La puerta de salida del Ikea es muy difícil de encontrar

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Fachada de Ikea. Europa Press.

La puerta de entrada del Ikea es sencilla y visible. Yo entré muy joven porque, francamente, todo era sencillísimo. Además, después de mí entraron otros amigos y nos fuimos adecuando al mobiliario. Nos escondíamos -nos escondemos todavía- por la noche para que no nos encontraran y poco a poco hemos ido haciendo un hogar. Los guardias de seguridad, eso sí, se creían hasta hace poco que éramos visitantes comunes, por aquí pasa tanta gente…

La puerta de salida del Ikea es muy difícil de encontrar

Los guardias de seguridad sólo se fijan en ti si llamas mucho la atención. Si te haces el remolón, si pasas desapercibido entre la gente que viene y que va, no deberías tener ningún problema. Durante un tiempo, yo, personalmente, me dedicaba a hacer como que estaba buscando un armario. Uno de mis amigos hacía como que buscaba una cama, probaba una, probaba otra, “esta es que no es bisiscolástica“, decía… Hubo quien buscaba fregaderos, cenefas, cosas no tan necesarias, pero que, al fin y al cabo, nos valían para quedarnos.

Más de una vez nos preguntamos, ya de noche, con el Ikea vacío, si deberíamos irnos. Uno de mis amigos dio en el clavo: ¿Ir? ¿A dónde? Aquel silencio hizo que incluso las mantas (aún no he aprendido a pronunciar el nombre del modelo) se tensaran. ¿A dónde voy yo si salgo de aquí? Si uno ve un poco las noticias (durante un tiempo estuve haciendo como que buscaba una televisión) se da cuenta de que en otros sitios esto también se hace, tanto lo de irse como lo de quedarse, pero ninguno lleva los veinticinco años que llevo yo aquí.

Los guardias de seguridad

Veinticinco años por aquí, quién lo diría. Cuando entré era una solución sencilla, ahora las cosas se ven de otra manera. Ahora que casi estoy peinando canas (menos mal que aquí, si se busca bien, también hay tintes), los guardias de seguridad han empezado a sospechar. Me dijeron el otro día -mientras hacía como que buscaba una mesa de escritorio-, que si no encontraba algo, igual alguien de la plantilla podía ayudarme. Luego me preguntó el nombre, se lo dije. ¿Qué iba a hacer? Y desde que se saben mi nombre veo más cerca el final.

El pasado domingo dos de diciembre, dos guardias, a la hora de cierre, me dijeron que si sabía dónde estaba la puerta de salida. Que si no sabía, ellos me ayudaban a encontrarla. Jamás pensé que tendría que plantearme en serio dónde está la dichosa puerta. La noche en que mi amigo se preguntó “¿a dónde?” yo le dije que pasaría mucho tiempo hasta que los guardias de seguridad se enteraran de que estábamos viviendo allí, que no había que preocuparse. Qué vueltas da la vida, todo va bien y, de repente, alguien se aprende tu nombre.

Creo que sé donde está la puerta, pero no me quiero ir. Después de tanto tiempo, sé demasiadas cosas de este sitio como para no tener opción de quedarme aunque sea de mascota. Todo está permitido para quien no tiene un sitio donde estar. Y si no lo está, haremos como si tal cosa. Me quedaré el tiempo que pueda.