Letras vacías

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Tengo más poca vergüenza que un alcalde marbellí, que esto se llama “Rabietas de un rockero andaluz” y habló de todo menos de música. Así que toca hablar de algo de lo que, se supone, sí sé. Escribir canciones. No artículos, ni poemas ni novelas. Canciones.

La verdad es que me considero un tieso. En teoría en mi grupo soy un “frontman”, vocalista-letrista-showman-payaso graduado. Pero cuando tengo que escribir una letra me lo pienso muchísimo. No me gusta dármelas de poeta (ni lo soy ni lo seré) ni quiero encontrar la quintaesencia de nada. Solo quiero hacer canciones basadas en situaciones cotidianas y realistas, de las que oyes y dices “joder que razon tiene, me he sentido igual en una situación así”. Mientras te abres una cerveza y te ríes de la vida y sus cositas. Pero hombre, algo hay que currárselo. Por lo menos que el asunto que escribas tenga sentido y cohesión. Si haces una canción sobre el racismo tienes que hablar de él lógicamente. Y aquí viene el tema: tenemos una crisis de letristas flipante. Te sales de la poesía y no queda nada decente y eso apesta (por cierto echadle un ojo al trabajo de mi compañera Dafne, una máquina).

Mi hipótesis es sencilla: los grupos están de capa caída porque encontrar un sitio donde tocar sin que abusen de ti les resulta mucho más difícil que a un cantautor, por ejemplo. Básicamente por la comodidad que a los mismos negocios les supone en todos los sentidos. Lo que ha desembocado en que más de un matao coja una guitarra acústica, toque cinco acordes y ¡hala!. Se canta algo a lo Orozco y cuando llega a una canción suya propia se cae por los suelos. O eso crees, porque luego siempre encuentra más sitios para tocar. Y más si está de buen ver.

Ahí va una anécdota perfecta para ejemplificarlo: por contactos de Facebook vi el otro dia la campaña de Crowdfunding que se está montando una chica de Málaga para sacar su primer disco. Flamenqueo en Madrid, mucho “ole ole que bonito es el vivir shiquillo” (destruyendo tópicos por cierto, di que sí…). Pero el caso es que me llamó mucho la atención el nombre que quería ponerle al disco: Hipocondría. Así que me puse a escuchar canciones durante un rato. Y a la hipocondría se la había dejado en su casa. La misma mierda de siempre, “niña tu sabes que yo se que tú ole ole que bonito sentimiento bla bla bla”. Y tuve que pillarla, y la pillé. Transcribo literalmente lo que le pregunté en su tablón y su respuesta:

-”Me encanta el nombre del disco, ¿por qué lo has elegido y hasta qué punto trataras el tema?

-La sensación es el trasfondo del nombre, la mezcla, las reacciones aceleradas e intensas durante y paz cuando pasa, eso se está intentando mostrar en el disco, por eso el título”.

Y ahí tenéis a una persona lo suficientemente inteligente como para encadenar palabras grandilocuentes sin decirte una puta mierda, porque no lo es tanto como para darle un sentido a sus palabras. Eso sí, es muy salá y guapísima. Y su club de fans de cincuentonas pasadas de rosca lo corrobora. Tendría madera de política la verdad.

Ni le respondí, ya me esperaba que me saltara con humo. Podría haberle dicho que es un trastorno mental muy serio, que un amigo estuvo casi dos años encerrado en casa y medicado por esa mierda. Que podría haber llamado a su disco “Sentimiento” o algo asi y no quedaría por lo menos como una ignorante. Pero claro, Hipocondría suena más profundo.

Así está la cosa, en un país de cabezas cuadradas cuando el carisma y la estética entran por la puerta, el talento sale por la ventana.