Mi identidad

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Foto Europa Press

¿Qué es ser español? Me pregunto cada día desde que me levanto hasta que me acuesto, con descansos de dos horas para las comidas y uno de una hora para el café a media tarde. Busco mi españolidad donde se me ocurre. Hoy la he buscado en los pliegos de mis sábanas, y dentro de la funda de mi almohada, por si acaso. El otro día investigué en el tambor de la lavadora, no fuera a ser que como si de un calcetín desparejado se tratara, mi sentimiento nacional se hubiera quedado metido en la 5ª dimensión que me obliga a llevar un calcetín de cada, menos mal que al menos debajo de los zapatos siempre visto el negro.

¿Ser español es amar la bandera? ¿Es emocionarse con La Roja? ¿Es respigarse cuando suena nuestro himno sin letra? ¿Es sentir orgullo cuando se evoca la idea de la mal llamada reconquista, o con las fazañas de los Reyes Católicos? Porque entonces tendré que dar una mala noticia en casa. No sé, me imagino algo como “Mamá, papá, no soy español.” ¡Y menudo disgusto! ¿No?

Soy más de aquello que dice el Tribunal Constitucional. La unidad de España descansa sobre el conjunto de Derechos Fundamentales recogidos en la Constitución que hacen a todo/a español(a) igual. Eso y el voto son los dos elementos igualadores básicos que hacen que la gente que se parece a mí y yo seamos iguales, pero que también lo seamos quienes no nos parecemos.

Para mí España es poco más que un instrumento de supervivencia. Es una herramienta con la que redistribuir los esfuerzos de una sociedad concreta y hacerlos útiles para que la ciudadanía pueda ejercitar derechos que sirven para desarrollar plenamente su personalidad. Y me cuesta mucho entender los debates independentistas, porque construyen todo su discurso sobre una relación directa entre el Estado en el que se vive y la identidad. Toda esta “Cuestión catalana” es sobre identidades, y eso me hace preguntarme si un problema identitario tiene una solución, y también si las aparentes soluciones que están sobre la mesa servirían para algo, especialmente el derecho a la autodeterminación, rebautizado como derecho a decidir.

La ONU y la Corte Internacional de Justicia establecieron que aunque hay un derecho de autodeterminación para pueblos sometidos a colonización o a subyugación, en el seno de un Estado era competencia interna dirimir si conceder o no el derecho a decidir. Es decir, Catalunya no es un pueblo oprimido, pero aun así podría tener derecho a expresar su voluntad de dejar de ser España. O lo que es lo mismo: el problema es político, no jurídico, y hay que analizar sus pormenores y consecuencias desde la perspectiva de la política, no de la legalidad.

Me pongo en dos hipótesis, la primera es que el referéndum tenga resultado negativo: Escocia pactó una consulta con Westminster para preguntar si querían seguir formando parte del Reino Unido. Sturgeon y sus adláteres repetían que éste era un referéndum para una generación, y que de salir “No”, tardarían años en volver a convocarlo. Poco después el Partido Nacionalista Escocés arrasó en las elecciones generales británicas, y ya se empezó a hablar del referéndum. En unos meses apareció la sombra del Bréxit, finalmente materializado, y parece que habrá referéndum en menos de un año. Qué generación más corta.

La segunda es que el referéndum tenga un resultado positivo y Catalunya acceda a la independencia. ¿Y después qué? ¿Qué hacemos con ese 30%, 40% o 49% de gente catalana que también se siente española? ¿Les damos el derecho a decidir si Catalunya se reintegra en el conjunto del Estado español? Eso sería lo justo, dado que la propia existencia del supuesto Estado catalán tiene el mismo origen, y se valoró que el derecho a decidir prima sobre la integridad territorial del Estado.

Si la respuesta es negativa, el referéndum se convocará hasta que deje de serlo, y si es positiva, se creará otro conflicto identitario distinto. La identidad es algo tan íntimo y complejo que ni se debe obligar a nadie a pronunciarse sobre ello, ni cabe en una lógica bipolar de “ser o no ser”. Hace tiempo que la política española se puede definir parafraseando a Woody Allen: la política se divide entre lo horrible y lo miserable. Lo horrible es el precipicio al que algunos nos pretenden empujar, y lo miserable que la mejor opción no sea otra que comprar tiempo y pasar la patata caliente para que le explote a otro.

Igual en el fondo del asunto lo que falla es que no tenemos líderes dispuestos a que la bomba les explote, a poner los intereses nacionales por encima de consideraciones particulares, pero eso da para otro artículo.