El seductor Mariano Rajoy

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El seductor Mariano, siendo él mismo. Rajoy, what else? Europa Press

“Ahí va, ya sale”, piensa Arenas mirando cómo el seductor Mariano llega al atril. Es la reunión de la Junta Directiva Nacional, un día importante. Desde ese momento, Javier Arenas no puede apartar la vista de esa espalda de bronce. Del talle de su traje nace algo poderoso. Ante eso, Arenas no puede sino transportarse al verano que ya se nos va.

Hace apenas dos semanas, estuvieron juntos en Benidorm, el seductor Mariano llevaba la camisa abierta, un sombrero de mulato habanero y su guitarra. Todos los hombres conservadores que estaban en la playa fueron a él como si fuera un guitarrista de Hamelín que habita en la Moncloa. Cuando en el discurso se traba por primera vez, Arenas recuerda que el seductor Mariano, no hace tanto, le cantó una canción de Raphael viendo el atardecer marinero. Exhala, entonces, un suspiro de amor prohibido y apoya su cabeza en la mano, dejando que el tiempo pase y se le curen las heridas.

“Te quiero en interior, Juan Ignacio”. Sí, Presidente, piensa Zoido, que no es capaz de hablar. Sencillamente mueve la cabeza, es un hombre prudente y con una rectitud de hierro. Están en su despacho de la Calle Génova. Madrid está precioso en este otoño de 2016. “¿Dejarías Sevilla por mí, Juan Ignacio?” Otra vez esa sensación de no poder hablar, de tener en la punta de la lengua algo más que un “Sí, Presidente”. Pero Juan Ignacio sabe qué siente su amigo Javier, jamás se interpondría. Él también está en el discurso del Presidente, fue con él a comprar ese traje y esa corbata. Observa a Javier con resignación, ambos miran al seductor Mariano con corazones en los ojos. Son dos hombres con un mismo destino.

Zoido, feliz junto a Rajoy. Europa Press.

Soraya sabe cual es la situación, le da la mano en la grada. “Sé fuerte”, le dice. “Ya sabes que no me gusta esa frase, Soraya, trae malos recuerdos”. Cuando se formó el revuelo, él estaba con el seductor Mariano. El Presidente estaba destrozado, Juan Ignacio lo sabía: Tienes que reponerte, Mariano, ¡¡Tienes que reponerte!! Desde luego, ese día se exaltó. ¿Por qué te pones así, Juan Ignacio?, dijo con esa voz de gobernante. Porque le quiero, joder. Le quiero, Presidente. 

Ambos se quedaron callados. Juan Ignacio se echó hacia adelante en la silla y se atusó el pelo hacia atrás, tratando de calmarse. Luego, mirando a ninguna parte, con los ojos en evaporación, se espatarró en aquel sillón del despacho. El Presidente se levantó, fue al minibar, llenó dos vasos de güisqui seco, uno se lo dio a Juan Ignacio. No duró más de un trago. Será mejor que me vaya, Presidente. El seductor Mariano, de pie, miraba por la ventana dándole la espalda. Sí, será mejor. Mariano Rajoy no se ata a nadie, es tierno en la cama, pero frío en el amor.

Cuando Ciudadanos ha querido presentar esta ley de limitación de mandato, Zoido y Arenas se han reído con cinismo. ¿Limitarle el mandato presidencial a Rajoy? ¿A él, precisamente?. ¿Qué importa una ley cuando hablamos de amor? Quizás saquen al seductor Mariano de la Moncloa, pero, ¿Quién puede sacar a ese adonis de nuestros corazones?