sin volver la vista, hasta llegar a la esquina de su calle, torció la esquina y respiró tranquilo

—Creo que de momento estoy libre de peligro, otra cosa será volver—reflexionó disfrutando del panorama estrellado que se extendía ante a su mirada.

Ahora se le presentaba un problema: ir a explorar nuevos territorios y hacer honor a su fama de conquistador impenitente o volver a visitar a su última conquista. Una luz roja se encendió en su cerebro: si volvía a recorrer el camino de la dama de los ojos rasgados y piel suave que lo transportaron al paraíso, corría el riesgo de enamorarse y quedar prisionero de aquellos brazos. La solución al dilema dependía sólo de su voluntad, al menos eso le susurró al oído la dama en la despedida la noche anterior. Si por el contrario optaba por buscar nuevos horizontes, la aventura estaba asegurada y con ella, el subidón de adrenalina. Algo le dijo que el camino que le llevaría a la dama de los dulces suspiros, su conquista más reciente, era el más acertado, aunque conllevara el riesgo de enamorarse y amarrarse

—Eso no ocurrirá nunca—se juró, y volvió a jurar tres veces.

No era tanta la distancia entre su casa y el de su última amante. Atravesó el parque infantil evitando los columpios, no fuera a ser que un repentino e inesperado soplo de viento los moviera y pudiera darle un doloroso golpe columpial, “que toda prudencia es poca”, se dijo. Salió a la otra calle, atravesó no sin antes mirar por si algún conductor borracho volvía con las luces apagadas, y al llegar al final, pudo ver cómo el campo se hacía presente bañado de plata por la luna que asomaba entre las amenazantes nubes. A sus espaldas quedaba la hilera de casas, las últimas casas del pueblo. Miró al balcón y… !aleluya!, la hoja derecha del ventanal estaba abierta.

— No hay duda: ¡me está esperando! Tendré que escalar como anoche—decidió mientras se relamía ante la perspectiva del premio que le esperaba tras los cristales.

En aquel momento un relámpago lo iluminó todo como si fuera pleno día. Tuvo que cerrar los ojos porque la luz lo dejó cegado por un momento. “Ahora viene el trueno”, pensó. No le gustaba la lluvia, entre otras cosas, porque eso de mojarse era una molestia, “un incordio que lo único que hace es dejarme helado”; pero cuando tronaba palidecía, aunque si estaba delante de una dama, disimulaba como si no le diera miedo. En realidad un trueno lo descomponía. Recordaba la noche en que una tremenda tormenta lo cogió en plena sierra de vuelta a casa, tras una excursión algo más larga de lo habitual, y los truenos lo estuvieron zarandeando y haciendo temblar durante varias horas. Cuando llegó a su casa tuvo la suerte de que, al ser festivo, todos dormían, Marga incluida; su ausencia nocturna y su aventura, no las notaron nadie.

—Pero no siempre la suerte va a estar de mi parte—trató de acelerar el paso para situarse en la vertical del balcón que le prometía la entrada al paraíso de la mano de la dama que lo esperaba, o al menos suponía que era a él a quién esperaba.

Una rápida mirada, como si algo instintivo le hubiera dado la alarma, le hizo descubrir que no estaba sólo en la calle, que no era el único que rondaba el balcón esperando que el rostro de la pretendida apareciera, animándolo para que le echara valor y escalara hasta el balcón que abría el jardín de las delicias, el de los momentos sublimes.
No se detuvo a pensarlo: como un poseso se lanzó en busca del intruso:

—¡¡¡¿Como te atreves a invadir mi territorio?!!! gritó sin que le importara que el escándalo despertase a todo el mundo y con ello diera al traste con sus pretensiones de conquista.

Se había convertido en un donjuán desafiado: Retó a duelo, no con espada y daga, sino a mamporros, bocados y patadas, como buenamente pudiera hasta doblegar al adversario. “En el amor y en la guerra, todo vale” recordaba que le dijo en cierta ocasión su padre cuando hablaron del tema. No hizo falta que se emplease a fondo, tan sólo una veloz carrera, y por supuesto la expresión de furia de la que hizo alarde, puso en fuga al desvergonzado invasor de su propiedad:

—¡Aquí son mis cojones los que imperan!— gritó al desalmado ya puesto en fuga—,¡que te quede claro: como vuelvas por aquí, llegarás a tu casa con los pies por delante!

Siempre se le había dado bien la bravuconería y mostrarse desafiante, por ello la fama de pendenciero, camorrista y matón de barrio de la que gozaba. En el fondo no era más que un fanfarrón que había tenido la suerte, al menos hasta el momento, de no topar con otro igual que él.

—¡Tengo que dejar muy claro quién es el dueño del territorio!— se reafirmó a sí mismo armándose de un valor del que en realidad carecía.

