Los eurófilos lloramos a Banks

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Gordon Banks. Europa Press

Cuando se muere un portero algo se muere dentro de mí. Quizá sea por ese hilo invisible
que mantiene unidas las almas de los que custodiamos la portería, que se rompe
proclamándonos huérfanos de un héroe, de un camarada, de un compañero. O quizá sea
por esa insania que subyace bajo las entrañas de quién, en un momento revelador,
prefirió alejarse del protagonismo del gol para, con dos postes y un travesaño, construirse
una guarida en la que versar soliloquios de clausura.

El portero, un ser solitario

El guardavalla es un ser solitario, extravagante y meditabundo. Alguien que ha renunciado
a todo para ordenar la disposición de sus filas desde el exilio de los postes. Ser portero no
es una profesión, ni un desempeño, ni mucho menos una posición en el terreno de juego. Ser portero es un modo de afrontar la vida, una filosofía, una doctrina que cuenta con sus dogmas y con sus ritos. El portero prefiere maquinar en silencio, ser frío y calculador para, llegado el momento, proferir un grito capaz de silenciar el mayor de los estadios. El portero es manso y flemático, pero también indomable y visceral.

Gordon Banks reunía todas esas características. Puede que no sea el mejor de todos los
tiempos, ya que le tocó vivir a la sombra del que, dicen, fue el más grande, la
‘araña negra’ Lev Yashin, el único cancerbero que posee un balón de oro, pero la
leyenda de Banks se hace gigante al haber sido capaz de participar en el mayor hito
logrado por los creadores del fútbol y de haber firmado la mejor parada de todos los
tiempos, conocida como la atajada del siglo. Una acción que crece en valor al observar el
nombre del autor del testarazo que pretendía superar al guardameta de Sheffield: Edson
Arantes do Nascimento.

Gordon Banks, el portero pirata

Todavía era un imberbe que apenas juntaba las dos decenas cuando en uno de mis
múltiples viajes a Sigüeiro uno de mis mayores mentores del fútbol, lo divino y lo humano,
me descubrió la existencia de un portero al que le faltaba un ojo. No pude sentirme más
cautivado ante la historia de un arquero pirata, por lo que pronto pasó a engordar mi lista
de mitos números uno en la que ya figuraban nombres como los de Bernard Lama, Jean
Marie Pfaff, Angelo Peruzzi, Bodo Illgner o Peter Schmeichel.

Un trágico accidente en el que perdió la visión de su ojo derecho privó a Banks de dejar
correr la cuerda que le quedaba para rato. Otro glorioso arquero como Peter Shilton
recogió su guante en lo que puede considerarse el más impecable binomio de porteros
anglosajones. Pero Inglaterra languideció ante el adiós de su icono y no se clasificaría ni
para el Mundial de Alemania ni para el de Argentina.

Todo lo que vino después fue quincalla. En aquel trayecto de unos quince kilómetros
repasamos la infame historia de los dueños del marco británico en las últimas cuatro
décadas. Un guión de terror escrito por las manos inseguras y vacilantes de porteros de
dudosa reputación como David Seaman, David James, Paul Robinson, Ben Foster o Joe
Hart. Los atribulados habitantes de las islas no echan en falta solamente el carisma y la
resolución de sus vetustos líderes políticos sino también la vigorosidad de quien defiende
su casilla en las competiciones futbolísticas internacionales. Inglaterra añora a Churchill y
a Thatcher, pero también a Shilton y a Banks.

Cualquier tiempo fue mejor para la pérfida Albión. Ahora ya no son solo los isleños los que
lloran la ausencia de sus paladines, sino el viejo continente en masa, amedrentado ante la
nueva ola euroescéptica que planea quebrar las relaciones mimadas a lo largo de 26
afanados años. Lejos quedan los recuerdos de aquella mujer que decía aquello de “this lady is not for turning”. Casi tan lejos como la impronta de Bobby Moore recogiendo la
Copa Jules Rimet de manos de la reina Isabel II.

Inglaterra tiene las mismas dificultades para sacar adelante el sibilino desafío del brexit como para sacar el balón jugado de su área. Quizá los políticos y los porteros, ocupados de defender lo que más importa en el estado de bienestar y en el fútbol, no sean tan diferentes. Su puesto de responsabilidad, sus errores fatales, su carácter incomprendido, la condena que infligen a todo el grupo. La soledad del portero y la potestad del político aturden. Y ahí es cuando uno pasa de héroe a villano, a través del fenómeno corrupto de la cantada.