Las noches de mi palacio

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Cada día es más difícil poder disfrutar de la soledad y del silencio. Porque, aunque muchos no lo crean, algunos somos amantes de la soledad. No de la soledad perpetua, casi un infierno, sino de la soledad necesaria para conocerse a sí mismo, para reflexionar sobre lo que nos rodea y aumentar la capacidad de asombrarse ante la belleza, aún a riesgo de que el corazón se quede casi cataléptico.

La intimidad, y sobre todo su disfrute, es un bien que pocos sabemos apreciar.

¡Perdón, no me he presentado!, ¿cómo es posible que haya sido tan descortés? Mi nombre es Abu l-Qasim al-Mu‘tamid ‘alà Allah Muhammad ibn ‘Abbad, Al’Mutamid para los amigos, para ti que lees estas líneas. Fui, según dicen, un rey muy importante, pero los que afirman tal cosa se equivocan: fui simplemente un enamorado de mi palacio, de lo que hoy conocéis como los Reales Alcázares. Tan enamorado estaba de mi Alcázar que le componía poemas a mi esposa, Rumaikiyya, a la que yo llamaba Itimad, gracias a la inspiración de mi palacio. Y era cierto, muy cierto, que amaba a mi Itimad, la mujer con la que respiraba, con la que miraba por sus ojos… pero el Alcázar me tenía hechizado, embrujado y poseído.

El Alcázar, mi palacio, era mi vida. Mi mayor castigo no fue como dicen, el destierro por haber perdido el trono. No poder respirar el aire de mi palacio era morir lentamente; no escuchar el ecos de mis pasos recorriendo sus pasillos durante las noches de luna llena, era sufrir el vacío más absoluto. La vida estaba falta de vida sin mi palacio.

Ahora que puedo disfrutar mi libertad, que puedo traspasar puertas por muy gruesas que sean sus maderas, filtrarme por las rendijas de las coloridas ventanas y pasear por los jardines de mi Palacio sin que me moleste la guardia del usurpador de mi trono, me había acostumbrado a visitar mi palacio por las noches, deambular por sus estancias, subir las majestuosas escaleras y recordar las noches de amor en las alcobas de mi harén. Porque el amor en mi palacio, era otra dimensión en la que se amaba por encima del tiempo, sin importar las sombras ni los claroscuros de los amaneceres; había espacio para la nostalgia y para rememorar poemas compuestos bajo los naranjos. Me había acostumbrado a la luz de las noches de mi Alcázar.

Pero ahora, me sobresalto cuando, al entrar en el Patio de las Doncellas, veo luces extrañas que pretenden que parezca de día, cuando en realidad la noche acaricia sus piedras sin necesidad de tanta luz que, además de herir el alma de esas piedras, deslumbra y asusta la intimidad. La penumbra es parte de la vida de mi palacio, del Alcázar; tanta luz hace daño a sus rincones, al sonido de los silencios que conforman su vida nocturna. La luz asusta, hiere a los ojos dotados para saborear la tibieza de la penumbra, el abrazo íntimo de las sombras extendido a dimensiones atemporales.

No me dejan disfrutar de mi palacio. Cada noche es invadido por cientos de personas curiosas, insensibles a los latidos de las piedras de El Alcázar, ansiosas por recorrer las habitaciones abiertas pero que no saben ver las maravillas, los matices de las maderas, los colores que vibran en las medias sombras de cada rincón de mi palacio. Son gentes extrañas que invaden mi intimidad y la de mi palacio, la que hemos ido forjando a base de complicidades centenarias que han hecho que nuestra percepción de las realidades nocturnas de El Alcázar, sean otras que no se aprecian a simple vista.

Ese bullicio de pasos, de voces, de gente hablando, de guías que farfullan extrañas palabras a personas que vienen de muy lejos, hace ensombrecer los espacios, ralentizar los latidos de mi palacio, entristecen los recuerdos que flotan en el aire y que se mantienen desde hace siglos, no encerrados entre los muros como piensan algunos, sino por su propia voluntad porque no encuentran otro lugar mejor donde permanecer vivos. Esos recuerdos, esas vivencias, esos latidos siguen viviendo entre la magia de las piedras, de las maderas, de los cristales, de los jardines de mi palacio. Con tanto bullicio se vuelve a la deslumbrante luz del día, y mi palacio necesita la suavidad de las sombras nocturnas para vivir.

Con las visitas nocturnas y las luces deslumbrantes, no se pueden apreciar los matices de colores de las vidrieras de los ventanales de mi palacio, ni el color que tiene un simple suspiro cuando la persona que suspira es iluminada por un rayo de luz nocturna de la luna a través de los colores de los cristales de El Alcázar. Esas visitas nocturnas no saben, ni pueden, saborear el frescor de las sombras de los muros de mi palacio, ni el suave perfume que se cuela desde los jardines a través de las ventanas, por debajo de las puertas y por cada poro de los muros de mi palacio.

Esas visitas nocturnas no respetan el silencio de las noches de mi palacio, los parlanchines silencios que llenan hasta rebosar las estancias para que se olviden que existe el día.

Al’Mutamid (transcrito por José Campanario)