La Vox de Lezo

Por Gonzalo J. Herreros

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Cuando todavía el regusto de la propuesta de cambiar el día de Andalucía a la fecha de la Toma de Granada se diluía en nuestros paladares con sabor a moho, cual aceite de ricino, los de la uve verde nos sorprenden con otra ocurrencia que, más allá de una reivindicación que pudiera ser interesante, viene tan embadurnada de caverna caralsoliana y taconazo rancio que vuelve a subrayar la (poca) altura de la cabeza pensante que hay detrás. Nadie podrá negar que Blas de Lezo es un importante icono de la época colonial española y uno de nuestros más diestros marinos, tanto que desde el siglo XIX la armada española siempre tiene un navío con su nombre en nuestra flota. Con esto último se comprueba que se le ha hecho buena justicia a este almirante guipuzcoano sin que ningún pío nostálgico tenga que venir a enmendar la plana a nadie. Hasta un productor ha tenido que salir al paso y revelar que llevan meses trabajando en una serie en torno a este lobo de mar español para demostrar que la idea no era ni siquiera novedosa.

El problema, pues, no viene de discutir que tan alto militar se merezca la atención de la creación artística, sino porque pudiendo haber nombrado a tantos españoles carentes de una película biográfica con la que atraer supuestamente al público y con ello hacer más patria y fortalecer el séptimo arte, sólo eligieron uno, y solo eligieron ese. Me explico: Aunque en el contexto histórico correspondiente a la mentalidad del siglo XVIII Blas de Lezo y Olavarrieta fue un héroe, un icono imperial, como en su tiempo y forma lo fueron El Cid o el Gran Capitán, lo cierto es que a estas alturas de la película de la humanidad Lezo no deja de ser un ejemplo más de conquista, de guerra, de supremacismo, de identidad por antagonismo, de división y enfrentamiento, al fin y al cabo.

Porque los de la uve verde podrían haber propuesto, sin salir del acervo de Andalucía ya que los Goya eran en Sevilla, un largometraje sobre Séneca, el romano bético que llevó a la cumbre el pensamiento de su tiempo, o sobre Isidoro de Sevilla, o Maimónides o Averroes, cuyas procelosas vidas darían a buen seguro para una trilogía a todo un Peter Jackson.

Podrían haber propuesto un filme que narrara una de las mayores hazañas recordadas en Occidente, la huida del príncipe Abderramán de Damasco hasta Córdoba para convertirse en primer emir de Al-Andalus, o la de su descendiente Abderramán III en la sinigual ciudad de Medina Azahara, porque si Hollywood tuviera a los Omeyas en su historia nacional venderían a la dinastía Kennedy por un plato de lentejas. O cómo Ziryab, Ibn Hazm, Ibn Zaydun o Ibn Firnas forjaron en nuestra tierra el mayor faro de sabiduría hasta entonces conocido y el primer Renacimiento europeo. Seguro que Baños, Iglesias o Velázquez con su maestría pugnarían por ponerles música a todas esas historias.

Pero por si estos últimos personajes les parecen demasiado infieles como para encarnar los valores de la España bajo palio, podrían haber propuesto una película sobre cómo Antonio de Nebrija construyó las bases de nuestra lengua castellana, cómo Lope de Rueda creó la forma del teatro moderno, cómo Velázquez revolucionó la pintura del XVII, a la par que Martínez Montañés la escultura, o cómo Góngora mezcló lo religioso y lo mitológico para escribir la mejor poesía española de todos los tiempos. O cómo Vandelvira construyó la imagen del Jaén renacentista, misma época en la que vivieron Francisco de Guerrero y Cristóbal de Morales para componer la más elevada polifonía de nuestra tierra junto a Victoria, legado que siglos más tarde tomará Falla escribiendo para piano o para orquesta la más sublime versión contemporánea del sur de España. Pero no.

Sin salir del contexto imperial que tanto parece gustarles, podrían haber propuesto al Inca Garcilaso, emblema del mestizaje entre dos mundos, o narrar las hazañas del virrey andaluz Caballero y Góngora y el enorme avance cultural y científico que fomentó en América, o realizar una serie sobre la Cádiz que miró de frente a la libertad y redactó la Pepa en 1812 mientras se deshacía la España de los dos hemisferios. Podrían haber elegido al atormentado Bécquer dando a luz al Romanticismo, a la incansable Mariana Pineda y su trágica defensa del liberalismo, o quien con más gusto teatralizó su vida, el no menos trágico García Lorca. Podrían haber propuesto rodar sobre los Machado, María Zambrano, Picasso, Victoria Kent, Alberti, Julio Romero o incluso sobre Camarón. Pero no.

Todos ellos fueron protagonistas de las luces y sombras de nuestro pasado más remoto o más reciente, con vidas que sin inventar ni una escena están plagadas de todo lo que un argumento atractivo y deleitante necesita para dejar al público pegado al asiento. Y todos eran idóneos porque sus biografías están carentes de una gran producción cinematográfica que haga justicia a su legado a la vez que pudieran multiplicar las recaudaciones de taquilla. La lista de personajes sin subir de Despeñaperros es fascinante y casi inagotable. Pero no.

Frente a decenas y decenas de hombres y mujeres de nuestro entorno geográfico más cercano que han construido Andalucía y España durante siglos no desde la frontera sino desde la riqueza, no desde la división sino desde la creación y el genio, los de la uve verde prefirieron proponer a un militar borbónico que derrotó a pueblos y naciones que siguen existiendo. Tenían poco espacio para ofrecer alguna idea para un biopic en aquel despechado tweet y optaron por una propuesta de resabio carlista tradicionalista que nos aleja del resto de la humanidad y nos retrasa a tiempos oscuros. Y con ello retratan a las claras la España que ellos tienen en mente. Jamás se podrá dudar de la importancia de Blas de Lezo en la historia de nuestro país, pero con esa preferencia frente a las infinitas posibilidades que había, sus ideólogos demuestran que para ellos el más elevado significado del orgullo nacional es el que basa la grandeza en “nosotros contra otros”, el patriotismo de vencedores y vencidos, de la nación entendida como gloria en las victorias militares y la expansión territorial del imperio, despreciando así quienes hicieron España desde la cultura, el arte, la música, el pensamiento, la literatura, la defensa de los valores o incluso, si se quiere, desde la mera vivencia de aventuras fabulosas sin más connotación.

Por ello, en esa miope propuesta yo no veo el reflejo de nuestra patria, no al menos la que yo prefiero ni de la que, modestamente creo, hablarán las culturas venideras cuando ya no estemos en este valle de lágrimas. Quien en la España del siglo XXI quiera vindicar la necesidad de llevar a la gran pantalla a un personaje histórico español para engrandecer nuestra conciencia patriótica y elija un almirante dieciochesco es que no se ha enterado de nada de lo que fuimos, ni de lo que somos, ni de lo que seguiremos siendo. Allá ellos con su pobre nación.