Maquinaria electoral

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Hace ya varios años, antes de que la derecha oficial se hiciera con el poder en este país, en el blog de mi buen amigo Simón Candón, comenté el problema: el peligro de que un partido de izquierdas se convirtiera en una maquina de ganar elecciones, o sea, el electoralismo en estado puro.

Se nos ha vuelto rancio el ejercicio de detentación grosera del poder oficiado por los partidos conservadores (van aumentando en número y en radicalización, con el peligro que ello conlleva). En estos tiempos que corren, se ve normal por muchos ciudadanos, que se pisoteen los derechos constitucionales, que se escupa sobre capítulos enteros de un texto refrendado por una abrumadora mayoría de los españoles, y que se pongan en solfa valores y derechos fundamentales de nuestra convivencia. Y todo basado en temas puntuales y peregrinos que obedecen a intereses totalmente ajenos a los ciudadanos, a la generalidad de la ciudadanía. Eso sí, inciden, y muy directamente, en las ganancias, en el lucro de una minoría, una minoría que maneja los hilos e impone sus criterios cuando le conviene. Hace años que ya avisé de este peligro, en estos momentos, en Andalucía, es una cruda realidad.

No es cuestión baladí pasar de ser un referente ideológico a ser una maquina de ganar elecciones. No es lo mismo que prime la ideología, a la supremacía de lo pragmático; no se puede confundir la lucha política con la confrontación electoral. Ese punto de idealismo es lo que da sabor a la vida y esperanzas de futuro a nuestra especie, a la especie humana. La simple evolución, la aceptación sin más de lo evidente, es común a todos los animales que pueblan el planeta. Tan sólo los humanos tenemos capacidad de ilusionarnos y soñar con metas “imposibles”. Y aceptar, por encima de todo, que la lucha electoral “per sé”, es la finalidad de una formación política, es de una pobreza intelectual y de perspectivas que debiera hacer reflexionar a los dirigentes de las formaciones progresistas. Cuando todo se reduce a sentarse en los sillones del poder, a copar los puestos y a tener una buena nómina a final de mes, el horizonte se limita a cuatro años, a lo que la suerte conceda o al tiempo que los ciudadanos se harten de lo mismo, que se cansen de dirigentes políticos que no ven más allá de sus narices, condenando a nuestra sociedad a la mediocridad donde el tono gris domina la atmósfera. El ninguneo al idealismo pasa factura irremediablemente. Lo más triste es que, por lo que estamos comprobando, la alternativa, los que hemos sentado en los sillones, nos están empezando a sumir en el pesimismo. Tal vez nuestra sociedad haya entrado en la depresión política, lugar común de la certeza de que nada va a avanzar, sino todo lo contrario. Convertir las esperanzas de una sociedad en una simple maquina electoral, exenta de aspiraciones profundas de cambios sociales, es el principio de la muerte social, de algo esencial de la especie humana: la ilusión para conseguir metas cercanas a la utopía.

Ser una simple organización convertida en maquinaria electoral es propio de las formaciones conservadoras, de las clases sociales a las que nada les atrae las aventuras cuyo objetivo esté dirigido a un mejor reparto de la riqueza, a una sociedad más justa donde la persona ocupe el primer rango. La formaciones progresistas se deben caracterizar por su obsesión en llegar a metas utópicas: “pide lo imposible” que decían en el mayo francés. Cuando las formaciones de izquierdas se alejan de la ciudadanía, de sus aspiraciones de justicia y de hacer realidad los sueños de los ciudadanos, y caen en el conformismo, en hacer el juego al sistema, la zanja se abre y cada vez es más ancha y profunda, y por ende, más difícil de salvar: cada vez la distancia es mayor entre la clase política y los integrantes de a pie, y mayoritarios, de nuestra sociedad.

Otro matiz ”menor” que deberían sopesar los “estrategas” progresistas: si todo se reduce a operaciones de marketing, si la lucha política se convierte en campaña publicitarias, la derecha tiene las de ganar siempre. Y ello por una razón de peso: son dueños de los medios y el poder del dinero se alinea con ellos. Todo lo que sea dejar las cosas como están, le interesa a los que manejan los hilos con la idea fija de que no se les mueva la silla, o el sillón. A éstos, tan sólo les valen los que cuidan sus intereses y les da igual que se sirvan del cargo aunque no sirvan al cargo.

José Campanario

PD: Ya empiezan a hablar en Andalucía de “bajada de impuestos” con el de IRPF y Sucesiones, no de eliminación. Al final se aplicará lo mismo de siempre: las reformas favorecen a los que tienen mucho y los demás ni siquiera notaremos las “mejoras” económicas y legislativas. ¡Donde dije digo…!