Máximo Orgullo, por Javier Barrionuevo

Es cierto que gracias a la valentía de muchas personas activistas y a la sensibilidad y empeño de diversos representantes políticos, hoy en día podemos decir que somos un país relativamente libertado, pero no todo está hecho,

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Bandera del movimiento LGTBI. Europa Press.

El Orgullo llega todos los años igual: preparativos, ideas, reivindicaciones, lemas, disyuntivas y nervios… Muchos nervios. Algunas personas sabemos bien qué es lo que nos mueve para salir a las calles, más acicalados o menos, para gritar y solicitar libertad e igualdad, pero mucha gente se pregunta el porqué de esta gran manifestación multicolor con un claro matiz festivo.

Empecemos por el principio. Hoy, 28 de junio, conmemoramos los disturbios producidos en Stonewall (Nueva York) en 1969, que dieron lugar a un movimiento progresivo por la liberación sexual del colectivo de lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales (LGTBI). Por suerte para el mundo y para los que defendemos los Derechos Humanos, lo que en origen fueron unas revueltas sirvieron para conquistar derechos de una manera gradual, y digo ‘en origen’ porque ha sido muy largo el camino recorrido y muy duros los varapalos legales y sociales que se interponen en él.

En España, se cumplen 40 años de la primera marcha a favor de los derechos y las libertades de las personas LGTBI. Es cierto que gracias a la valentía de muchas personas activistas y a la sensibilidad y empeño de diversos representantes políticos, hoy en día podemos decir que somos un país relativamente libertado, pero no todo está hecho, y es ahí donde tenemos que perseverar.

Son muchas, demasiadas, las agresiones que se producen por razón de orientaciónsexual o identidad de género. En los últimos tiempos hemos tenido noticias aterradoras de menores que han llegado, incluso, a quitarse la vida por sentir su género de una forma no correspondida al que la naturaleza le asignó, ¿imagináis cuántas personas lo habrán hecho a lo largo de la historia dejando como únicos testigos a los seres que más íntimamente les conocían? Siento pavor solo de pensarlo.

De igual modo, excesivo es el número de menores que día tras día tienen que soportar insultos y vejaciones en las escuelas por comportarse de una manera que no corresponde con ‘la norma’ de lo establecido, que hace que se les vea como ‘lo diferente’. ¿Acaso no merece la pena que tanto la ‘norma’ como la ‘diferencia’ sean expuestas, desde bien jóvenes, a una mutación radical para que nadie pueda entender otras formas de vida como una excusa para ejercer la discriminación? Son muchos, demasiados, los frentes que aún nos quedan por desafiar. Hablemos, por ejemplo, de la igualdad de oportunidades al respecto de formar una familia.

Es cierto que hace más de diez años un Gobierno basado en la igualdad, la diversidad y la libertad condujo a nuestro país a un escenario que, hasta entonces, no dejaba de parecer utópico. Este Gobierno ejerció esta dirección legislando a favor de las personas y haciendo del progreso su modo de hacer España.

Pero a día de hoy, miles de familias homoparentales o monoparentales siguen viendo insatisfechos sus deseos vitales de tener descendencia. Teniendo en cuenta que el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal desde hace más de 10 años, ¿No sería racional que estas parejas lícitas pudieran acceder a un sistema de adopción que no interfiriera en incongruencias reglamentarias con los países de origen? ¿No podrían estudiarse otras vías para que esa ciudadanía, al margen de su cuenta corriente, viese complacida su aspiración dentro del ciclo de su propia historia?

En el mismo sentido, es desmesurada la desigualdad que sufren las personas
transexuales (‘desigualdad elevada a la máxima potencia’ que le decía el otro día a una
compañera transexual). Recordemos que hasta hace pocos meses, estas personas
estaban incluidas dentro del catálogo de trastornos para la Organización Mundial de la
Salud. Pues bien, este colectivo, que desgraciadamente sigue siendo el gran
invisibilizado (sobre todo por las leyes), aún tiene un incierto horizonte hacia el que
dirigirse: no por falta de empuje y ganas, sino por falta de susceptibilidad en las
instituciones centrales.

¿Acaso estas personas no tienen el derecho a un plan de inserción laboral propio que acabe con las situaciones precarias y las discriminaciones propias que sufren? ¿O es que no merece especial atención una mujer que es discriminada en primer lugar por ser mujer, y en segundo por ser transexual? En definitiva, es un largo etcétera que podría estar enumerando hasta desgastar las letras del teclado… Pero hago una última pregunta: ¿Qué podemos hacer nosotras y nosotros con todo esto desde nuestra posición?

Tú, que estás leyéndome y eres profesor, podrías ayudar a tus alumnos a saber ser más solidarios y respetuosos, desde la base, para que nunca ninguno de tus estudiantes tenga un trato ofensivo hacia una persona que ama a quien quiere;

Javier Barrionuevo, Coordinador LGTBI de Juventudes Socialistas de España.

o tú, médico, podrías reciclar tu terminología y tratar a estas personas con la fineza lingüística que necesitan oír; o tú, juez, está en tu mano hacer que las sentencias por discriminación no queden en un mero hecho testimonial y conectes cualquier herramienta jurídica a favor de la igualdad; o tú, legislador, ten altura de miras y ejerce el poder de la manera más satisfactoria y justa para esas generaciones futuras que construirán la sociedad del mañana; o yo, Javier, seguiré instaurando en mi círculo la gratitud por pelear siempre por una causa honesta y sensata, porque el máximo Orgullo es el de intentar estar orgulloso de uno mismo.