Matar a un perro

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Soy consciente de que me puedo granjear muchas antipatías, pero no me importa. Y no porque esté de moda tener una mascota (perro, gato o cualquier otro bicho) o ser defensor de los animales, sino porque es de pura justicia o, por aquello del refrán: es de bien nacidos ser agradecidos.

Vaya por delante que nunca he comprendido el placer, la justificación o el sentido que pueda entrañar matar un animal, a no ser el de la pura subsistencia, o sea, la necesidad de alimentarse, y siempre por supuesto en condiciones exentas de crueldad que para eso, se supone, somos seres racionales, es decir inteligentes. Por eso, cuando leí la noticia en un periódico de que la guardia civil había detenido una persona y que acusaba a otras dos, relacionados con la cacería, por la muerte continuada de perros pensé lo que cualquier persona de bien: estos no merecen el cariño de un animal.

No es que todos los cazadores tengan ese comportamiento, mas bien, al menos es lo que he podido constatar, es lo contrario. Lo mayoritariamente habitual, es que cualquier persona que roza un animal tan cariñoso y tan generoso como es el perro, le coja cariño, lo cuide y sufra cuando su mascota, su compañero o su amigo de cuatro patas tenga algún percance, alguna enfermedad o algo que le impida vivir normalmente. Lógicamente el cazador no es la excepción, sino la regla. La excepción es el desaprensivo que deja abandonado el perro para que lo aplaste un coche en la carretera, el inmoral que ahorca el galgo cuando ya está viejo, el indecente que le quita el chip y lo arroja a un pozo profundo… Hay malas personas que no tienen cariño a nada, ni siquiera al amigo que mejores ratos le ha hecho pasar con su compañía y con su servicio. Por fortuna, insisto, es la excepción de la regla, la mayoría, la inmensa mayoría de las personas tenemos sentimientos.

Pero, por desgracia, siempre está el malhechor que, cuando ya no le sirve el perro, lo mata. Siempre está el maleante que cuando el perro está viejo, se desprende del animal dejándolo abandonado a su suerte, siempre aparece el ruin que si el galgo ha perdido la velocidad o la destreza para alcanzar la liebre, lo cuelga del primer olivo alejado del camino para que nadie vea sus bajos instintos…

También están los irresponsables que regalan la mascota al niño sin valorar la capacidad del crío para criar y educar al perrito y claro, cuando molesta el cachorro, se le monta en el coche y se le deja en la entrada del pueblo desconocido para el animal. El resultado no es preciso decirlo, todos lo vemos a diario.

Y todavía muchos se dicen amantes de los animales.