“Mi madre, Serrat y yo” y el hecho de entretenerse

La obra de Carlos de Matteis cumple el propósito de entretener con inteligencia en el montaje y buen hacer actoral

790
Clara Alvarado y Marina Skell, protagonistas de "Mi madre, Serrat y yo".

La obra que se representa en el Artespacio Plot Point de Madrid tiene algo de añejo, algo casi romántico: La voluntad de entretener, de hacer pasar un buen rato sin tener que pensar en las grandes cuestiones sobre la vida, los derechos humanos, la integridad moral o la dignidad humana. La obra busca, sencillamente, entretener y,  contando además con una historia que en realidad es profunda, lo consigue.

Nos deja eso el gusto de concebir al teatro como un sitio al que puede ir uno a entretenerse en vez de ver la televisión para que cumpla la misma función pero de una forma muchísimo menos sana.

Entrando en materia escénica el argumento es el siguiente: Penélope (Clara Alvarado) recuerda los últimos días que pasó con su madre, Lucía (Marina Skell, que también produce la obra), la mujer que inspiró la canción de Serrat que ustedes deberían conocer. Por supuesto, Lucía es una fanática del cantautor catalán que tiene serias diferencias con su hija, puesto que la madre es una escritora excéntrica que busca su gran obra y la hija es una señora bastante estirada que no se lanza a ser cantante, su verdadera vocación. Para que todo cuadre, Penélope hace un repaso sentimental coherente de la vida de su madre a través de canciones de Serrat que Alvarado interpreta de una forma bastante solvente (“sinceramente tuyo” la sorpresa más satisfactoria; “Lucía” la más hipnótica).

El texto no contiene maravillas, pero sí contiene una apreciable ternura que transmiten las actrices (hay veces que para gustar una sólo tiene que amar lo que hace), también algún que otro chiste con gracia y otros chascarrillos que para lo que pretende el guión quizás le queden algo estrechos. El montaje es inteligente, pues el espacio escénico físico es pequeño y el conceptual es grande, por lo que el director Carlos de Matteis (que también escribe la obra) tiene que hacer un considerable esfuerzo. Resulta interesante el juego que propone de Matteis con la imaginación del espectador en determinadas escenas en las que el reducido espacio se explaya a través de lo que el espectador quiera pensar, lo cual siempre se agradece.

Las actrices, más allá de la música, también bien. Alvarado tan natural como se le pretende y con una voz muy en su sitio y Skell creciendo a la par que la obra. El personaje de Skell es difícil, pues es una persona que propone a su hija una forma de ver la vida que (y esto una sensación personal) no contiene ninguna preocupación, sin embargo, a lo largo de la obra el personaje hace una transición hacia las preocupaciones de su hija, pasando de ser excéntrica a una llevar consigo una “cabalidad florida” (digámoslo así). Penélope, el personaje que interpreta Alvarado, hace el viaje contrario, en cierto modo, pero es un personaje bastante más encorsetado que al final consigue reírse. Si bien es justo decir que la evolución de Skell es reseñable, también lo es decir que al principio la excentricidad que propone la actriz es demasiado excéntrica. En cualquier caso, bien.

En definitiva y sabiendo que el teatro pequeño es una ideología (según Sanchis Sinisterra), es aconsejable el ambiente de relax, buen humor y entretenimiento que rodea a la obra. Es agradable la sala y ver las cosas de cerca, la familiaridad (marca de la casa Artespacio Plot Point) y la copa de cava de después. Una hora y media bien echá, que se diría en Sevilla.