Leonardo, de Bodas de Sangre, no declara a Hacienda

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La obra cinematográfica de Paula Ortiz nos ha llenado a todos los lorquianos de alegría. Esta señora ha entendido la obra en todas sus vertientes y ha trascendido del lenguaje que a la cinematografía se le presume, haciendo de él poesía. Esa luna, prácticamente un personaje que no habla más que por señas cromáticas, esos cristales que aún no estaban en la lengua… Y esa pasión en los ojos de todos los personajes: la pasión triste de Dolera; la colérica de Etxeandia; y la alumbrosa de Cuesta y García. Y luego, además, está Inma Cuesta cantando “La tarara”…

Pasión y simbolismos a parte, Bodas de sangre no deja de ser la historia de una señora y un caballero que se quieren mucho pero, por lo que sea, no se casan, yéndose cada uno con otra persona con la que son felices a medias. Felices son, pero por h o por b aquello no termina de cuajar y en un momento dado, o sea, la boda (también hay que tener puntería), cogen y se van a caballo por los prados de la Andalucía profunda, con lo que irse a caballo significa en toda la obra de Lorca, claro.

Y yo me pregunto: ¿No podían Leonardo y la Novia haber hecho las cosas de otra manera? Y sobre todo lo que digo es que Leonardo tiene más cara que espalda. Ya fugados, con la pasión enhiesta -digámoslo así- coge el tío y se evade de toda culpa: “Que yo no tengo la culpa/ que la culpa es de la tierra/ y de ese olor que te sale/ de los pechos y las trenzas”. Ahí, con un par. Sobre todo del olor que le sale a la señora de los pechos y las trenzas, si se me permite opinar. Parece que el tipo está allí recién yacido (dicho finamente) obligado, sin querer. Una pena que no se lo explique así de bien al prometido de la señora:

“Que yo no tengo la culpa
yo incluso puse protesta
y dije: “Vaya por Dios,
no es buen momento, Inma Cuesta.”
Que yo estaba allí en tu boda
(venga vino y venga fiesta)
y me llega ésta a caballo
y yo, obligado con ella.

Si no cabes por tu casa
debido a esa cornamenta
yo te pago a un albañil
para que amplíe tus puertas.
Que si eres el minotauro
puedes ir de feria en feria
no todo va a ser tan malo,
puedes vivir de las rentas.
Pero si ves un torero,
tú ahí mejor no te metas,
que si bien cornudo ilustre
eres de sobra y a espuertas
tampoco es plan que te maten
con una razón de piedra.
Y no vayas a tirarte
a ningún río de cabeza
que lo que tienes son cuernos,
y no alas de escamas prietas.

Si me preguntas por esto,
tampoco es que me arrepienta
que yo he echado un buen ratito
y eso para mi se queda.”

Yo quisiera ver a Leonardo declarando a Hacienda, evadiendo, no sé, sus tres mil eurillos tontos. Y que llegue el Inspector que le tuviera que coger y a él decirle:

“No, mire usted:

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
si yo me quise acordar
y lo apunté en mi nevera
y te llamé y te lo dije:
¿Acaso no lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me dije: ¡Coño, el de Hacienda!
divisando tu caballo,
y el caballo iba a mi puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra
¡te dije que me avisaras!
para tener todo en regla.
Que yo no tengo la culpa
que la culpa es de mis tierras
(que no me sé bien los metros
ni cuánto nace de ella).

            Y, claro, puesto así, seguro que el señor Inspector coge y dice:

¡Ay, qué sin razón! No quiero
contigo cama ni cena
(lo de la cama lo pongo
por si un soborno ofrecieras)
y no hay minuto del día
que estar contigo yo quiera
mas no declaras y voy
(por ser yo inspector de Hacienda)
¡Yo vengo a mi obligación!
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
Me he pulido a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de una boda
y con la corona puesta.
¡Y decían ser del Pepé!
¡Pues como si eres del Huesca!
(dije yo, que soy muy mío)
No hay nadie que les defienda.
Y si a ellos nadie defiende,
imagina la estampa nuestra
tú, tan de irte por las ramas,
yo, tan inspector de Hacienda.

Buena cara de acero podría haber tenido Leonardo, pero una cosa es ir seduciendo personajes lorquianos, y otra muy distinta es fastidiarle los compromisos a Hacienda. Y más siendo andaluz del campo. Si Leonardo hubiera sido patrón y no jornalero, pues otro gallo hubiese cantado, oiga, que para todo hay clases.