Manipular las realidades

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Acaban de pasarme un enlace de un artículo, escrito por un licenciado en derecho y filosofía en el que comenta con toda una batería de argumentos escatológicos, el “drama” de la nación española, y que se considera a sí mismo poseedor de todas las verdades y de todos los principios morales. Un auténtico “sabio” de los movimientos sociales y del pensamiento de los ciudadanos, sobre todo de los españoles. Releyendo, me he molestado en leerlo tres veces porque no podía dar crédito a la sarta de barbaridades, medias verdades y visión sectaria que destila el escrito. Sencillamente por sentirme ofendido, ya que para el autor de ese panfleto reaccionario todos los ciudadanos o piensan como él o somos tontos, me atrevo a expresar mis opiniones, humildemente y sin pretensiones de imponer criterios a nadie, ni tampoco de corregir la plana a ningún engolado personaje con dobles titulaciones, que por cierto nunca ha ejercido según consta en su biografía.

El autor del “artículo” parte de una frase de Mario Benedetti: “un pesimista no es más que un optimista bien informado”,  y la manipula a su antojo sin tener en cuenta el pensamiento del maravilloso escritor uruguayo. Usa la frase en cuestión como si tan sólo desde la derecha pudiera existir información y cultura. No tiene en cuenta, repito, que  Benedetti fue un hombre de izquierdas, convencido, comprometido con la Revolución Cubana y que tuvo que exiliarse de su país, dimitiendo antes como rector de la Universidad de Montevideo, a raíz  del golpe militar anticomunista del 27 de junio de 1973.

No viene mal acudir a otra frase del admirado Mario Benedetti, pero sin hacer interpretaciones torticeras: “No vayas a creer lo que te cuentan del mundo, ya te dije que el mundo es incontable” Cada cual que la entienda como quiera, pero desde luego deja claro que las cosas pueden ser contadas como interese al contador, o al cuentista. Desde estas líneas no vamos a imponer interpretaciones intencionadas para, ni dando vueltas, ni girando a derecha o a izquierda, llegar a las conclusiones que queramos imponer. Seremos respetuosos y dejaremos que cada cual llegue a los resultados que crea oportunos.

En el texto impositivo en forma de artículo mencionado, se alude al catastrofismo climático que, según el autor se impulsa desde la izquierda ignorante de la cuestión. Al margen de estar de acuerdo o no con la manipulación que se ha hecho en un caso concreto de una adolescente, miles de científicos de todos los países, ideologías, lenguas, sexo y religión han concluido en lo mismo: o cambiamos nuestras costumbres y usos de consumo, o el planeta se va al carajo. Así de rotundo, por mucho que lo nieguen los admirados por el autor del artículo referenciado Trump y sus buitres, entre los que hay que incluir algún que otro parlamentario español de tendencia conservadora. Porque lo que está claro es que este autor de formación leguleya y pensadora (?), por lo que se ve admirador de la escuela sofista, no tiene ni zorra idea, igual que el que escribe esta parrafada, de ciencia ni de clima. A pesar de su formación humanística (seremos generosos con él), se atreve a calificar a la ciencia actual como sectaria. Parece que añora profundamente la ciencia del siglo XVIII, según da a entender en el primer párrafo de su “epístola”. O sea que los investigadores de todos los países son unos analfabetos en cuestiones de investigación científica. Se puede ser más arrogante, pero más ignorante en su prepotencia es imposible.

