«Cine, una obra que domina tan bien los códigos teatrales que es capaz de transgredirlos»

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Andalucía al Día, La tristura cine

En España no hemos restañado las heridas de nuestra Historia más reciente. La Ley de memoria histórica apenas funciona; los políticos que dificultan su andadura aducen que es mejor dejar las cosas como están, esto es, olvidarse de los muertos, que recuperarlos y homenajearlos. Lo mismo ocurre con todos los niños desaparecidos, robados, durante el régimen de Franco y en los primeros años de democracia, cuando los vencedores de la contienda aún se creían impunes, robos que ascendían según la obra Cine de la compañía La Tristura a unos 300.000. Mi madre me ha contado multitud de veces el miedo que tuvo de que me robaran cuando yo nací. Y esto me ha hecho siempre pensar que los robos fueron un problema social del que ya nadie habla y que ese problema, esa tragedia, le podía ocurrir a cualquiera de nosotros.

Es muy valiente por parte de Itsaso Arana y Celso Giménez, los creadores y escritores de esta obra, arriesgarse con este producto tan profundamente hermoso. Queda claro que la suya es una apuesta por denunciar lo que ya nadie denuncia, por interesarse en lo que los demás han abandonado al olvido. Existe un compromiso tan sólido que han optado por explicarnos una historia real, y para que el compromiso sea aún mayor esa historia es la de Pablo, el actor protagonista.

Lo primero que nos sorprende es que nos encontramos frente a un escenario que materializa la cuarta pared, convertida en una membrana transparente que nos recuerda una bolsa umbilical, y que nos impide penetrar del todo en esas escenas de la vida cotidiana de la que somos testigos, desdibujadas como lo haría Hopper con cualquiera de sus cuadros. Por lo tanto esa cuarta pared es una apuesta estética y un concepto en sí mismo. Sirve además para proyectar letreros (a modo de pantalla de cine), que la atraviesan y se cuelan en la escena; o para contener sin éxito cientos de fragmentos de luz que dan vueltas en escena igual que una galaxia centrifugando. La belleza escénica es tanta que emociona hasta las lágrimas.

Pero no solo esa mampara traslúcida nos recuerda al cine. Los diálogos no son teatrales, pues a menudo prescinden del conflicto; son en muchas ocasiones diálogos cinematográficos que, sin embargo, funcionan perfectamente, pues nos ponen en situación y derrochan hondura, madurez y hermosura, lo cual nos mantiene todo el tiempo interesados en los personajes y en lo que ocurre. Además la compañía ha ido nuevamente más allá de los códigos teatrales y pide al espectador que utilice auriculares para seguir la obra completa. Consigue así el efecto de que los actores, con sus voces preciosas y bien trabajadas, nos susurran al oído, lo mismo que si estuviéramos viendo una película. Y lo mismo que en las películas, las interpretaciones son naturalistas, como si realmente se tratara de escenas extraídas de la vida cotidiana. El trabajo interpretativo de Itsaso Arana, Fernanda Orazi y Pablo Und Destruktion es de una delicadeza embriagadora y una naturalidad tan grande como la de los niños que surgen en el escenario, niños inocentes, ocasionalmente inquietantes, que aparecen casi siempre sin adultos, abandonados, robados quizá.

Cine, de la compañía La Tristura, es en definitiva una obra que domina tan bien los códigos teatrales que es capaz de transgredirlos. Todos los elementos, desde la música a la iluminación y los ya mencionados, tienen conciencia de pertenecer a una maquinaria superior y ponerse al servicio de ella, para que continente y contenido se ensamblen perfectamente y nos hagan disfrutar durante una hora y media en la que el espectador es capaz de soñar con los ojos abiertos.