¿Y tú me lo preguntas?

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“Y es verdad que en el libro de los gustos no hay nada escrito y que cada cual tiene derecho a hacer lo que le venga en gana siempre que no se inmiscuya en el derecho de los demás a hacer lo mismo.”

 

Si hay algo que nadie me podrá quitar jamás es el orgullo de haber creado mi grupo de amigos. No estoy seguro de que la palabra adecuada sea ‘crear’, más bien los arrejunté. Corría el año 2011 y yo había planeado (y costeado) un viaje a Albufeira con el que por aquel entonces era mi grupo de amigos y amigas. Todo iba bien hasta un par de semanas antes del viaje. Empezaron a llover las excusas y poco a poco fui viendo como las vacaciones y la fianza que yo había abonado por los apartamentos se disolvían en el aire. Pero no me rendí. Un par de llamadas y un desesperado mensaje en Facebook, hicieron que varios amigos de la infancia decidieran venir conmigo al litoral portugués y forjar lo que desde ese día se hace llamar Los Eleven’s Secret (nombre inspirado en una leyenda que corría por el barrio y en que los inicios éramos sólo once). La historia de aquel viaje es épica y da para largo pero, desgraciadamente, no es contarla la finalidad de este artículo. Sin embargo, era importante ponernos en contexto antes de pasar a lo importante.

Como la inmensa mayoría de amigos de esta generación, tenemos un grupo de Whatsapp. Durante algunas semanas en todos estos años, el título de dicho grupo ha sido ‘Eleven’s Secret’ pero en la mayoría de ocasiones es casi imposible encontrarlo, puesto que el nombre va cambiando a medida que debatimos sobre algún tema en concreto. En esos momentos, pasa a denominarse “Sabiondos de (completar con el tema en cuestión)”. Y sí, hablamos de los estudios, de salir de fiesta o de cervezas y de cosas banales. Pero también de política, de economía, de filosofía, de física, de ingeniería, de música y de literatura. Y puedo parecer petulante y soberbio pero mis colegas están por encima de la media. A su lado, uno aprende un poco cada día y uno se siente un estúpido ignorante cuando cada uno de ellos argumenta sobre temas que se inmiscuyen en su campo del conocimiento. Salvando inmensamente las distancias, me gusta llamarlos en mi cabeza la “Generación Expo”, pues todos rodean esa fecha y el nombre se me asemeja a la de aquella generación de poetas españoles del 27 que también vivieron otra Exposición Universal.

Hace unos días, uno de ellos (el Med) nos contaba a través de este grupo que había estado hablando con una chica sobre libros. Al parecer, ella era una gran aficionada a la poesía. Él se lamentaba de no poder leer más a menudo, puesto que al estar preparando el MIR, cada minuto del día es un bien preciado. Mi amigo mostrándose abiertamente como un profano en materia poética, sabiéndose conocedor solamente de clásicos como Quevedo o Cortázar, curioseó sobre los gustos de ella. Al parecer, ella era fan de la poesía de Marwan. Iconito de una carita triste tras la nota de voz de mi amigo y a mí casi se me cae el teléfono a los pies.

Lo siento, por ahí no paso. Y es verdad que en el libro de los gustos no hay nada escrito y que cada cual tiene derecho a hacer lo que le venga en gana siempre que no se inmiscuya en el derecho de los demás a hacer lo mismo. El claro vive y deja vivir. Pero hay ciertas cosas que no pueden ser y nunca serán, os pongáis como os pongáis. Creo que queda más claro si ejemplifico el asunto.

Me encanta la saga de Harry Potter. He crecido con ella y cada libro y cada película me hacen disfrutar como un niño pequeño pero me estaría engañando si afirmara que son buenas novelas. No, no son buenas. Y podéis quemarme en la hoguera por decirlo pero como novela fantástica deja mucho que desear. Será mundialmente famosa y entretenida pero no es buena literatura. Hace unos pocos días, crucificaron a mi compañero Medo por decir en su dominical que el reggaetón es basura. Y sí, me vais a ver bailando y escuchando muchas canciones de este género. Pero eso no quita que sea estiércol acústico. Muchos me estarán acusando en este momento de infravalorar todo lo que no es mío. Si alguna vez han leído a Javier Marías, pueden decir sin temor a equivocarse, que este artículo que aquí les presento es pura bazofia. Y no se equivocarían.

Pueden hacerlo. Yo no soy nadie para quitarles ese derecho. Pueden leer a Marwan o a Carlos Salem. Pueden creer que decir ‘besayunarte’ es el culmen de la poesía de todos los siglos. Efectivamente, a mí no se me habría ocurrido jamás. No seré nunca un poeta. Ni seré nunca, por mucho que me duela, un buen escritor. Pero si no han leído a Neruda, si no han leído a Miguel Hernández o si no han leído a Góngora, entre otros muchos, no vengan a decirme que les gusta la poesía. Y si aun así, vienen a argumentarme que yo no soy quién para decidir qué es o no poesía, dejaré que Becquer y su rima XXI hablen por mí. Y si no lo conocen, corran a leerla. ¡Dios mío de mi vida, eso sí es poesía!