El metro del dulce exilio y su paisanaje

Me gusta jugar a intuir de dónde es cada cual, aunque no sean de Andalucía, cuando uno emigra su patria pasa a ser aquellos que le comprenden.

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Metro de la Puerta del Sol. Europa Press

El último Premio Pulitzer se llama «El ferrocarril subterráneo». Trata sobre un ferrocarril que fue metafórico y que la poderosísima literatura de Colson Whitehead ha hecho realidad. Era el «tren» que cogían los esclavos africanos para escapar de un léxico insoportable: «Cadenas», «látigo», «compraventa»… Yo, en una situación que no es comparable, junto con otros muchos, llegué a Madrid sin ferrocarriles metafóricos. Quien pudo vino en AVE, quien no, en autobús. El léxico del que escapamos era bien distinto: «Desempleo»; «tasa de paro»; «pobreza juvenil»; «precariedad laboral»… Echamos de menos Andalucía (en mi caso, sobre todo, a la hora de desayunar), pero ir en metro al trabajo nos resulta exótico (más por el trabajo que por el metro).

El metro del dulce exilio

El metro de Madrid impone su ley de 3 minutos para el próximo tren. El paisanaje espera. A los tres minutos, como prometió, aparece la locomotora con un sonido estridente que nos tranquiliza cuando tenemos prisa y que nos irrita cuando vamos con calma. La comunidad andaluza residente en Madrid es una minoría que se deja escuchar a través de sus seseos, sus ceceos, sus haches aspiradas. Me gusta jugar a intuir de dónde es cada cual, aunque no sean de Andalucía, cuando uno emigra su patria pasa a ser aquellos que le comprenden. Cuando alguien es sureño, se nota en el compás, ya lo dijo Silvio. Cuando descubro seseos, ceceos o vocales abiertas siento la tentación de decirle algo, por si acaba de llegar, qué sé yo, por decir «qué bonito es Huelva», «igual conoces a fulano», ese tipo de frases.

Lo normal es ir callado a primera hora, resulta difícil articular palabras cuando todavía no nos hemos desperezado. Las ganas matutinas de remolonear son internacionalistas. Todo el mundo mira al suelo, ¿Habrá alguien que quede para ir al trabajo en metro? A falta de seguir en la cama, el Madrid mañanero se conforma con la soledad de la música y los libros. Suena un móvil, ¿A estas horas? El tono de llamada rompe mi juego de buscar acentos. El chico que responde es madrileño, le delatan dos «ej que» y un laísmo que me resultan de lo más vulgar, sobre todo el laísmo. ¡Qué poco tardó la RAE en «legalizar» semejante falta!

Paisanaje

Antes de ponerme yo mismo los cascos (no hay mucho que descubrir cuando todo el mundo va callado), hago una última exploración. El del acento de Madrid lleva un traje, tendrá cerca de treinta, pero cara de niño. Un bigotillo rubio quiere hacer madurar su cara de una forma que resulta violenta. Además de él, una señora lee un libro raído de Goytisolo. Tiene que ser buena gente. También sé que hay alguien escuchando Brilliant Disguise, de Bruce Springsteen. Lo escucho a través del altísimo volumen de sus auriculares. Debe ser una persona interesantísima. Me entran ganas de escucharla yo también y me la pongo.

Llegamos a Sol, centro neurálgico de la vida en el dulce exilio. La mitad del tren se baja, la otra mitad busca un asiento libre. Subiendo las escaleras de la salida de la Calle Mayor, alguien dice a otra persona: «ofú, qué de hente». Un Sol de invierno hace honor a una puerta que fue derruida (creo) en el Siglo XIX, acaba de empezar otro día en el dulce exilio y seguimos superando la prueba de no estar solos. Todo irá bien.