Lisboa: ciudad de mestizaje

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El Tajo da una impronta especial a la ciudad de Lisboa. El río, compartido en su recorrido por Portugal y España, imprime carácter a la ciudad. Porque, con mucha frecuencia, cometemos un error: los ríos, en lugar de separar, tienen una función totalmente opuesta: El Miño, al igual que el Guadiana, une dos orillas de dos países hermanos: España y Portugal. Y ello, a pesar de las disputas que a lo largo de la historia nos hemos empeñado en mantener españoles y portugueses.

Lisboa es una urbe cosmopolita, variopinta y deslumbrante para el visitante. Una ciudad que embruja y detiene el tiempo entre sus aceras y en las plazas que elevan sus monumentos, grandiosos, con un punto de clasismo y espectaculares, hacía el cielo compartido hasta en el color.

Cuando se llega a la ciudad el panorama, en la que el verde sobresale, tiene, a modo de bienvenida diplomática, el maravilloso estuario del río Tajo que, como si se tratara de un camino plateado, marca la frontera a los brillantes edificios que hacen salir de la somnolencia al viajero recién llegado.

Lisboa sorprende por ser una ciudad en la que las comunicaciones, sobre todo por el subsuelo, ofrecen rapidez, limpieza y eficiencia haciendo los desplazamientos cómodos y eficaces. A pesar de las innumerables callejas que enmarañan su piel, la urbe lisboeta, reúne cualidades de las que otras ciudades adolecen: atractivo, colorido, luz, brillo y un relativo y pausado ritmo. En Lisboa la prisa está desterrada de los hábitos urbanitas.
Pero hay algo que, sobre todo me sorprendió de la capital portuguesa: el mestizaje urbanístico. El contraste entre los distintos estilos de edificios que conviven en perfecta armonía es algo que llama poderosamente la atención. Un edificio, al más puro estilo de los exportados a las colonias, comparte medianera con un mazacote de cemento, brillantes cristales ahumados y acero. Una casa de cuatro plantas, con sus balcones, ventanas y rejas de artesanía, se cobija de los vientos atlánticos al resguardo de un gigante de veinticinco plantas que desafía la gravedad, encerrado entre cristaleras y líneas de vértigo. Y todo ello sin que resulte chocante a la vista, ni a la lógica. Se ven como normales lo que en otros lugares serían estridencias.

Las calles lisboetas, con sus aceras llenas de arte en forma de dibujos, formas geométricas, salidas de manos y mentes artesanas que no de fríos tiralíneas y compases, envuelven en su magia al paseante. Y llega un momento en que el embrujo, ese casi rito mágico quizás traído desde tierras africanas, embelesa y hace sentir al paseante que las curvas y las piedras de las aceras, armoniosamente desniveladas con levedad, más que baches, lo que tienen es la vida de una ciudad que respira y cuyo pulso se siente en cada revuelta, en cada paso hacia el estuario del río.

Yo creo que hay una intención no confesada por los que rediseñaron la ciudad tras el famoso terremoto: Lisboa fue repensada para el ciudadano, para ser recorrida a pié y de esa forma embrujar con la magia de la brisa, de la luz marina, que más parece mediterránea que atlántica, y con la idea de que al visitante se le hiciese breve, muy breve, el paso del tiempo.

Me queda un capítulo pendiente por comprender: Chiado y el Barrio Alto.

He de confesar que ésta ha sido mi primera visita; espero, y deseo, repetir.