Los hipsters también lloran

Todo es posible, incluso ver a los hipsters haciendo algo tan mainstream como llorar.

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Los planetas, banda cumbre para los hipsters. Youtube.

Con un pantalón pitillo, zapatillas más propias de una peli de zombies que de un viernes noche, las chaquetas abombadas, los tobillos (finas antenas de coche) al aire, unos hipsters se quedan embobados mirando a un violinista tocar una canción hortera en el metro de Gran Vía.

Los hipsters también lloran

No sé qué canción era, pero no era algo de Mozart. Los hipsters miraban al violinista a través de sus gafas redonditas, tan emocionados. Es una escena de incalculable valor poético: Los chicos están hipnotizados por algo que no viene del festival más recóndito de la antigua Alemania comunista. Ellos, que habrán disfrutado de la última canción que tocó aquel incomprendido músico camerunés cuyo nombre se me escapa, dejan caer una lágrima en pos de un violinista callejero que toca una canción de (por poner un nombre) Katy Perry. “Oh, el arte está en los lugares más insospechados”, le escucho pensar a uno de ellos. Aquel maravilloso instante me duró poco, apenas segundos. No tuve la sensibilidad suficiente, ni el gusto tan fino, como para que aquello me gustara. Además (esto en un segundo plano, por supuesto), había quedado para tomarme una cerveza.

Eso fue el viernes pasado y la imagen quedó grabada en mí. La llevo en mi brazo como si fuera un tatuaje en el que un ciervo muestra su cornamenta. Pero todo pasa y todo llega y cuando uno vive en Madrid, siempre va hacia algún lado. Todo quedó redondeado ayer, martes, cuando me di un hermoso paseo por el Barrio de Las Letras.

Esas gafas de colores no las quiero ver llorar

Llueve en Madrid. Es martes, 27 de febrero. Por la Calle de Cervantes esquina con Quevedo pasea un chico con cazadora, zapatillas de lona y vaqueros. Es decir, yo, que me quedé admirando el azulejo donde pone el nombre de la calle, no tanto por el nombre, sino por el retrato del poeta. Habiendo dejado de mirar el retrato (unos diez minutos más tarde, ya saben quienes me conocen que soy cuanto menos una persona dispersa), proseguí mi paseo.

Apenas dos metros más adelante se cruzó conmigo una señora. No recuerdo si era atractiva o no. Sin duda era reseñable. Paseaba junto a ella un perro de raza. Uno de esos perros horrorosos cuya belleza reside en lo feos que son. Llevaba unas zapatillas blancas (no sé de qué marca), un abrigo blanco y peludo, vaqueros, flequillo recto de faraona y unas gafas de sol, que es a lo que nos vamos a referir.

Eran unas gafas de sol que tenían salientes de colores por todas partes. Escondían unos ojos que no pude llegar a conocer y por debajo de ellas se escapaba una lágrima. Tan sólo una lágrima rechoncha, como el perro de la susodicha. Me quedé traspuesto. Saqué una lección de todo esto. Detrás de esa capa de adherente, detrás de esa fina grasa que les separa del mundanal ruido del campo, hay personas. Los hipsters también lloran. Y son lágrimas únicas en el mundo, para coleccionistas. Seguramente, para cuando salga el cartel del BBK, haya una edición en vinilo.