Continúa, según su opinión, con la nefasta influencia del progresismo en España. Claro que en esto se olvida de algunas cuestiones tales como de dónde proviene la implantación de la Seguridad Social, tal vez serían los patronos y los conservadores de finales del XIX españoles y no los recién nacidos sindicatos o agrupaciones de trabajadores, tal vez el derecho al voto de los ciudadanos (mujeres incluidas) se deba a la generosidad e ideas progresistas de la derecha, o que la libertad de expresión fuera concedida generosamente por el último golpista de nuestro país. Quizás los derechos de los ciudadanos, el reconocimiento de la neutralidad del estado frente a otros poderes, la separación de poderes, la democracia, el reconocimiento de la supremacía de la Constitución… se deban a los pensamientos visionarios y altruistas de la derecha. Pudiera ocurrir que el autor del artículo citado sobre el “drama” español haya olvidado que nuestro país, España, ha sido un ejemplo imitado por otros en todo el mundo para llevar al país de una dictadura a una democracia. Claro que la culpable de todos los males es la izquierda, la derecha salen indemne.

Habla un poco más delante de la crisis de identidad de la izquierda, y, mire usted por donde, en eso coincidimos. Hay una razón para que la izquierda cíclicamente padezca crisis de identidad. Ello obedece a una razón: la izquierda avanza en su concepción de la sociedad y en la búsqueda de unas estructuras más justas, en tanto que la derecha sigue anclada en sus principios: la acumulación de poder y riqueza a costa de la ciudadanía.

Recordar por otra parte al autor que la Pepa, la Constitución de 1812, era una constitución burguesa que a pesar de ello, tiene el mérito de ser la primera constitución no otorgada y por lo tanto, pone en tela de juicio el origen del poder real que debe estar subordinado al interés de la ciudadanía. Olvida el autor que el Borbón Fernando VII, pisoteó esta constitución en cuanto tuvo la primera ocasión, originando el rechazo popular de la misma. También olvida que el PSOE, de izquierdas, es el único partido que en estos momentos está presente en la vida política española que defendió sin fisuras la actual Constitución Española. No hay que olvidar que AP defendió la abstención, y los herederos de AP son los actuales conservadores españoles, o sea, el PP. Tal vez sea casual que estos sujetos aparezcan cuando la izquierda está en condiciones de llegar al poder, aunque sea en forma de coalición de gobierno, y no formulan objeciones cuando las coaliciones para gobernar son formadas por la derecha, incluyendo a la extrema derecha.

Da por supuesto que la izquierda española es anti española. Parece que olvida las dos Españas de don Antonio Machado: la de los oligarcas y la de los ciudadanos. Claro que ¿quién es don Antonio Machado para opinar de temas como la consideración de las clases sociales en nuestro país? Evidentemente, el firmante de este escrito se apunta a la España de los ciudadanos. El autor del artículo sobre el “drama” español no sabe, o ignora que en España existen ciudadanos. Es posible que también ignore este sujeto, que fue precisamente la II República, en una inconfundible postura de defensa de la unidad de España, la que plantó cara al independentismo catalán. Ocurre que la concepción de España del autor del artículo de marras como bloque monolítico, sin diferencias políticas ni de concepciones de estructura de la nación, coincide plenamente con los añorantes de tiempos pasados y le puede la nostalgia de la España UNA, GRANDE Y LIBRE. En nuestro entorno hay ejemplos, varios, de naciones que son Estados Federales. ¿Hay algún inconveniente entre la idea de una España Federal y la Unidad de España? Posiblemente sea pedir demasiado a la capacidad de pensar del autor de la epístola sobre el “drama” español para que trate de indagar en otro tipo de nación.

Los insultos a los dirigentes de la izquierda no merece la pena ni contestarlos, el autor se descalifica por sí solo. Por cierto que podría haber repartido los insultos a derecha e izquierda y no ser tan sectario.

Llega muy lejos en su visión de futuro catastrofista: nada menos que estamos ante la mayor crisis existencial de España desde 1808. Habla de que se ha perdido la ocasión, aunque todavía se está a tiempo de consolidar el modelo de 1812; o no se da cuenta de que han transcurrido más de 200 años, o simplemente su masa cerebral no da para más.

De todas formas, y sin tratar de imponer criterios, al que firma esto prefiere avanzar en el modelo de la constitución de 1931. Y para ello un ejemplo:

Lo del color de la bandera es negociable.

Y finalizar con una frase del admirado Benedetti: “Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos”.