De forma instintiva, volvió su mirada hacia el balcón. Vió, o al menos le pareció ver, unos ojos a través de los visillos: era la señal que esperaba

—Esta noche es mi noche de suerte—se armó de valor y, con cautela, se fue acercando a la casa.

No estaba muy seguro de que fuera su dama la que miraba desde el balcón, también podía ser alguien que se había despertado con el escándalo que había originado. De todas formas, se arriesgó. “Tener otra vez entre mis brazos a tan dulce fémina, merece correr los mayores peligros”, le acababa de salir su vena de donjuán empedernido. Situándose en la vertical del balcón y, repitiendo las maniobras de la noche anterior, se encaramó primero sujetándose a las rejas de la ventana de la planta baja, y luego a la barra de la base del balcón. A punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo al resbalar cuando subió al balcón, la reja estaba mojada por la lluvia caída y perdió pié, menos mal que se pudo sujetar con fuerza a un barrote y recompuso con un movimiento de habilidad su posición salvando el peligro. Un salto limpio y !!!ops!!!, ya estaba dentro de la habitación en la que el tenue reflejo de la luz de la calle apenas daba para adivinar los perfiles del mobiliario.

Un tropezón le hizo tambalearse, impidiendo unos brazos que diera con sus huesos en el suelo. Antes de mirar adivinó a quién pertenecían aquellos brazos

—No se puede tener mejor recibimiento—su voz suave pretendía ejercer el efecto de hechizo que embrujara a su damisela—. Tus brazos son la puerta que me abre el paraíso—remató el galanteo.

Notó como la respiración de su amada se alteraba y, aprovechando la cercanía, la besó suave pero de forma apasionada a la vez. No opuso resistencia la dama cuando la tomo entre sus brazos, todo lo contrario: “Está muy enamorado de mí, de otra forma no correría tantos riesgos”, pensó embelesada y embriagada por las caricias del macho que salía poco a poco a la superficie.

—Vamos a otro sitio para no despertar a los demás—susurró la enamorada al oído de su galán

Fue tras ella pensando que no debía comprometerla a la vez que “así no tengo obligaciones que afrontar”, se dijo. Siguieron momentos de pasión, de palabras inconexas, suspiros, medios llantos y cuerpos que se apretaban como si en ello les fuera la vida, como si el tiempo se estuviera muriendo entre los dos cuerpos que temblaban y flotaban en nubes incoloras, inmateriales, con la suavidad del más fino algodón. Ninguno de los dos era consciente de que el tiempo pasaba, todo se detenía en el marco estrecho, ajustado, de las cuatro paredes donde se encontraban.

Un trueno que pareció desgarrar el firmamento, lo despertó y le recordó que debía volver. Su amada, no había tenido tiempo de preguntarle cómo se llamaba, dormía plácidamente, por lo que se ahorraba despedidas tristes, largas y románticas: él era un conquistador y no tenía tiempo para florituras. Esa noche buscaría otros brazos en los que perderse. Salió, bajó por donde había subido y, con suma precaución por no mojarse, volvió sobre sus pasos.

Al cruzar la calle le sorprendieron unos ojos que brillaban en la oscuridad: aquél maldito chucho le tenía cogida las vueltas y lo esperaba cada día, cuando regresaba de sus correrías. ¡Y lo peor de todo es que le tenía pánico! Todavía recordaba cuando, siendo un imberbe, volvía de su primera excursión amorosa nocturna: casi le alcanza. Menos mal que consiguió burlarlo gracias a su endiablada velocidad y a que el perro estaba un tanto fondón.

—De todas formas me llevé una buena tarascada en la pierna derecha— Recordó que su  madre lo curó y le advirtió que salir de noche era muy peligroso, tanto, que le hizo prometer que no volvería a salir.
—Por supuesto que no cumplí la promesa—sonrió con nostalgia recordando a su madre.

Afortunadamente, todo estaba en silencio cuando llegó a su casa. Era domingo y los domingos el sueño se prolongaba mucho más de lo habitual. Entró con todo el cuidado del mundo, sin hacer el más mínimo ruido y se dirigió directamente a su cama con el tiempo justo para que Marga se levantara para ir al baño. Al volver su marido la esperaba ya despierto

—Creo que no castraremos al gato, es un gato muy tranquilo y no sale nunca de casa.
—Como mejor te parezca—replicó Juan, su marido—. De todas formas no me gusta la idea de hacer daño a los animales. Y el pobre gato está muy contento con sus “cotiledones”—finalizó con una sonora risa que compartió Marga.

—“¡¡¡Ufff, de la que me he librado!!!”—suspiró aliviado el conquistador mirando su entrepierna ya que temía que la pérdida de sus atributos, le impidiera seguir siendo el donjuán de la urbe.